—Doña Valeria, qué gusto. Nosotros entendemos lo difícil que es cuidar a alguien que cuidó de uno toda la vida.
Esa frase me partió.
Mi mamá, Elena, estaba sentada en la sala mirando un programa viejo de concursos, con una cobija azul sobre las piernas. A ratos sabía quién era yo. A ratos me decía “mija”. A ratos me llamaba Teresa, como su hermana muerta.
Renata se sentó frente a mí y empezó a hacer preguntas.
Medicamentos.
Horarios.
Diagnóstico.
Alergias.
Seguro.
Contactos de emergencia.
—Esto es solo para preparar una cotización realista —explicó—. Muchas familias se espantan con costos escondidos. Nosotros somos transparentes.
Camila estaba junto a mí, con su laptop abierta, tomando notas.
—Mamá, se oye bien —me dijo en voz baja—. Además tienen cuidadoras certificadas.
Yo quería que se oyera bien. Dios sabe cuánto quería dormir una noche completa sin levantarme a revisar si mi madre seguía respirando. Quería ir a una junta sin miedo a que el vecino me llamara porque mamá había salido con una olla encendida. Quería no sentir resentimiento y culpa al mismo tiempo.
Renata me pidió copia de mi identificación y de mi tarjeta del seguro.
—No para cobrar nada —aclaró—. Solo para verificar cobertura en caso de emergencias.
Yo dudé.
—Prefiero mandarlo después.
Camila levantó la tarjeta del seguro de la carpeta médica.
—Le saco foto y listo, ¿no? Para que nos manden la cotización bien.
—Camila…
—Mamá, es normal. Todo mundo hace eso.
Renata sonrió.
—Exacto. Solo para expediente preliminar.
Mi hija le tomó foto por ambos lados.
Frente y reverso.
Se la mandó por WhatsApp.
Yo no contraté a Aurora.
Al día siguiente, Renata me llamó tres veces. Luego otra asesora. Luego un supuesto médico. Todos insistían demasiado. Uno incluso dijo:
—Señora Valeria, con la condición de su mamá, esperar puede salir muy caro.
Colgué. Contraté a una cuidadora recomendada por una amiga, una señora de Iztapalapa llamada Lupita que no tenía uniforme ni página web, pero sí paciencia y corazón.
Y me olvidé de Aurora.
Hasta esa llamada.
—Las cinco mujeres que recogieron los lentes usaron el mismo código de referencia —me dijo Ortega—. Ese código pertenece a Cuidado en Casa Aurora.
Sentí que la sangre me bajaba a los pies.
—Yo nunca fui clienta.
—Ellos dicen que sí.
—¿Cómo que dicen que sí?
—Según su sistema, usted abrió un expediente de atención domiciliaria hace cuatro meses. Afirman que las órdenes ópticas fueron errores administrativos asociados a pacientes reales.
Me reí, pero me tembló la risa.
—¿Cinco errores? ¿En cinco sucursales?
—Por eso estoy llamándola.
—¿Qué necesito hacer?
—Primero, no contacte a Aurora todavía. Segundo, revise si tiene correos, mensajes, comprobantes. Tercero, necesito saber quién les proporcionó copia de su tarjeta.
No tuve que pensarlo.
La respuesta ya estaba clavada en mi memoria.
Camila.
Pero decirlo en voz alta fue distinto.
Fue como poner a mi propia hija frente a una puerta que podía cerrarse con barrotes.
—Mi hija —dije—. Ella la envió durante la entrevista.
Ortega guardó silencio.
—¿Fue con su consentimiento?
—Sí. O sea… yo estaba ahí. Pero no pensé…
Me odié por esa frase. No pensé.
Una mujer que revisa contratos de millones de pesos, que detecta cláusulas tramposas en veinte segundos, que sabe cuándo un desarrollador está inflando costos, dejó que su hija le sacara foto a la tarjeta del seguro para mandarla a una desconocida por WhatsApp.
Híjole.
—Voy a revisar el historial completo de reclamaciones —dijo Ortega—. La contactaré.
—¿Cuándo?
—Pronto.
—Eso no me dice nada.
—Señora Valeria, necesito ser honesto: cuando aparece una óptica, rara vez está sola.
La llamada terminó, pero su última frase se quedó zumbando en mi oído.
Rara vez está sola.
Esa noche no le dije nada a Camila.
La vi llegar de la universidad con su mochila, el cabello negro suelto, la cara cansada y esa forma de besarme en la mejilla como si todavía tuviera ocho años.
—¿Qué onda, ma? ¿Todo bien?
La mentira casi me salió natural.
—Sí, mi amor. Todo bien.
Lupita estaba preparando té de manzanilla en la cocina. Mi mamá dormía en el sillón, con la cobija azul hasta el cuello. La luz de la tarde entraba por el balcón y tocaba los azulejos de Talavera que mi papá había mandado poner antes de morir. Durante unos minutos quise quedarme ahí, en esa escena doméstica donde nada malo parecía posible.
Pero a las diez y media de la noche, Ortega llamó otra vez.
Me encerré en mi cuarto.
—Señora Valeria —dijo—, encontré más reclamaciones.
Me senté en la cama.
—¿Qué más?
Escuché hojas moverse.
—Audífonos digitales. Dos rodilleras ortopédicas. Un andador de aluminio. Un asiento de baño. Un aparato de terapia de movilidad. Tres paquetes mensuales de suplementos nutricionales. Todo bajo su póliza.
Me llevé la mano a la boca.
—Yo no recibí nada de eso.
—Lo sé.
—¿A dónde lo mandaron?
—A diferentes domicilios. Algunos pertenecen a adultos mayores. Otros a pacientes en recuperación. Todos conectados, de alguna manera, con Aurora.
El cuarto empezó a inclinarse.
—¿Cuánto dinero?
—Todavía no tengo el total. Pero supera los doscientos mil pesos.
Cerré los ojos.
—Dios mío.
—Esto no parece una suplantación individual —continuó Ortega—. Parece que usaron su identidad como perfil de facturación. Metían servicios de otras personas bajo su nombre porque su póliza tenía buena cobertura y pocos reclamos previos.
—O sea que yo era una especie de tarjeta abierta.
—En términos simples, sí.
Apreté el teléfono.
—¿Y Aurora?
—Lo niegan. Dicen que fue un proveedor externo. Pero hay algo que me preocupa.
—¿Qué?
—Cada autorización trae una copia escaneada de su tarjeta del seguro. Frente y reverso. La misma imagen.
La foto que Camila tomó.
La foto que yo permití.
El mundo se volvió chiquito. Cabía entero en esa culpa.
—Necesito que revise el chat de su hija con Aurora —dijo Ortega—. No mañana. Ahora.
Abrí la puerta de mi cuarto. El pasillo estaba oscuro, salvo por una raya de luz bajo la puerta de Camila. Toqué.
—¿Cami?
—¿Sí?
Entré.