Il arma son poing pour frapper un seconde fois la jeune fille sans defensa.

Un soplo parecido a un golpe de tono dejó el aire de lourd du manoir.

Las dos puertas de entrada de caoba de doce pies de altura, situadas al final de la gran galería, se abrieron hacia afuera con una fuerza violenta y estremecedora, estrellándose contra los muros de piedra.

Todo el comedor se quedó congelado.

Dos hombres corpulentos, vestidos con trajes tácticos de color carbón y de más de un metro noventa de estatura cada uno, llevaban auriculares y lucían la impasible postura de veteranos militares, entraron por la puerta. Matteo y Viktor, legendarios sicarios cuyos nombres no se habían mencionado en Nueva York en cinco años, avanzaron tres pasos hacia el interior, despejaron el pasillo central con miradas penetrantes y letales, y se colocaron firmes a ambos lados de la alfombra roja.

Entonces, emergiendo del arco sombrío, apareció el soberano absoluto del imperio Vance.

Constance Vance cruzó el umbral.

A sus setenta años, Constance Vance no solo caminaba; dominaba cada rincón de la habitación. Su cabello plateado estaba recogido en un moño impecable y afilado como una navaja. Vestía un traje de pantalón italiano a medida, negro azabache, de corte impecable, una blusa de seda negra y pendientes de diamantes que reflejaban la luz de la lámpara como fragmentos de hielo. En su dedo índice derecho descansaba el pesado anillo de sello Vance, con su escudo dorado, el mismo que había firmado sentencias de muerte, fusiones corporativas y asesinatos políticos durante más de cuatro décadas. Su postura era recta como una bayoneta de acero, y sus ojos grises y gélidos ardían con una autoridad ancestral y aterradora.

La temperatura en el comedor pareció caer por debajo de cero.

El sonido de veintidós sillas arrastrándose violentamente contra el suelo de mármol resonó rápidamente. Jefes de la mafia de alto rango, financieros multimillonarios y asesinos despiadados se pusieron de pie de un salto, con el rostro pálido. Hombres cuyos nombres aterrorizaban a la ciudad inclinaron la cabeza al instante, con las manos temblando a los costados.

Señora Constance, alguien susurró con voz ahogada y aterrorizada.

La copa de champán de Victoria se le resbaló de los dedos paralizados, haciéndose añicos en el suelo de piedra y salpicando sus zapatos de satén con el espumoso añejo. Su sonrisa fingida desapareció, reemplazada por una expresión de puro e inalterado horror.

Damian se quedó paralizado, con el puño en alto suspendido en el aire de forma incómoda, los ojos desorbitados por el pánico y la incredulidad. Se suponía que los rumores eran ciertos. Había pagado millones a médicos corruptos en Zúrich para asegurarse de que ella nunca despertara de su estado inducido.

Constance Vance no pronunció ni una sola sílaba.

The rhythmic, steady click of her leather heels on the white marble was the only sound in the cavernous hall. Step by deliberate step, she walked down the central aisle. She did not look at the bowing lieutenants. She did not acknowledge the terrified councilmen. Her gaze was locked entirely on the scene at the head of the table.

She reached Clara, whose tears were silently tracing the crimson welt on her cheek. Constance gently placed one gloved hand behind Clara’s shoulder, pulling the young woman smoothly and protectively behind her back.

Damian swallowed hard, his throat clicking, trying desperately to muster an ounce of his former bravado.

Grandmother… Damian stammered, his voice pitching high and cracking. You’re back. We were just… we were handling family business. Clara was being difficult about—

Constance did not let him finish.

With the blinding, lethal speed of a seasoned street fighter who had survived three gang wars and built an empire out of blood and iron, Constance stepped forward and drove a brutal, closed-fist right hook directly into Damian’s jaw.

The impact was devastating. The sound of breaking bone cracked through the hall like a gunshot.