—No te pregunté eso. ¿Sabías que había utilizado mis ahorros?
—Yo no manejo las cuentas de ustedes.
—Entonces, ¿por qué lo estás defendiendo?
—¡Porque es mi hijo!
—¿Y yo qué soy? —pregunté—. ¿La mujer a la que pueden pegarle, quitarle sus ahorros y echar de su propia casa?
Patricia no contestó.
Por primera vez, su silencio no parecía una muestra de autoridad.
Parecía miedo.
Ernesto abrió una carpeta más pequeña que había sacado del sobre principal.
—Emily, hay algo que debes saber sobre el dinero.
Me senté lentamente.
—¿Qué cosa?
Él me mostró una hoja con varias cantidades, fechas y referencias bancarias.
—Cuando descubrí que Daniel tenía problemas financieros, revisé las operaciones relacionadas con la casa. No tenía derecho a entrar en sus cuentas personales, pero algunos documentos que él presentó para intentar conseguir un préstamo incluían información sobre transferencias realizadas desde una cuenta compartida.
Me incliné hacia la hoja.
Reconocí el número de la cuenta.
Era la cuenta que Daniel y yo habíamos abierto después de casarnos para pagar servicios, compras del supermercado y gastos comunes.
—Yo nunca autoricé estas transferencias —dije.
—Eso parece indicar la documentación que tengo —respondió Ernesto—. Hay movimientos que necesitan una revisión formal.
Daniel se levantó tan bruscamente que la silla cayó hacia atrás.
—¡Esto es una locura! ¡Están tratando de destruirme!
Ernesto no se movió.
—Nadie necesita destruirte. Tus decisiones están hablando por ti.
—¡Tú pusiste la casa a nombre de ella para castigarme!
—La puse a su nombre para protegerla.
—¡Soy tu hijo!
—Y precisamente por eso me duele ver lo que has hecho.
Durante unos segundos, Daniel pareció realmente herido.
Pero entonces miró hacia mí y su expresión cambió.
—Emily, podemos arreglar esto en privado.
Negué con la cabeza.
—Ya no sé qué parte de nuestra vida ha sido verdad.
—Te amo.
Las palabras me provocaron una tristeza tan profunda que tuve que mirar hacia otro lado.
Yo también había amado a ese hombre.
Había amado sus promesas, sus detalles pequeños y la manera en que me tomaba de la mano cuando caminábamos por el centro de Guadalajara.
Pero el amor no podía borrar lo que acababa de suceder.
—Si me amaras, no habrías permitido que tu mamá me golpeara.
Daniel se acercó un paso.
—Fue un error.
—¿Y utilizar mis ahorros?
—Estaba desesperado.
—¿Intentar usar mi casa como garantía?
—Solo quería resolverlo.
—¿Y reírte mientras yo estaba en el suelo?
No encontró respuesta.
En ese momento sonó el timbre.
Ernesto fue a abrir.
Dos minutos después regresó acompañado por una mujer de cabello corto, lentes oscuros y un portafolio negro. Tendría unos cincuenta años y caminaba con la seguridad de alguien acostumbrado a resolver problemas complicados.
—Ella es la licenciada Ramírez —explicó Ernesto—. Es la notaria que llevó la transferencia de la propiedad y ha venido a verificar los documentos originales.
Patricia se puso de pie de inmediato.
—¡No necesitamos una notaria en Navidad!
La mujer dejó el portafolio sobre la mesa.
—Yo tampoco esperaba trabajar esta noche, señora. Pero el señor Ernesto me explicó que había una disputa sobre la titularidad de la propiedad y que la propietaria estaba siendo presionada para abandonarla.
La licenciada me miró con atención.
—¿Usted es Emily?
Asentí.
—Sí.
—¿Ha firmado recientemente algún documento para vender, hipotecar o transferir esta casa?
—No.
—¿Le han presentado documentos para que los firme?
Recordé las últimas semanas.
Daniel había dejado varios papeles sobre la mesa de nuestra habitación. Me dijo que eran trámites de seguros y actualizaciones administrativas.
Yo había estado ocupada con el cierre de cuentas de varios clientes y apenas los miré.
—Mi esposo me pidió que firmara unos documentos, pero le dije que los revisaría después.
La licenciada intercambió una mirada con Ernesto.
—¿Recuerda si alguno tenía su nombre completo y una descripción de esta propiedad?
—No estoy segura.
Daniel se puso pálido.
—No hace falta seguir con esto.
La notaria abrió el portafolio.
—Me temo que sí.
Sacó una copia de una solicitud de financiamiento y la colocó junto a la escritura.
—El documento que se presentó a la entidad financiera indica que la señora Emily autorizaba el uso de la propiedad como garantía. Sin embargo, la firma que aparece en esa solicitud no coincide con la que consta en los documentos originales.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Está diciendo que alguien falsificó mi firma?
—Estoy diciendo que existen diferencias importantes que deben investigarse. No puedo emitir una conclusión definitiva sin los procedimientos correspondientes.
Daniel se llevó una mano a la frente.
Patricia se quedó completamente inmóvil.
La licenciada continuó:
—Además, la operación no llegó a formalizarse como una hipoteca válida sobre esta propiedad. La escritura registrada identifica a la señora Emily como propietaria, y no he encontrado una autorización legítima de su parte para comprometer el inmueble.
Miré a mi esposo.
—¿Intentaste falsificar mi firma?
—¡No! —gritó él—. Yo nunca haría eso.
—Entonces, ¿quién presentó esos documentos?
Daniel miró a su madre.
Fue apenas un segundo.
Un movimiento pequeño, casi imperceptible.
Pero lo vi.
Y la licenciada también.
Patricia retrocedió como si acabara de descubrir que el suelo estaba a punto de abrirse bajo sus pies.
—Daniel —dijo en voz baja—. No me mires así.
Mi esposo apretó los dientes.
—Tú dijiste que podíamos resolverlo.
El comedor quedó en silencio.
Ernesto cerró los ojos.
Verónica se cubrió la boca.
Yo sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué acabas de decir? —pregunté.
Daniel pareció comprender demasiado tarde que había hablado de más.
—Emily, no…
—¿Tu mamá sabía lo de los documentos?
Patricia empezó a negar con la cabeza.
—No sabes lo que estás diciendo.
Pero Daniel ya no podía detener lo que había comenzado.
—¡Tú me dijiste que ella nunca revisaba nada! —le gritó a su madre—. ¡Me dijiste que solo necesitábamos resolver el préstamo antes de que papá descubriera las deudas!
Patricia le dio una bofetada a su propio hijo.
Ce son m’a fait frissonner.
« Tais-toi ! » hurla-t-elle.
Ernesto intervint immédiatement.
—C’est fini !