Valeria rompió en 2 pedazos la invitación de su propia madre frente a la entrada del salón y le susurró, con una sonrisa helada, que prefería verla muerta antes que permitir que los invitados descubrieran que había sido criada por una mujer que limpiaba baños.
Elena Salgado se quedó inmóvil bajo las lámparas de cristal del Hotel Imperial Reforma, en la Ciudad de México. Llevaba un uniforme gris de intendencia, zapatos negros gastados y una bolsa de tela colgada del hombro. A unos metros, detrás de Valeria, se veía un salón cubierto de rosas blancas, orquídeas y mesas preparadas para más de 300 invitados.
Su hija, en cambio, llevaba un vestido de novia valuado en casi 1,600,000 pesos.
—Mamá, te dije que no vinieras así.
Elena bajó la mirada hacia su uniforme.
Durante 28 años había usado ropa parecida. Había limpiado oficinas en Santa Fe, habitaciones de hotel, restaurantes y salones de eventos. Había trabajado de madrugada mientras Valeria estudiaba en colegios privados y después en una universidad donde casi nadie conocía el verdadero origen de su familia.
—La invitación tenía mi nombre —respondió Elena.
—Fue un error.
Varias damas de honor comenzaron a mirar. Algunos invitados redujeron la voz para escuchar mejor.
Valeria se acercó a su madre.
—Sebastián cree que estás jubilada. Su familia también. No necesito que hoy aparezcas vestida como empleada.
—Soy empleada.
—Ese es precisamente el problema.
Las palabras golpearon más fuerte de lo que Valeria imaginaba.
Elena había tolerado durante años que su hija ocultara su infancia humilde. Incluso había aceptado no aparecer en ciertas fotografías para evitarle discusiones con sus amistades. Pero nunca había pensado que llegaría el día en que aquella niña, por la que había renunciado a tantas cosas, intentaría expulsarla de su propia boda.
Entonces apareció Mercedes Rivas, madre del novio, envuelta en un vestido color champaña y cubierta de joyas.
—Valeria, querida, ¿qué ocurre?
La novia tragó saliva.
—Nada. Mi mamá se confundió con la hora.
Mercedes examinó a Elena de pies a cabeza.
—Pensé que su madre estaba retirada.
—Lo está. Pero a veces insiste en hacer cosas que nadie le pide.
Elena no respondió.
Su mirada se detuvo en la muñeca de Valeria.
Llevaba una pulsera antigua de perlas con un pequeño broche de esmeralda.
Elena la conocía perfectamente.
Había pertenecido a su madre y llevaba meses guardada dentro de una caja fuerte que solo podía abrirse con una llave que Elena nunca había prestado.
Aquello no era lo único extraño.
El gerente general del hotel evitaba mirarla desde que ella había llegado. El jefe de seguridad permanecía junto a la entrada de servicio con una carpeta en las manos. Y 2 hombres de traje que Elena reconocía como integrantes de su equipo jurídico estaban esperando discretamente junto a los elevadores.
Valeria no sabía que su madre los había citado.
—Hazme un favor por una vez —murmuró la novia—. Vete.
—¿También quieres que olvide que soy tu madre?
—Quiero que entiendas que la familia Rivas no tiene por qué saber de dónde vengo.
Elena apretó los 2 pedazos de la invitación.
Antes de que pudiera contestar, Sebastián Rivas apareció detrás de Valeria.
Era un empresario de 34 años, heredero de uno de los grupos inmobiliarios más conocidos del país. Vestía un esmoquin negro y todavía llevaba el micrófono inalámbrico colocado en la solapa para los discursos de la ceremonia.
—¿Qué está pasando?
Valeria sonrió de inmediato.
—Nada, amor. Mi mamá se alteró.
Sebastián miró la invitación rota.
Después miró a Elena.
—¿Quién hizo eso?
—No importa —dijo Elena.
—Claro que importa.
Valeria intentó tomarlo del brazo.
—Sebastián, faltan 10 minutos para la ceremonia.
Él no se movió.
Se acercó a Elena y tomó sus manos.
—Señora Salgado, usted entra conmigo.
Valeria soltó una risa nerviosa.
—No seas ridículo.
Sebastián levantó la vista hacia ella.
—Lo vergonzoso no es el uniforme de tu madre. Lo vergonzoso es que trates así a la mujer que te crió.
Mercedes abrió los ojos.
Valeria palideció.
—Tú no entiendes.
Sebastián observó a Elena durante unos segundos y entonces pronunció un nombre que Valeria no había escuchado desde hacía muchos años.
—Elena Salgado de la Vega.
El gerente del hotel bajó la cabeza respetuosamente.
El jefe de seguridad hizo lo mismo.
Mercedes dejó de sonreír.
Sebastián señaló el enorme salón detrás de ellos.
—Antes de echarla, Valeria, deberías preguntarle a tu madre quién es realmente la dueña de este hotel.
Pero Elena no miró el salón.
Miró únicamente la pulsera robada en la muñeca de su hija y la carpeta que acababa de entregar su abogado.
Dentro había algo mucho peor que una joya desaparecida.
Parte 2