Alejandro la colocó sobre el escritorio y la abrió.
Había documentos, fotografías y una memoria USB.
Camila tomó una fotografía.
En ella aparecía mucho más joven, junto a Mauricio Ibarra frente a una casa en Cuernavaca.
—Mauricio y yo estuvimos juntos antes de que él se casara con Renata —dijo—. Cuando quedé embarazada, me prometió que dejaría todo por mí. Pero su padre amenazó con desheredarlo. Entonces desapareció.
Alejandro miró la foto.
—¿Y Eduardo?
—Era mi mejor amigo. Se casó conmigo para protegerme del escándalo. Te dio su apellido. Te quiso como a un hijo.
—Pero Mauricio sabía que yo existía.
—Sí.
—¿Y jamás intentó acercarse?
Camila tardó demasiado en contestar.
—Sí lo intentó.
Alejandro levantó la mirada.
—¿Cuándo?
—Cuando cumpliste dieciocho.
—Yo no recuerdo haberlo conocido.
Camila cerró los ojos.
—Porque Eduardo y yo lo impedimos.
La revelación cayó con una violencia distinta.
—¿Por qué?
—Porque ya sabíamos qué clase de hombre era.
Camila sacó varios papeles de la caja.
—Mauricio no quería recuperarte por amor. Quería usarte para entrar a las empresas Romano.
Alejandro hojeó los documentos.
Había contratos, transferencias, cartas y copias de estados de cuenta.
—Eduardo descubrió que Mauricio llevaba años desviando cargamentos de sus propias navieras —explicó Camila—. Armas, obras robadas, piezas arqueológicas. Usaba organizaciones benéficas para mover dinero.
Valeria sintió frío.
La gala donde estaban celebraba una subasta para apoyar hospitales infantiles.
—¿Esta fundación también está involucrada?
Camila asintió.
—Por eso vine.
Alejandro golpeó el escritorio con la palma.
—¿Sabías que corrías peligro?
—Sí.
—¿Y no me dijiste nada?
—Porque no sabía en quién podía confiar.
—¡Soy tu hijo!
—Y también eres el heredero de Mauricio.
—No quiero nada de él.
Camila lo miró con tristeza.
—Eso dices porque todavía no sabes lo que dejó a tu nombre.
El jefe de seguridad conectó la memoria USB a la tableta.
Aparecieron varias carpetas.
Una llevaba el nombre: A. ROMANO – SUCESIÓN.
Otra: CAMILA – ELIMINACIÓN.
Alejandro se quedó mirando esa palabra.
Eliminación.
Valeria se llevó una mano a la boca.
—No manches…
Camila soltó un suspiro.
—Eduardo encontró este archivo dos semanas antes de morir.
—¿Cómo murió mi padre?
Camila apretó los labios.
—Oficialmente, de un infarto.
—¿Y en realidad?
—Nunca creí que fuera un infarto.
Alejandro se apartó del escritorio.
Parecía un hombre intentando mantenerse de pie mientras el piso se abría bajo él.
—¿Mauricio lo mató?
—No pude probarlo.
De pronto, alguien golpeó la puerta.
—Señor Romano —gritó un escolta—. Hay un problema en el salón.
Alejandro abrió.
—¿Qué pasó?
—Renata Ibarra desapareció.
Todos se miraron.
—Las salidas están cerradas —dijo Alejandro.
—No salió por una puerta.
El escolta levantó una tarjeta de acceso.
—Encontramos un ascensor de servicio oculto detrás del escenario.
Camila palideció.
—La bóveda.
—¿Qué bóveda? —preguntó Valeria.
Camila movió la silla de ruedas hacia el escritorio.
—Este palacio perteneció a la familia de Eduardo. Hay un nivel subterráneo. Lo usamos como archivo cuando la empresa todavía operaba aquí.
Alejandro tomó su teléfono.
—Que nadie baje sin mí.
—Yo voy contigo —dijo Camila.
—No.
—Ahí abajo está la prueba que vinimos a buscar.
Alejandro la miró.
—¿Todo esto fue planeado?
Camila sostuvo su mirada.
—La gala no era una gala.
—¿Qué era?
—Una trampa.
El silencio llenó la biblioteca.
—Invité a todos los que aparecían en los documentos de Eduardo —continuó Camila—. Empresarios, funcionarios, banqueros, directores de fundaciones. Quería ver quién se movía primero cuando creyera que yo tenía pruebas.
Valeria recordó la cachetada.
—Renata la provocó.
Camila asintió lentamente.
—Sí.
—Entonces el golpe era una distracción.
—Una muy conveniente.
—Pero ¿por qué contra usted?
—Porque necesitaba que todas las cámaras apuntaran al centro del salón mientras alguien entraba al cuarto de seguridad.
Alejandro miró a su madre con rabia.
—Te usaste como carnada.
—No esperaba que una mesera interviniera.
Camila miró a Valeria.
—Tú arruinaste el cálculo de todos.
Valeria tragó saliva.
—Perdón.
Camila sonrió apenas.
—No te disculpes. Tal vez nos salvaste.
Bajaron por el ascensor oculto.
El nivel subterráneo olía a humedad y metal viejo. Las paredes estaban cubiertas de mosaicos antiguos, y pequeñas lámparas de emergencia iluminaban un pasillo angosto.
Valeria caminaba detrás de Alejandro.
No entendía por qué seguía ahí. Podía haber pedido salir. Podía haberse apartado de aquella locura de ricos, secretos y delitos.
Pero recordaba a su madre en cama, enferma, y a su padre desapareciendo cuando ella tenía nueve años.
Recordaba lo fácil que era para alguien con poder destruir a quien no podía defenderse.
Al final del pasillo encontraron una puerta abierta.
Dentro había una bóveda con estantes metálicos.
Renata Ibarra estaba frente a una trituradora industrial, introduciendo carpetas una por una.
A su lado estaba una mujer de vestido verde.
Irene Montalvo.
Dos hombres armados vigilaban la entrada.
Alejandro se detuvo.
—Se acabó.
Uno de los hombres levantó el arma.