Esa tarde Mercedes recibió la visita de su médico. Después de examinarla, habló con ella sin familiares presentes. El informe no apareció de inmediato; debía completar la valoración.
Beatriz aprovechó la espera.
Se llevó ropa, documentos y una maleta pequeña a la habitación de su madre.
—He reservado un lugar donde podrán cuidarte bien. Nos vamos mañana.
Mercedes me miró desde la cama.
No necesitó doblar ninguna servilleta.
## Parte 4: La puerta que Mercedes decidió cerrar
—No voy a ir —dijo.
Beatriz abrió el armario y sacó un vestido.
—No está en discusión.
Yo dejé la bandeja sobre el carrito y me coloqué a un lado de la cama. No le quité la ropa de las manos ni cerré la maleta. Necesitaba que Mercedes pudiera hablar sin que aquello se convirtiera en otra acusación contra mí.
—Su madre ya le respondió.
Beatriz volvió la cara.
—Sal de ahí.
Mercedes tomó el teléfono del buró.
—Lucía se queda.
Llamó a Andrés. Él estaba a menos de veinte minutos, llevando documentos al despacho de Elena.
Después llamó a la residencia y pidió hablar con la persona encargada del ingreso. Beatriz trató de arrebatarle el aparato.
Yo interpuse el brazo.
Por un momento vi regresar a su rostro la misma expresión de la fiesta.
Mercedes puso la llamada en altavoz.
—Soy la persona para la que hicieron la reservación. No he aceptado ir. Quiero que lo anoten.
La mujer al otro lado preguntó su nombre completo y confirmó que registraría la cancelación. Le explicó que, si en el futuro deseaba visitar el lugar, podía hacerlo sin compromiso.
Mercedes le agradeció.
Al terminar, Beatriz arrojó el vestido sobre la cama.
—Muy bien. Quédate con tu enfermera. A ver cuánto tarda en cansarse de ti.
Salió dejando la maleta abierta.
Yo recogí el vestido y esperé a que Mercedes me dijera dónde ponerlo.
—En el armario —respondió—. No estoy haciendo equipaje.
Durante los días siguientes, la casa cambió de sonido.
Ya no se oían los pasos de Beatriz entrando sin llamar a cualquier hora. Pero la ausencia no trajo tranquilidad inmediata. Llegaron cartas del comprador, llamadas de proveedores y reclamos de invitados a quienes se les habían solicitado aportaciones para la fundación.
La venta no estaba completada. Sin la firma de Mercedes no podía seguir adelante como estaba prevista. Sin embargo, Esteban había aceptado un adelanto en nombre de su empresa, comprometiéndose a gestionar el acuerdo.
Aquel dinero también lo había gastado.
Elena explicó las opciones con cuidado. Recuperar cada peso tomaría tiempo y quizá no fuera posible. Mercedes debía decidir si quería negociar, exigir la devolución o iniciar acciones contra su propia familia.
—No quiero quedarme sin hija —dijo una tarde.
Estábamos doblando toallas. Yo doblaba las grandes; ella emparejaba las pequeñas.
No respondí enseguida.
Mercedes dejó una toalla sobre sus piernas.
—Y tampoco quiero tener que obedecerla para conservarla.
Aquella frase me acompañó todo el día.
El informe médico llegó el viernes. Confirmaba que Mercedes podía comprender y tomar las decisiones examinadas durante la valoración. Tenía limitaciones físicas y olvidos propios de su edad, pero no la confusión general que Beatriz había descrito.
Elena no lo presentó como un arma para humillar a nadie. Lo incorporó a los documentos que respaldaban las instrucciones de Mercedes.
Después organizaron una reunión.
La anciana pidió que fuera en el comedor pequeño, no en el salón de la fiesta. Quiso tener a la vista el jardín y que la reunión terminara antes de su hora de descanso.
Beatriz llegó con Esteban.
Andrés había colocado sobre la mesa los estados de cuenta, el cuaderno marrón y una relación de los pagos sin comprobantes. Elena llevó copias para todos.
Yo permanecí en la sala contigua. Mercedes me pidió estar cerca, pero no sentarme con ellos. Aquella conversación pertenecía a su familia y a su patrimonio.
Desde donde estaba podía escuchar.
Beatriz comenzó hablando del sacrificio que había hecho durante años. Recordó las consultas, las noches de hospital y la muerte de su padre.
Mercedes no la interrumpió.
Cuando terminó, dijo:
—Sé lo que has hecho por mí. También necesito hablar de lo que me hiciste.
Esteban movió una silla.
—Podemos devolver el dinero en cuanto vendamos otra propiedad.
Elena preguntó cuál.
Él dio el nombre de un departamento que todavía tenía una deuda considerable.
No bastaba.
Beatriz sostuvo que las transferencias eran préstamos familiares.
Mercedes abrió el cuaderno.
—Aquí anoté cuando te presté para cambiar el coche. Aquí está lo de la universidad de Andrés. Y aquí lo que le di a Esteban para empezar. Cuando presto, sé que estoy prestando.
Nadie respondió.
—Estos pagos me los presentaste como cuidados y mantenimiento.
Beatriz miró el cuaderno como si lo viera por primera vez.
—No sabía que llevabas cuentas.
—Ese fue tu error.
Elena pidió que revisaran una propuesta de restitución. Esteban debía entregar una relación completa de los fondos recibidos, reconocer los importes y ofrecer bienes o pagos verificables. La autorización de Beatriz sobre las cuentas quedaba revocada.
Además, Mercedes quería que se cancelara públicamente el proyecto anunciado durante la fiesta y se devolvieran las aportaciones recibidas.
Beatriz se puso de pie.
—¿Quieres exhibirnos?
—Quiero que dejen de usar el nombre de tu padre para pedir dinero.
Esteban le pidió a su madre que se sentara.
Fue la primera vez que escuché que él intentaba frenar una de sus decisiones.
Pero Beatriz no se sentó.
—Si haces esto, no vuelvo a entrar en esta casa.
La silla de Mercedes crujió cuando ella se acomodó.
Pasaron varios segundos.
—Preferiría que volvieras como mi hija —dijo—. Pero no voy a pagarte con mi obediencia para que vengas.
Beatriz salió.
Esteban permaneció junto a la mesa. Preguntó cuánto tiempo tenía para presentar los documentos.
Elena le dio una fecha.
Cuando la reunión terminó, Andrés se quedó con su abuela. Yo llevé agua y recogí las tazas.
Mercedes parecía más pequeña en la silla. La decisión no le había devuelto juventud ni había borrado el dolor. Había protegido su casa, pero acababa de aceptar que su hija quizá no regresaría.