—Los fondos de esta gala iban a ser desviados a empresas fantasma vinculadas con una red de contrabando y lavado de dinero. Las autoridades ya tienen los archivos.
Algunos invitados intentaron levantarse.
Las puertas se cerraron.
—No se preocupen —continuó Alejandro—. Quienes no tengan nada que ocultar podrán irse pronto.
Camila observaba desde su silla de ruedas.
Valeria permanecía detrás de ella, agotada, con el uniforme rasgado y polvo en el cabello.
Alejandro bajó del escenario y se acercó.
—Quiero hablar contigo.
Valeria señaló su pecho.
—¿Conmigo?
—Sí.
—Señor Romano, con todo respeto, creo que ya tuve suficientes sorpresas por una noche.
Camila soltó una pequeña risa.
—Hazle caso, hijo.
Alejandro respiró hondo.
—Te ofrecí trabajo sin decirte cuál.
—La verdad, pensé que era una forma elegante de correrme.
—Necesito a alguien para dirigir el nuevo programa de protección interna de la Fundación Romano.
Valeria lo miró.
—Yo soy mesera.
—Eras supervisora de turno antes de que Esteban te bajara de puesto por denunciar que robaba propinas.
Ella abrió los ojos.
—¿Cómo sabe eso?
—Revisé tu expediente.
Esteban, sentado al otro lado del salón bajo vigilancia, bajó la cabeza.
—También trabajaste dos años como auxiliar en una casa de retiro —continuó Alejandro—. Renunciaste después de denunciar maltrato a residentes.
—Me corrieron.
—El informe dice que renunciaste.
—Porque me obligaron a firmar.
Alejandro asintió.
—Por eso te necesito.
Valeria soltó una risa incrédula.
—¿Para qué? ¿Para andar deteniendo cachetadas en eventos de ricos?
—Para revisar cada residencia, hospital y fundación que lleve nuestro apellido. Quiero saber quién abusa de la gente que depende de nosotros.
Valeria miró a Camila.
—¿Y por qué yo?
La anciana extendió la mano.
Valeria se acercó y la tomó.
—Porque cuando creíste que yo no tenía poder —dijo Camila—, me defendiste de todos modos.
Valeria sintió que algo le apretaba la garganta.
—Mi mamá está enferma —dijo—. No puedo aceptar una chamba que me obligue a viajar todo el tiempo.
—Tendrá atención médica completa —respondió Alejandro—. Y tu hermano podrá terminar la universidad.
Valeria retiró la mano.
—No quiero caridad.
—No es caridad. Es salario.
—¿Cuánto?
Alejandro mencionó una cifra.
Valeria abrió la boca.
—No manches.
Camila sonrió.
—¿Eso significa que acepta?
—Significa que necesito sentarme.
Por primera vez en toda la noche, Alejandro sonrió.
Tres semanas después, Mauricio Ibarra fue detenido en Mérida cuando intentaba abordar un vuelo privado hacia Belice.
Renata aceptó colaborar con la fiscalía a cambio de una reducción de condena. Entregó cuentas, nombres y grabaciones que implicaban a funcionarios, empresarios y directivos de fundaciones.
Irene fue acusada del asesinato de Eduardo Romano.
Pero la mayor sorpresa llegó durante la lectura del testamento de Mauricio.
Alejandro no era su único hijo.
Había otra heredera.
Una hija nacida cinco años después que él.
Su nombre aparecía en una cláusula sellada que nadie había abierto durante décadas.
Valeria Cruz.
Cuando Alejandro recibió la noticia, creyó que era un error.
Valeria también.
—Eso es imposible —dijo ella en el despacho del notario—. Mi papá se llamaba Ernesto Cruz.
Camila la observó con lágrimas en los ojos.
—¿Tu madre se llama Lucía?
Valeria se puso de pie.
—Sí.
Camila cerró los ojos.
Lucía Cruz había trabajado como secretaria de Mauricio Ibarra durante siete años.
Había desaparecido de la empresa poco antes del nacimiento de Valeria.
—Mauricio era mi padre —susurró Valeria.
Alejandro permaneció inmóvil frente a ella.
La mujer que había salvado a su madre era su media hermana.
La mujer que había detenido la cachetada había entrado a la gala trabajando como mesera, mientras su padre biológico era dueño indirecto de casi todo lo que la rodeaba.
—Mi mamá nunca me dijo nada —murmuró Valeria.
—Tal vez intentaba protegerte —dijo Camila.
El notario continuó leyendo.
Mauricio había dejado a Valeria el treinta por ciento de la naviera.
A Alejandro, el cuarenta.
El resto quedaba en manos de Renata.
Pero existía una condición.
Los herederos solo recibirían las acciones si mantenían la empresa operando durante cinco años.
Valeria cerró la carpeta.
—No quiero ese dinero.
Alejandro la miró.
—Yo tampoco.
—Entonces véndanla.
El notario negó con la cabeza.
—La condición impide la venta durante cinco años.
Valeria soltó una carcajada sin humor.
—Hasta muerto sigue controlando todo.
Alejandro miró por la ventana.
—Podemos hacer algo mejor.
Seis meses después, la Naviera Ibarra cambió de nombre.
Los contratos fraudulentos fueron cancelados. Los directivos involucrados fueron despedidos. Una parte de la flota se vendió para pagar indemnizaciones a víctimas de la red de contrabando.
El resto se convirtió en una empresa de transporte médico y ayuda humanitaria.
Valeria no aceptó una oficina en Reforma.
Pidió trabajar desde una sede pequeña cerca de su casa.
Su madre recibió tratamiento.
Mateo terminó la universidad.