Jemand mit meinem Namen ist vor mir eingestiegen. Und die Frau, die wir alle begraben haben, war lebend im Wartezimmer.

Ich wurde von der Flughafensicherheit getrennt, weil ich laut System die Kontrolle mit meiner Bordkarte bereits passiert hatte.

Zuerst dachte ich, es sei eine Panne, so eine dieser blöden technischen Probleme, die einem den Morgen verderben und dann mit einem „Tut mir leid, Miss“ behoben werden. Aber der Polizist lächelte nicht. Er hatte diesen harten Gesichtsausdruck von jemandem, der schon zu viele Lügen in teuren High Heels gehört hat.

—Miss Valeria Montes —sagte er und blickte auf meine INE, dann auf mein Handy und dann auf den Bildschirm — hier erscheinen Sie als verifizierter Passagier.

—Das ist unmöglich. Mein Ausweis ist auf meinem Handy. Niemand hat ihn gescannt.

Ich zeigte ihm den QR-Code auf dem Bildschirm. Meine Hand zitterte, obwohl ich immer noch nicht wusste, warum.

Der Beamte hob eine Augenbraue.

—Flug 742. Monterrey. Sitz 14C.

Ich spürte ein Stechen in meiner Brust.

—Ja, das ist mein Flug.

—Dann musst du mitkommen.

Hinter mir begann die Schlange zu murmeln. Eine Frau seufzte, als ob ich die ganze Sache verursacht hätte. Ein Mann im grauen Anzug sah mich genervt an, den Blick fest auf seinen Rollkoffer gerichtet. Am liebsten hätte ich geschrien, dass ich es auch eilig hatte, dass dieser Flug wichtig war, dass ich nicht zum Vergnügen nach Monterrey fuhr, sondern weil meine Mutter zu einem dringenden Familienessen eingeladen hatte, und wenn Elena Montes „dringend“ sagte, fragten sogar die Toten um Erlaubnis, teilnehmen zu dürfen.

Aber ich sagte nichts. Ich schluckte und folgte dem Beamten.

Ich wurde in ein gläsernes Büro neben den Sicherheitskontrollen geführt. Von dort aus wirkte das Treiben am Flughafen wie in einem Aquarium: Plastiktabletts, Schuhe in Socken, Familien mit Kindern, die eilig umherliefen, Führungskräfte mit Headsets. Draußen prasselte das Morgenlicht gegen die Fenster, und die Stadt erschien grau, riesig, gleichgültig.

Der Vorgesetzte stellte sich als Kommandant Rosales vor. Er war ein Mann in den Fünfzigern, ernst, mit gestutztem Schnurrbart und müden Augen.

„Wir müssen die Kameras überprüfen“, sagte er.

—Das ist mir recht. Sie werden sehen, ich bin gerade erst angekommen.

Rosales reagierte nicht. Das machte mich nervös.

Die Filteraufzeichnung erschien auf dem Bildschirm. Das Bild flackerte einige Sekunden lang und stabilisierte sich dann. Ich sah eine Frau auf den Scanner zugehen. Sie trug einen beigen Hut, eine große dunkle Brille, einen weißen Schal und einen hellen Trenchcoat. In ihrer Hand hielt sie eine ausgedruckte Bordkarte .

Er legte es in den Leser.

Das System strahlte ein grünes Licht aus.

Die Frau ging vorbei.

Rosales pausierte das Video.

—Das war die Person, die Ihren Ausweis benutzt hat.

Mein Mund war ganz trocken.

—Bring es ein bisschen näher heran.

Der Techniker vergrößerte das Bild. Das Gesicht war teilweise von Hut und Brille verdeckt, aber man konnte den Kiefer, die Form des Mundes und seine Gangart erkennen.

Era Beth. Mi prima Beth.

Oder jemand, der sich genauso bewegte wie sie.

Beth era de esas personas que siempre parecían llegar tarde a un secreto. Mi prima, mi compañera de travesuras de niña, la misma que de adulta se había vuelto elegante, discreta, casi invisible. Esa mañana había escrito en el chat familiar: “No voy a poder ir, migraña horrible. Los quiero.” Hasta mandó una foto de una taza de té junto a una cobija gris.

La recordé perfecto porque mi hermana Renata había contestado: “Descansa, prima. Te queremos entera.”

Y mi mamá había puesto un emoji de corazón. Uno solo. Frío. Administrativo.

—Se parece a mi prima —dije.

—¿Cómo se llama?

—Beth. Beatriz, en realidad. Beatriz Luján.

Rosales anotó algo.

—¿Sabe por qué tendría acceso a sus datos?

—No. O sea… somos familia, pero no.

—¿Tiene copia de su pasaporte?

—Beth no.

El comandante me miró como si ya supiera la siguiente pregunta.

—¿Quién sí?

No tuve que pensarlo. El nombre salió como piedra.

—Mi hermana.

—¿Por qué?

—Viajamos juntas el año pasado a Nueva York. Ella guardó los documentos para el hotel y las reservaciones.

Rosales pidió mi pasaporte. Yo se lo entregué desde una funda azul. Lo revisó bajo una lámpara, escaneó algo, escribió en su computadora. Durante unos minutos nadie habló. Yo escuchaba el sonido de mi propia sangre en los oídos.

Entonces Rosales frunció el ceño.

—Tenemos otro problema.

Giró la pantalla hacia mí.

Había una segunda reservación vinculada a mi identidad. No era el vuelo a Monterrey. Era otro destino. Otro horario. Mis mismos nombres. Mi fecha de nacimiento. Mi número de pasaporte.

Pero otro correo.

Otro teléfono.

Y una versión rara de mi segundo apellido, escrito como sólo mi familia lo usaba cuando quería presumir alcurnia: “Montes de la Torre”.

Yo nunca lo ponía así. Me chocaba.

—Yo no compré eso —dije.

—Fue creado desde un perfil duplicado.

Sentí que el estómago me caía al suelo.

—¿Duplicado cómo?

—Alguien generó un perfil de viajero con sus datos. No es un error cualquiera. Esto tuvo planeación.

—¿El destino?

Rosales dudó. Ese segundo de duda me dio más miedo que cualquier respuesta.

—Mérida.

—¿Mérida?

—Sí.

Monterrey era la reunión familiar. Mérida no significaba nada para mí. O eso creí.

Rosales imprimió una hoja. La colocó frente a mí. Era el manifiesto del vuelo duplicado. Mi nombre aparecía ahí, como si yo fuera a estar en dos ciudades el mismo día. Pero lo que me dejó helada estaba abajo.

Contacto de emergencia: Renata Montes.

Mi hermana.

La llamé con los dedos entumidos.

Sonó una vez.

Dos.

Tres.

—Vale… —contestó.

Estaba llorando.

No un llanto de susto. Un llanto viejo, como si llevara años atorado en la garganta y por fin le hubieran abierto la puerta.

—¿Qué hiciste, Renata?

—No fui yo.

—Tu número está en una reservación hecha con mi identidad.

—No me grites.

—¿Que no te grite? Estoy detenida en seguridad porque alguien usó mi pase de abordar. Alguien que se parece a Beth. ¿Qué está pasando?

Del otro lado escuché un golpe, quizá una puerta cerrándose.

—¿Beth ya llegó a la sala?

—¿Cómo sabes eso?

Renata soltó un sollozo.

—Por favor, no dejes que aborde.

Mi piel se erizó.

—¿Por qué? ¿A dónde va?