Nos sentamos juntos en el sofá. Hacía años que no estábamos así, sin televisión, sin celular, sin prisa. Solo mi hijo y yo en una casa que de pronto se había vuelto enemiga.
—¿De verdad dudaste de mí? —preguntó en voz baja.
La pregunta me dolió más porque no estaba hecha con enojo. Estaba hecha con tristeza.
Yo miré mis manos.
—Un segundo.
Él asintió, como si le hubiera confirmado algo que ya sabía.
—Está bien.
—No está bien.
—Yo también habría dudado.
—No digas eso para consolarme.
—No. Lo digo porque el perfil tenía mi cara.
Se quedó callado.
Luego agregó:
—Pero me dolió.
Yo tragué saliva.
—A mí también.
Santiago me tomó la mano.
—Cuando papá se fue, tú me decías que la casa no era solo paredes. Que era memoria. Que era refugio. No puedo imaginar que alguien la haya tratado como motel.
Ese comentario me abrió una tristeza antigua.
Mi esposo, Arturo, había muerto cinco años antes de un infarto. Después de su muerte, la casa se volvió demasiado grande. Había noches en que escuchaba la madera crujir y pensaba que era él entrando tarde, quitándose los zapatos para no despertarme. Mauricio empezó a trabajar para mí después de eso. Al principio solo venía a reparar cosas. Luego se quedó como ayuda de confianza. Cambió focos altos, arregló puertas, instaló la cerradura.
Una vez me dijo:
—Doña Vale, esta casa es muy bonita para estar sola.
Yo había creído que lo decía con ternura.
Ahora sonaba como inventario.
A las 11:27 p. m., la bocina inteligente volvió a hablar.
“Renata está en la puerta principal.”
Nadie respiró.
Camila levantó una mano para que no nos moviéramos.
La cerradura hizo clic.
La puerta se abrió.
Entró una mujer joven con abrigo beige, tacones finos y una bolsa roja carísima. No traía maleta. Solo un sobre manila en la mano.
Eso me extrañó de inmediato.
No parecía huésped.
Parecía alguien que venía a cobrar una deuda.
—¿Hola? —dijo, mirando alrededor—. ¿Santiago?
Camila salió de la sombra.
—Buenas noches. Policía de investigación. Levante las manos, por favor.
La mujer se quedó helada.
—¿Qué? No, no. Yo no hice nada.
—Su nombre.
—Renata Luján.
Santiago, detrás de mí, susurró:
—No la conozco.
Renata lo miró.
Y en su cara apareció una sorpresa auténtica.
—Tú eres Santiago.
—Sí.
Ella volteó hacia Camila.
—Entonces me mintieron.
Camila la sentó en el comedor. Renata temblaba, pero no de miedo criminal. De rabia.
—Explique por qué venía —dijo Camila.
Renata dejó el sobre sobre la mesa.
—Me dijeron que viniera a firmar.
—¿Firmar qué?
Renata abrió el sobre.
Sacó varios documentos.
Yo vi mi nombre impreso.
Mis datos.
Mi dirección.
Un contrato de arrendamiento.
Pero no por noches.
Por un año.
—No —dije.
Camila tomó los papeles con guantes.
—¿Quién se los dio?
—Un señor. Mauricio. Dijo que representaba al dueño. Que Santiago era el administrador de la propiedad y que su mamá estaba de acuerdo.
—¿Por qué venir a esta hora?
Renata se avergonzó.
—Porque me dijo que era discreto. Que había más interesados. Que si firmaba hoy, me respetaba la renta baja.
Santiago soltó una carcajada incrédula.
—¿Renta baja? ¿Cuánto?
Renata dijo una cifra absurda.
Yo casi me caigo de la silla.
—Por esta casa no rentas ni el jardín con eso —dijo Santiago.
Renata levantó la barbilla.
—Yo no sabía. Estoy separándome. Necesitaba un lugar urgente para mí y mi hija.
Su voz se quebró en “hija”.
Y de pronto la vi distinto. No como invasora, sino como otra víctima, igual que Daniel, igual que quizá las doce personas anteriores. Mauricio no solo había rentado mi casa por noches. Estaba a punto de robarla emocionalmente, legalmente, socialmente, todo.
Camila revisó el contrato.
—Este documento tiene una firma atribuida a usted, señora Valeria.
Me acerqué.
Era mi firma.
O algo muy parecido.
—Yo no firmé eso.
Santiago se puso pálido.
—Mamá…
—Yo no firmé eso.
Camila levantó otro papel.
—También hay copia de su identificación.
Mis rodillas fallaron. Tuve que apoyarme en la mesa.
—La perdí hace meses —dije—. Pensé que se me había caído en el súper.
Camila miró a Santiago.
—¿Y esta autorización bancaria?
Santiago tomó el papel.
—Esto es falso.
Pero su voz cambió.
Lo noté al instante.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Él no contestó.
—Santiago.
Me miró con la cara desencajada.
—Mamá, este formato… yo lo he visto antes.
—¿Dónde?
—En la carpeta de papá.
La casa se quedó muda.
Hasta Camila levantó la vista.
—¿De su papá fallecido? —preguntó.
Santiago asintió.
—Mi papá llevaba documentos de propiedades, seguros, cuentas. Tenía una carpeta roja en el estudio.
Yo sentí que algo se movía dentro de mi memoria.
La carpeta roja.
Arturo la guardaba en el cajón inferior de su escritorio. Después de su muerte, yo no había querido tocarla. Me daba miedo encontrar recibos, cartas, secretos pequeños de matrimonio que ya no podrían explicarse.
—Sigue ahí —dije.
Fuimos al estudio.
El cuarto olía a madera vieja y encierro. En la pared seguía la foto de Arturo con Santiago de niño en Acapulco, ambos quemados por el sol y felices. El escritorio estaba intacto. Demasiado intacto.
Abrí el cajón inferior.
La carpeta roja no estaba.
—Aquí estaba —dije.
Santiago empezó a revisar otros cajones. Yo abrí archiveros, cajas, libros huecos. Nada.
Camila observó el marco de la ventana.
—¿Quién más entraba al estudio?
—Nadie —dije.
Pero la respuesta murió en mi boca.
Mauricio.
Mauricio había pintado ese estudio seis meses atrás. Movió muebles. Descolgó cuadros. Estuvo solo muchas horas.
Camila recibió una llamada. Se apartó, escuchó, hizo dos preguntas y colgó.
—Ya tenemos ubicación probable de Mauricio.
—¿Dónde? —preguntó Santiago.
—No está huyendo. Está en otra propiedad.
—¿Otra víctima?
Camila me miró.
—No exactamente.
Eran casi las dos de la mañana cuando llegamos a un departamento discreto en la Del Valle. Yo no debería haber ido, pero Camila no pudo detenerme. Santiago manejó. Renata se quedó en mi casa con un oficial, llorando al teléfono con su hermana.