No me exigió nada.
Sólo esperó.
—Pasa —dije.
Entró despacio.
Mateo lo saludó con la mano, pero no dejó el martillo.
Santiago se acercó al muelle y comenzó a trabajar sin que nadie se lo pidiera. No habló de la casa. No habló del fideicomiso. No habló de la deuda. Sólo lijó una tabla durante casi una hora bajo el calor del sol.
Al caer la tarde, me entregó los duraznos.
—Pensé que podríamos hacer un pastel.
—Podríamos.
—¿Como antes?
—No como antes.
Asintió.
—Como ahora.
Lo dejé pasar a la cocina.
No fue una reconciliación completa. No hubo abrazo ni lágrimas ni promesas imposibles. La confianza no regresó de golpe; empezó con una tabla lijada, una bolsa de duraznos y la voluntad de esperar afuera.
Esa noche, mientras el cielo se volvía naranja sobre el lago, me senté en el viejo reclinable de Fernando.
Mateo estaba en el muelle. Santiago lavaba los platos. La casa olía a canela y fruta caliente.
Miré la puerta mosquitera cuando se azotó con su estruendo de siempre.
Sonreí.
Durante años pensé que conservar la casa significaba mantener intactos los recuerdos. Ahora entendía que Fernando me había dejado algo mucho más importante:
el derecho de decidir quién merecía formar parte de ellos.
Et quand le soleil eut fini de se cacher derrière les collines, j’ai fermé la porte.
Pas avec une clé.
Pas encore.
Mais pour la première fois, la clé était entre mes mains .