Subí a mi carro antes de que amaneciera. En el asiento del copiloto llevaba una caja que Renata había encontrado escondida bajo una tabla suelta del estudio: cartas de mi madre, fotografías de mi padre verdadero y una libreta azul con la última anotación de Elisa.
La había leído antes de irme.
Decía:
“Si algún día Camila descubre la verdad, díganle que su papá murió siendo un hombre bueno. Y que ella nunca tendrá que cargar con los pecados de quien quiso robarle su nombre.”
Encendí el motor.
Pour la première fois de ma vie, je n’ai pas pris la voiture pour fuir Monterrey.
J’ai pris la route à l’aube, le nom de Salazar intact sur ma poitrine, sachant que plus jamais personne ne l’utiliserait pour m’humilier, se cacher de moi ou me mentir.
Car Mauricio Salazar était mort depuis de nombreuses années. Mais cette nuit-là, sa fille l’a ramené à la vie.