No fue una escena perfecta. Bernadette lloró en el pasillo y tuvo que tomar aire antes de bajar. Luciano no la siguió para arreglarle la tristeza.

Regresó a la mesa, donde Theo empujaba los vagones entre platos vacíos.

“Papá.”

“¿Qué pasó?”

El niño levantó la locomotora.

Debajo seguía el nombre torcido, con la última letra más profunda que las demás.

“¿Por qué la O quedó así?”

“Porque me jalaste el brazo cuando la estaba haciendo.”

Theo abrió los ojos.

“¿Y te enojaste?”

“Me preocupó que te cortaras.”

“¿Pero no te enojaste por echarla a perder?”

Luciano tomó el tren y miró aquella letra.

“No lo echaste a perder.”

Se lo devolvió.

Theo pasó el dedo sobre su nombre y luego puso la locomotora en la mesa. La dejó ahí mientras llevaba un plato a la cocina, sin esconderla, sin mirar hacia la puerta y sin pedir permiso.

Cuando volvió, Luciano seguía recogiendo las servilletas.

“Papá… ese es mi tren.”

Esta vez no lo dijo para rescatarlo.

Luciano empujó hacia él los dos vagones azules.

“Sí, hijo. Aquí está.”