Talía apretó la mandíbula.
—¿Crees que todo esto empezó cuando me casé con Santiago? ¿Crees que quería tus aretes, tus muebles y tus malditas losetas? Yo solo quería lo que Gustavo me debía.
Santiago se volvió hacia ella.
—¿Qué te debía mi papá?
Talía no respondió.
Yo sentí un frío antiguo en la espalda.
—¿Quién eres?
Talía me sostuvo la mirada.
—Pregúntale a Gustavo.
—Gustavo está muerto.
—No. Pregúntale a sus papeles.
Los agentes se la llevaron.
La casa quedó en silencio, salvo por el zumbido de la computadora y el llanto lejano de Mateo en los brazos de Mariana.
Santiago se acercó a mí.
—¿Qué quiso decir?
—No lo sé.
Pero sí sabía dónde buscar.
Durante años, Gustavo había guardado una caja metálica en el sótano, detrás de una pared falsa del taller. Yo nunca la abrí porque él me pidió que lo hiciera únicamente si alguien intentaba sacarme de la casa.
Bajamos.
El taller conservaba el olor a madera y aceite. Santiago caminaba detrás de mí, sin hablar. Retiré tres tablones y saqué la caja. La llave oxidada que había metido en la bolsa negra encajó en la cerradura.
Dentro había fotografías, recibos, dos cintas de casete y un sobre dirigido a mí.
La letra era de Gustavo.
Lo abrí con dedos temblorosos.
> Rosario: > > Si estás leyendo esto, Talía ya llegó demasiado lejos. No confíes en su historia. No es quien dice ser, pero tampoco es exactamente la mujer que imaginas. > > Antes de que Santiago naciera, tuve una relación con una joven llamada Leticia Salgado. Terminamos cuando ella quedó embarazada. Me dijo que había perdido al bebé durante el parto. Nunca volví a verla. > > Hace seis años, una mujer se presentó en mi oficina. Dijo llamarse Talía Salgado.
Santiago se acercó.
—¿Salgado?
Seguí leyendo.
> Traía una fotografía de Leticia y un acta de nacimiento. Aseguraba ser mi hija. Me exigió dinero y la propiedad. Yo acepté hacerle pagos mientras investigaba, pero descubrí que el acta era falsa. Talía no era hija de Leticia. > > Sin embargo, había algo que no podía ignorar: conocía detalles que solo Leticia y yo podíamos saber. > > Contraté a un investigador privado. Lo que descubrió me obligó a guardar silencio. > > Talía es la hija biológica de Santiago.
El papel se me resbaló de las manos.
Santiago lo recogió.
Leyó la última línea.
Después volvió a leerla.
—No.
—Santiago…
—No.
—Puede ser una falsificación.
—Mi papá escribió esto.
En la caja había otra carpeta. Dentro, una prueba genética, fotografías de Leticia y un informe firmado por un laboratorio de Houston.
Compatibilidad biológica entre Talía Salgado y Santiago Villaseñor: 99.98 por ciento.
Santiago se apoyó contra la pared.
—Ella es mi hija.
—Eso dice el informe.
—Se casó conmigo.
—Talía probablemente no lo sabía al principio.
—¿Y mi papá?
Seguí leyendo.
> Talía descubrió la verdad después de nuestra boda. Por eso nunca quiso hacerse pruebas médicas contigo. Por eso insistió en que el bebé fuera conseguido por fuera de cualquier clínica regular. Pensó que, si tenía un hijo con un donante anónimo, nadie sospecharía que su esposo era también su padre. > > No te lo dije porque me amenazó con destruirte. Dijo que prefería verte muerto antes que reconocer que había sido engañada por todos. > > Rosario, perdóname. Mi cobardía te dejará una carga terrible. > > Si Talía intenta sacarte de la casa, entrega esta información a las autoridades. El fideicomiso no solo protege tu vivienda. También conserva todos los documentos relacionados con ella. > > Hay una última cosa. > > Santiago no es nuestro hijo biológico. > > Lo adoptamos cuando tenía tres meses. Leticia fue la mujer que nos entregó al bebé equivocado.
El sótano se volvió demasiado pequeño.
Santiago dejó caer la carpeta.
—¿Qué?
Me quedé mirando las fotografías.
Una mostraba a Gustavo sosteniendo a un bebé envuelto en una cobija azul. En el reverso decía: “Santiago, 14 de octubre de 1981”.
—Tu papá y yo no pudimos tener hijos —dije—. Él conoció a una mujer en el hospital. Su bebé había muerto y otra mujer acababa de abandonar al suyo. Hubo una confusión. Gustavo arregló la adopción con el hospital. Me dijo que no importaba de dónde venías. Que eras nuestro.
—¿Entonces quién soy?
—Mi hijo.
—No te pregunté eso.
—Es lo único que importa.
—¡No! —gritó—. ¡Toda mi vida está construida sobre mentiras!
—No, Santiago. Tu vida está construida sobre el amor que te dimos.
—¿Y Talía?
—Talía es tu hija biológica, según esta prueba.
Se cubrió el rostro.
Durante varios minutos solo escuchamos el aire acondicionado.
Luego levantó la cabeza.
—¿Por qué ella nunca me dijo que sabía?
—Porque quería la casa.
—¿Y el bebé?
—El bebé es hijo de Mariana. Talía pensó usarlo para crear una familia legal y tener una razón para quedarse con todo.
Santiago soltó una risa rota.
—Mi esposa era mi hija. Mi madre no es mi madre biológica. El bebé que cargué no es mío. Y la única persona que me dijo la verdad fue un hombre muerto.
—Tu papá intentó protegerte.
—Me dejó un incendio.
—A veces proteger a alguien solo significa retrasar el momento en que tendrá que ver las llamas.
Santiago se sentó en el escalón.
Yo me arrodillé frente a él.
Durante cinco años había esperado que mi hijo se pusiera de mi lado. Cuando finalmente lo hizo, no sentí triunfo. Solo tristeza.
—Mírame —le dije.
Él levantó los ojos.
—Tú no eres culpable de lo que los adultos hicieron antes de que nacieras.
—¿Y de lo que hice después?
—De eso sí tendrás que responder. Permitiste que me humillaran. Firmaste documentos sin leer. Dejaste que Talía decidiera quién podía entrar a mi recámara. Pero todavía puedes decidir qué haces ahora.
—¿Qué quieres que haga?
—La verdad. Toda. Aunque te duela.
Asintió.