No le contesté. Me arrodillé junto a la urna y pasé los dedos por la base. Encontré una ranura casi invisible.
Presioné.
La madera se abrió.
Dentro había un compartimento pequeño con una caja metálica.
Renata dejó de forcejear.
—No la abras.
Su súplica fue lo más aterrador de todo.
No sonó como una madre defendiendo los recuerdos de su hijo.
Sonó como una criminal viendo aparecer el arma que la iba a destruir.
Saqué la caja y la puse sobre la mesa.
La cerradura se abrió con una combinación que Mauricio me había enseñado años atrás, durante nuestro primer aniversario. Yo creí que eran los números de la fecha en que nos conocimos.
No lo eran.
Eran las coordenadas de la bodega de Apodaca.
Dentro había tres libros contables, una memoria USB y una fotografía.
En la fotografía aparecían Arturo, Renata, un médico y un hombre joven que no reconocí.
—Ese es Esteban Vargas —dijo Lucía—. El padre de los dos.
Mi estómago se revolvió.
Al reverso de la fotografía había una frase escrita por Marisol:
“Si algo me pasa, Renata sabe dónde están los originales.”
Santiago se lanzó hacia la caja.
El agente lo derribó contra el sillón.
—¡No! —gritó Renata—. ¡No saben lo que están haciendo!
—Sí sabemos —dijo Lucía—. Y usted acaba de confirmar que reconoce los documentos.
Renata dejó caer los hombros.
De pronto parecía mucho más vieja.
—Mauricio no tenía derecho a destruir a su familia.
—Usted destruyó a la familia mucho antes —respondí.
Ella me miró.
—¿Tú? ¿Tú vas a juzgarme? Ni siquiera sabes quién eres.
—Ahora sí.
—Eres una Vargas. La hija de una traidora.
—Mi madre intentó salvar a personas. Usted la mató.
Renata se quedó callada.
No negó nada.
Afuera se escuchó el motor de un carro. Más agentes llegaron al fraccionamiento. La noticia de que existían pruebas de fraude, homicidio y lavado de dinero había activado una investigación que Mauricio llevaba meses preparando.
Camila comenzó a llorar.
—Yo no sabía nada —dijo—. Renata sólo me pidió sacar las carpetas.
—¿Y las joyas? —pregunté.
—Me dijo que eran herencia.
Santiago, todavía en el piso, levantó la cabeza.
—No pueden arrestarnos por entrar a una casa.
Lucía sacó su celular.
—Por entrar no. Por las órdenes de aprehensión que se giraron esta mañana, sí.
Santiago se quedó blanco.
—¿Órdenes de qué?
—Fraude, encubrimiento, asociación delictuosa y tentativa de homicidio.
Renata me sostuvo la mirada.
—¿Mauricio planeó todo esto?
—Lo planeó para que ustedes se mostraran solos.
—Ese muchacho era mi hijo.
—No —dije—. Era la persona que usted quiso poseer.
Los agentes comenzaron a esposarlos.
Renata no opuso resistencia. Sólo me observó mientras sacaban a los familiares uno por uno. Al pasar junto a mí, se detuvo.
—¿Sabes qué fue lo peor? —susurró—. Que él te amara más que a mí.
—No me amaba más que a usted —respondí—. Simplemente no confundía el amor con la obediencia.
Renata sonrió con amargura.
—Eso te lo enseñó tu madre.
—No. Eso me lo enseñó él.
Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, la casa quedó irreconocible.
Había ropa tirada, cajones abiertos y maletas a medio llenar. La fotografía de nuestra boda seguía boca abajo sobre la repisa.
La levanté.
Mauricio aparecía sonriendo, con una mano en mi cintura. Yo tenía la cabeza apoyada en su hombro.
Éramos jóvenes. Éramos felices.
Y no sabíamos nada.
Lucía regresó al estudio con los libros contables en una bolsa de evidencia.
—La investigación va a ser larga —dijo—. Habrá que probar la relación entre Renata, el incendio y la muerte de tus padres.
—¿Mis padres?
—Tus padres biológicos. Marisol y Esteban.
—¿Esteban también murió?
—Desapareció. Mauricio creía que podía seguir vivo.
Me quedé mirando la fotografía.
—¿Creía?
Lucía sacó un último sobre de la carpeta azul.
—Hay algo más.
Lo abrí.
Dentro había un boleto de avión, un pasaporte y una nota.
El pasaporte estaba a nombre de Esteban Vargas.
La fotografía del documento mostraba a un hombre mayor, con el mismo lunar junto al ojo que yo tenía.
El boleto era para Monterrey.
La fecha de salida: la mañana siguiente.
—No entiendo.
Lucía se sentó frente a mí.
—Mauricio recibió información tres días antes de morir. Una persona con ese nombre estaba internada en una clínica privada de Monterrey, bajo vigilancia. No pudo viajar porque su condición empeoró.
—¿Mi padre está vivo?
Lucía asintió lentamente.
—Eso parece.
Me quedé sin palabras.
En ese momento, la computadora emitió un sonido.
El video había terminado, pero apareció una nueva ventana que ninguno de nosotros había abierto.
La imagen era en vivo.
Una habitación blanca. Una cama. Un hombre conectado a varios monitores.
El hombre de la fotografía levantó lentamente la cabeza.
Yo sentí que algo dentro de mí se quebraba.
—¿Quién activó eso? —preguntó Lucía.
Una voz salió de las bocinas.
—Mauricio.
No era una grabación.
El hombre en la pantalla habló con dificultad.
—Hola, Elena.
Me acerqué a la computadora.
—¿Papá?
Cerró los ojos, como si escuchar esa palabra después de tantos años fuera demasiado.
—Tu madre quería que te llamaras así.
Me tapé la boca con ambas manos.
—¿Dónde estás?
—En la Clínica del Valle. Mauricio pagó mi tratamiento durante dos años. Me encontró hace seis meses.
—¿Por qué no me dijo?
—Porque yo se lo pedí. Renata me estaba buscando. Si sabía que estabas viva y que eras mi hija, habría intentado matarte.
Miré la puerta, el pasillo, la urna.
—¿Mauricio sabía que eras mi papá?
—Desde el principio.
—¿Desde cuándo?
El hombre respiró con dificultad.
—Desde antes de conocerte.
El silencio fue brutal.
—¿Qué quieres decir?
—Mauricio fue quien te encontró. Él sabía que tú eras Elena Vargas, pero necesitaba acercarse a ti sin levantar sospechas. Consiguió trabajo en Mercer Preservation, siguió los movimientos de Renata y descubrió que la familia Soto te había adoptado. Después se aseguró de conocerte.
Sentí que las piernas me fallaban.
Lucía se puso de pie.
—No todo lo que hizo fue una mentira, Valeria.
—¿Cómo lo sabes?