
La máquina de coser llegó a mi casa un martes, y dentro encontré el apellido de soltera de mi mamá bordado junto a tres nombres desconocidos. Cuando se lo enseñé, esperaba que sonriera. En cambio, Elena Ibarra se quedó completamente quieta, como si acabara de escuchar una amenaza.
—Yo nunca he visto esa máquina —dijo.
La había comprado en una venta de bienes en una vieja casona de Coyoacán. Era una Singer antigua, verde oscuro, con pintura descarapelada y una placa dorada casi ilegible. La elegí porque mi abuela tuvo una igual y pensé que sería bonito restaurarla. El compartimento de accesorios estaba atorado. Tuve que abrirlo con un desarmador.
Adentro había carretes secos, agujas oxidadas y una tira de tela color marfil, doblada en cuatro. En letras diminutas aparecían cuatro nombres: Renata Salazar, Mauricio Quintero, Beatriz Cázares y Elena Ibarra.
Los primeros tres no me sonaban. El cuarto era imposible confundirlo. Ibarra era el apellido que mi mamá usaba antes de casarse.
El silencio de Elena duró tanto que dejé de mirar la tela y empecé a mirarla a ella. Mi mamá siempre hablaba de su adolescencia con precisión: la escuela, sus amigas, los cafés cerca de Reforma. Nunca había mencionado una máquina de coser ni una casona llena de disfraces.
—¿Trabajaste con ellos? —pregunté.
Elena tomó la tela sin tocar los nombres. Sus dedos se cerraron alrededor del borde y su voz bajó.
—No vuelvas a preguntar por esto.
Ese fue el primer golpe. El segundo apareció esa misma noche, cuando busqué en internet el nombre de Renata Salazar. Había sido diseñadora de vestuario en un teatro privado de la Ciudad de México, conocido por sus montajes elegantes y por no permitir que nadie hablara con la prensa.
Mi mamá había trabajado ahí de adolescente. Eso sí lo admitió, pero dijo que solo había llevado café y acomodado cajas durante unos meses. Según ella, jamás tocó vestuario y nunca conoció a Renata.
No le creí. Fui a una hemeroteca y revisé programas viejos. En una temporada de 1989 encontré los cuatro nombres impresos como asistentes de vestuario. Elena aparecía al final de la lista, con su apellido de soltera.
Le mandé una fotografía del programa. La vio. No respondió.
Después encontré algo más raro. En todos los programas posteriores, uno de los nombres había sido cubierto con tinta negra. No arrancado. No corregido. Alguien había pasado el marcador cuidadosamente sobre el mismo lugar, como si quisiera borrar a una persona sin dejar rastro.
Comparé las páginas bajo una lámpara. Debajo de la tinta todavía se alcanzaban a distinguir algunas curvas: quizá una M, quizá una R. El nombre estaba justo antes del de mi mamá.
Cuando regresé a la tela, noté que el bordado tenía dos capas. La separé con una aguja y le di la vuelta. En el lado oculto había una fecha cosida con hilo rojo y dos palabras: “Stage Door”.
Elena reconoció la fecha antes de que yo pudiera leerla completa. Se le fue el color de la cara.
—¿Qué pasó esa noche? —pregunté.
Ella guardó la tela en su bolso y se dirigió a la puerta. No parecía asustada. Parecía estar calculando cuánto tiempo le quedaba.
—Hay cosas que se quedaron enterradas por una razón.
En ese momento, mi celular vibró. Era un mensaje de un número desconocido. Solo incluía una fotografía reciente de la máquina de coser, tomada dentro de mi casa, y una frase: “Tu madre no fue la única que salió por esa puerta”.
Levanté la vista. Elena ya estaba junto al elevador, pálida, apretando el bolso contra el pecho. Antes de que las puertas se cerraran, me dijo algo que nunca había escuchado de ella:
—Si encuentras el cuarto de vestuario, no entres sola.
## La casona de Coyoacán
A la mañana siguiente llamé a mi mejor amigo, Tomás, y le conté todo. Él era investigador de seguros, de esos que podían detectar una mentira en una factura de restaurante, pero tenía la mala costumbre de sonreír cuando algo se ponía peligroso.
—Tu mamá te acaba de regalar una búsqueda del tesoro con amenaza incluida —dijo—. Obviamente vamos a entrar.
—No nos invitaron.
—Por eso llevaremos linternas.
La casona aparecía registrada como propiedad del Teatro Aristeo, aunque nadie la llamaba así. Desde hacía años estaba cerrada detrás de una reja negra, cubierta de hiedra y anuncios de “se renta” que se habían decolorado hasta parecer lápidas. Una mujer de la colonia nos explicó que antes ahí se montaban obras privadas para empresarios, políticos y artistas. Luego, en 1990, una actriz había muerto durante una función y el lugar cerró de un día para otro.
—¿Qué actriz? —pregunté.
La mujer se persignó.
—Una muchacha. Renata algo. Pero ya ve cómo son los chismes.
No era un chisme. Renata Salazar había desaparecido el 17 de noviembre de 1989, la fecha de la tela. Los periódicos hablaban de una fuga voluntaria. En una nota diminuta se aseguraba que había tomado un vuelo a Vancouver, aunque no existía registro de boleto, equipaje ni despedida.
Tomás consiguió que un cerrajero nos abriera la puerta trasera fingiendo que éramos valuadores. El interior olía a humedad, madera vieja y algo metálico, como monedas mojadas. El vestíbulo conservaba los espejos del teatro, pero todos estaban cubiertos con sábanas. En el escenario quedaban las marcas de las escenografías, y encima del telón alguien había pintado una palabra con aerosol blanco: MENTIROSOS.
Encontramos el cuarto de vestuario al fondo, detrás de una escalera de servicio. La chapa no estaba oxidada. Alguien la había usado recientemente.
—¿Todavía quieres entrar conmigo? —pregunté.
Tomás sacó una navaja, aunque no sabía usarla.
—Ahora sí me ofendió que preguntaras.
Dentro había maniquíes sin cabeza, vestidos guardados en fundas de plástico y cajones rotulados con nombres. Renata. Mauricio. Beatriz. Elena. El cajón de mi mamá estaba vacío, salvo por una cinta azul y una fotografía.