—Santiago, yo te dije que no era buena idea hablar con ella todavía.
Él giró hacia ella.
—¿Qué?
Fue apenas un segundo, pero bastó.
La familia de Renata dejó de fingir que no sabía nada. Su padre bajó lentamente el vaso de cerveza. Su madre miró al suelo. La hermana de Renata agarró a sus hijos del hombro y los acercó a ella.
—¿Hablarme de qué? —pregunté.
Renata se puso pálida, aunque su voz continuó firme.
—La casa necesita demasiadas reparaciones. El seguro subió. El muelle tiene problemas. Nosotros pensamos que lo más sensato era venderla.
—¿Nosotros?
—Santiago es su hijo. Tiene derecho a preocuparse por su patrimonio.
—Preocuparse no es entrar a mi escritorio y fotografiar mis escrituras.
Santiago dio un paso hacia mí.
—Yo no quería venderla a tus espaldas.
—Entonces, ¿por qué le diste al valuador una copia de mi identificación?
Su rostro cambió.
Tomás sacó otra hoja.
—Y una autorización con firma de la señora Del Río que no coincide con ninguna de sus firmas registradas.
Renata chasqueó la lengua.
—Eso no prueba nada.
—Prueba que alguien intentó iniciar un trámite de compraventa sin autorización del propietario —contestó Tomás—. Y también prueba que la señora Del Río presentó una denuncia preventiva ante el notario.
Ahora sí, todos me miraron como si acabaran de conocerme.
No era la mujer que se había quedado viuda. No era la abuela que llegaba con pastel. No era la señora que pedía que le ayudaran a abrir los frascos.
Era una mujer que llevaba meses guardando documentos, fechas y nombres mientras su propia familia ensayaba cómo despojarla de su vida.
—¿Por qué hiciste eso? —le pregunté a Santiago.
Él abrió la boca, pero Renata respondió por él.
—Porque tú ya no puedes manejar todo sola.
—Puedo manejar mis cuentas, mi casa y mi lancha.
—Te estás haciendo mayor.
Sentí que algo se me enfriaba debajo de las costillas.
—¿Mayor?
—No lo tomes a mal, Lucía. Es una realidad.
—Entonces dime, Renata, ¿en qué momento te convertiste en la persona que decide si yo puedo dormir en mi propia cama?
—En el momento en que alguien tenía que hacerse cargo.
—Yo me hice cargo durante veintiocho años.
—Y ahora nosotros tenemos que pagar las consecuencias.
—¿Qué consecuencias?
Renata señaló la casa.
—Esta propiedad está acabada. El techo, las tuberías, el camino, la lancha… Todo cuesta. Santiago no puede estar cubriendo tus caprichos.
Solté una carcajada sin humor.
—¿Tus caprichos? ¿Sabes cuánto he pagado yo en mantenimiento desde que murió Fernando?
—No es una competencia.
—No. Es una cuenta.
Entré a la casa. Nadie intentó detenerme. En la sala, los cojines estaban cubiertos con toallas para que nadie los manchara. En las paredes seguían las fotografías de todos: Santiago con los dientes chuecos, Renata embarazada, Mateo a los tres años con un pez diminuto entre las manos.
Me dirigí al escritorio de Fernando.
El cajón de abajo seguía atorándose. Metí los dedos en la ranura y jalé con fuerza. La madera cedió de golpe.
Dentro había una carpeta azul.
La saqué y regresé al porche.
—Esta es la cuenta de mantenimiento de la casa durante los últimos diez años —dije, dejando el folder sobre la mesa—. También están los recibos del seguro, del predial y de la Marina Cedar Bend.
Santiago no tocó la carpeta.
—Mamá…
—Ábrela.
—No hace falta.
—Ábrela.
Usé con él el tono que no había usado desde que era adolescente. El tono que decía que la conversación no terminaba hasta que se miraba de frente lo que dolía.
Santiago abrió la carpeta.
La primera hoja era un resumen preparado por mi contadora. La segunda, una lista de transferencias. La tercera, una copia de los pagos de una cuenta que él conocía muy bien.
Su cuenta.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Los ciento ochenta mil pesos que te presté para que no perdieras tu departamento en San Pedro.
Renata se volvió hacia él.
—¿Qué?
—Te dije que no iba a hablar de eso —murmuró Santiago.
—No hablé de eso durante cinco años —respondí—. Porque eras mi hijo y porque me prometiste devolverlo.
Renata agarró la carpeta.
—Santiago, tú me dijiste que el dinero había sido una herencia de tu papá.
—Fue una ayuda de mamá.
—Dijiste que la casa era prácticamente tuya.
Él cerró los ojos.
Al fin entendí.
No era solamente una venta. Renata le había hecho creer a su familia que Santiago heredaría la casa. Quizá él mismo se lo había hecho creer a ella para ocultar la deuda. Tal vez ambos habían construido una mentira tan grande que ya no sabían dónde terminaba una excusa y empezaba un delito.
—El valuador no vino por las reparaciones —dije—. Vino porque ya tenían comprador.
El padre de Renata carraspeó.
—Eso no es asunto nuestro.
—Usted vino con el valuador.
El hombre se quedó inmóvil.
Usé “usted” de manera deliberada. Siempre le había hablado así, con respeto. En ese instante, el respeto no desapareció; simplemente dejó de incluir confianza.
—Yo sólo acompañé a mi hija —dijo.
—A acompañarla a una propiedad ajena.
—No sabía que había problemas legales.
—Sabía que no era suya.
Renata se levantó.
—¡Ya basta! Todos aquí hemos invertido tiempo y dinero en esta familia.
—¿Cuánto dinero has invertido en esta casa?
—Compras, decoraciones, comida…
—Yo pregunté por la casa.
No respondió.
La puerta mosquitera azotó detrás de ella. El ruido hizo que Mateo brincara.
Él había permanecido callado junto a la escalera, con los ojos clavados en el suelo.
—Ven acá, mi amor —le dije.
Mateo se acercó despacio.
—Perdón, abuela.
—Tú no hiciste nada.
—Yo fui quien te pidió que trajeras la caja.
—¿Por qué?
Miró a su papá.
Santiago se puso rígido.
—Mateo.
El muchacho tragó saliva.
—Porque la encontré en el estudio de mi mamá.
Renata se quedó blanca.
—¿Qué encontraste?
Mateo sacó su celular del bolsillo.
—La grabación.
El silencio que siguió fue distinto. Ya no era sorpresa. Era miedo.
—¿Qué grabación? —preguntó Santiago.
Mateo volteó hacia mí.