—¿Cuántos duplicados han detectado?

—Cuarenta y ocho confirmados. Tal vez más.

Mauricio tomó el lector y lo guardó en un cajón.

—Nadie va a hablar con la prensa. Las donaciones están completas y la carrera debe continuar.

—¿Cómo sabe que las donaciones están completas si hay movimientos que usted no puede explicar? —pregunté.

La mano con la que cerró el cajón tembló.

—Usted no entiende lo que está provocando.

Hasta ese momento yo le había hablado con la formalidad que usaba con los directivos y con los adultos mayores. Pero la forma en que me bloqueó la salida cambió algo dentro de mí.

—No, señor Salazar. El que no entiende es usted: yo no estoy provocando nada. Estoy tratando de descubrir quién está lastimando a la gente.

Renata levantó la vista. Mauricio también.

—¿Qué me dijo? —preguntó él.

—Que te hagas a un lado.

Fue un cambio mínimo, una palabra, pero lo escuchamos todos. Por primera vez dejé de decirle “usted”. Mauricio se apartó con el rostro endurecido.

Renata comparó las pulseras. Todas las duplicadas tenían la marca azul en el interior. No era tinta accidental; formaba una pequeña figura: un círculo atravesado por dos líneas.

—El símbolo de la fundación —dije.

—No exactamente —respondió Renata—. Es el logo anterior. El que se usaba antes de que Mauricio entrara al consejo.

—¿Quién tenía acceso a las pulseras?

—La empresa de logística, el comité de inscripción y una persona de la fundación.

—¿Quién?

Renata tardó en responder.

—La directora ejecutiva.

—¿Mauricio?

—No. La señora Beatriz Cárdenas.

El nombre cayó en la carpa como una piedra.

La corredora que tenía el segundo 418 se llamaba Elena Ríos. Contó que, antes de la salida, una voluntaria la había mandado a una mesa lateral porque su pago aparecía “incompleto”. Ahí una mujer de cabello gris le cambió la pulsera y le pidió que no se la quitara hasta cruzar la meta.

—¿La mujer se llamaba Beatriz? —pregunté.

Elena negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero tenía una cicatriz pequeña en la ceja izquierda.

Yo recordé la fotografía de mi madre. Una mujer joven, de cabello oscuro, con una cicatriz exactamente en el mismo lugar.

Mi madre había muerto ocho meses atrás sin decirme casi nada de su pasado. Durante años trabajó como administradora en una clínica de Monterrey. Nunca hablaba de mi padre. Lo único que conservaba de él era una fotografía vieja: un hombre de traje junto a una mujer sonriente. Detrás, escrito con tinta azul, había una frase: “Para que algún día sepas por qué no regresé.”

El hombre de la foto no era el corredor inconsciente. Pero se parecía demasiado. La misma mandíbula, la misma forma de las manos, la misma línea blanca sobre el pulgar derecho.

Renata encontró un archivo oculto en el servidor. El nombre del documento era *418_final.xlsx*. La contraseña estaba protegida, pero la ruta indicaba que había sido abierto esa mañana desde una computadora en el sótano del estacionamiento.

—¿Quién está abajo? —pregunté.

—El equipo de seguridad y los proveedores —dijo Mauricio.

—¿Y Beatriz Cárdenas?

Mauricio no contestó.

Entonces su celular vibró. Solo alcancé a ver el mensaje antes de que lo bloqueara: “El hombre despertó. El plan sigue en pie. No dejes que la paramédica lo vea.”

Le quité el teléfono de la mano.

Mauricio retrocedió.

—Devuélvame eso.

—¿Quién escribió el mensaje?

—No tiene derecho a revisar mi celular.

—Y usted no tiene derecho a encerrar a una paciente potencialmente peligrosa en una carpa.

—No soy paciente.

La voz vino de la entrada.

El corredor del 418 estaba de pie, pálido, apoyado en el marco. Tenía una venda en la frente y todavía llevaba la mascarilla de oxígeno colgando del cuello.

—La ambulancia se detuvo —dijo—. El chofer recibió una llamada y me dejó en una clínica privada. Me escapé por la puerta trasera.

—¿Por qué no recuerda su nombre?

Se llevó una mano a la nuca.

—Porque me golpearon.

—¿Quién?

Miró a Mauricio.

—Usted.

El silencio se volvió insoportable.

Mauricio sacó el celular del bolsillo interior de su saco.

—Esto es absurdo. Ese hombre está desorientado. Llamen a seguridad.

Renata abrió el archivo oculto. La primera pestaña contenía nombres, horarios y códigos de transferencia. La segunda, fotografías tomadas con cámaras de seguridad. En una de ellas aparecía el hombre del dorsal 418 entrando al sótano a las cinco de la mañana. En otra, Mauricio le entregaba una caja de pulseras a una mujer de cabello gris.

La imagen era borrosa, pero la cicatriz en la ceja era visible.

Beatriz Cárdenas estaba viva. Y no era una corredora anciana confundida: era la mujer que dirigía la operación desde adentro.

—¿Dónde está? —pregunté.

Mauricio no respondió.

El corredor se llevó la mano al bolsillo y sacó una tarjeta doblada. En la parte trasera tenía escrito un número de teléfono y una dirección en Santa María la Ribera.

—Esto estaba en mi zapato —dijo—. Lo encontré cuando me cambié en la ambulancia.

Renata leyó la tarjeta.

—Es la oficina original de la fundación. Está abandonada desde hace doce años.

—Mi madre tenía una fotografía tomada ahí —dije.

El hombre me miró con atención.

—¿Cómo se llama tu madre?

—Lucía Varela.

Su rostro cambió.

—Entonces sí eres tú.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Me conoces?

—No. Pero alguien me pidió que te encontrara.

Mauricio soltó una risa seca.

—¡Qué conveniente! Ahora todos tienen una historia.

Renata cerró la computadora.

—Tenemos que irnos antes de que borren el servidor.

—¿Y la carrera? —pregunté.

—La carrera ya no es una carrera. Es una escena del crimen.

Salimos por la parte trasera mientras el sonido de la música seguía llenando la avenida. Afuera, la gente celebraba el récord de recaudación. En una pantalla gigante aparecía Mauricio sonriendo junto a un letrero: “Más de doce millones de pesos para salvar vidas.”

El corredor caminaba a mi lado, todavía mareado.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté.

—Adrián.

—¿Adrián qué?

—No lo sé.

—¿Recuerdas algo de antes de la carrera?