Luego leí el mensaje otra vez.

Laura, mi madre biológica, podía seguir viva.

Y antes de que pudiera contestar, llegó una segunda fotografía.

En ella aparecía una mujer de cabello oscuro, sentada frente a una cafetería en Monterrey.

Tenía los mismos ojos que yo.

En el reverso, escrito con tinta azul, había una sola frase: