Camila corrió detrás.
—Mamá, espera.
Me detuve.
—¿Sí?
—No puedes echarnos.
—Puedo.
—¿A tus nietos también?
Eso sí dolió.
Usar a los niños.
Mi hija había aprendido rápido.
—Tus hijos siempre tendrán un lugar conmigo.
—¿Pero nosotros no?
La miré.
—Eso depende de lo que hagan durante los próximos treinta días.
—
Pensé que sería el final.
No lo fue.
A las diez de la mañana del 26 de diciembre tocaron la puerta de mi departamento.
Era Camila.
Sola.
Sin maquillaje.
Con los ojos hinchados.
La dejé entrar.
Se sentó en mi sillón.
—Santiago está furioso.
—Me imagino.
—Dice que va a demandarte.
—Puede intentarlo.
—Beatriz ya habló con abogados.
—También me imagino.
Camila bajó la cabeza.
—¿De verdad nos vas a correr?
Me serví café.
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Quiero saber algo primero.
Me senté frente a ella.
—¿Por qué me excluiste?
—Ya te dije.
—No. Me diste una explicación elegante. Quiero la verdad.
Camila empezó a llorar.
—Porque Beatriz encontró unos documentos.
—¿Qué documentos?
—Del fideicomiso.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuándo?
—Hace tres meses.
—¿Y?
Camila se secó las lágrimas.
—Descubrió que la casa no estaba completamente a nuestro nombre.
—Eso ya lo sabemos.
—No, mamá.
Me miró.
—Descubrió otra cosa.
Sacó una carpeta de su bolsa.
La reconocí.
Era una copia de documentos notariales.
—¿Qué es esto?
—Beatriz dice que papá escondió algo.
Mi estómago se contrajo.
—¿Qué?
Camila señaló una hoja.
—Hay una segunda fideicomisaria.
No entendí.
—¿Cómo?
—Si tú mueres, la casa no pasa a mí.
Sentí frío en las manos.
—¿A quién pasa?
Camila tragó saliva.
—A una mujer llamada Lucía Montes Salcedo.
Me quedé inmóvil.
—No conozco a nadie con ese nombre.
Camila me observó.
—Yo tampoco.
Pero Salcedo.
El apellido me golpeó.
Mauricio Salcedo.
Me puse de pie.
—¿Beatriz vio esto?
—Sí.
—¿Santiago?
—También.
—¿Por eso me excluyeron?
Camila lloró más fuerte.
—Beatriz dijo que necesitábamos tiempo para averiguar quién era Lucía antes de que tú sospecharas algo.
No podía creerlo.
—¿Me sacaron de Navidad para investigar mi propia herencia?
—Ella dijo que si esa mujer podía quitarnos la casa…
—¿Nos?
—Mamá…
—¿O quitarle la casa a Beatriz?
Camila se quedó callada.
Eso fue respuesta suficiente.
Tomé mi abrigo.
—¿A dónde vas?
—A ver a Mauricio.
—
Cuando entré en el despacho, Mauricio supo inmediatamente que algo estaba mal.
Puse el documento sobre su escritorio.
—¿Quién es Lucía Montes Salcedo?
Su rostro se vació.
No metafóricamente.
Vi cómo se le borraba la expresión.
—¿Dónde conseguiste esto?
—Contesta.
Mauricio se puso de pie.
—Valeria…
—¿Quién es?
Se acercó a la ventana.
Yo sentía el corazón golpeándome el pecho.
—Ricardo me hizo prometer que nunca te lo diría mientras él viviera.
—Ricardo está muerto.
—Lo sé.
—Entonces habla.
Mauricio se volteó.
—Lucía es mi hija.
Esperé.
—¿Y por qué tiene mi apellido?
Él no respondió.
Entonces entendí que la verdadera respuesta venía detrás.
—Mauricio.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque también es hija tuya.
No escuché nada durante varios segundos.
La ciudad desapareció tras los cristales.
—Eso es imposible.
—No.
—Solo tuve una hija.
—No.
—Yo habría sabido si…
Y entonces recordé.
El hospital.
Treinta y cuatro años antes.
Un embarazo difícil.
Un parto prematuro.
Horas de fiebre.
Yo preguntando por mi bebé.
Ricardo diciéndome que nuestra segunda hija no había sobrevivido.
Se me aflojaron las piernas.
Mauricio corrió a sostenerme.
—No me toques.
Se detuvo.
—Mi bebé murió.
—Eso te dijeron.
—¿Quién?
Mauricio lloraba.
—Ricardo.
Sentí que iba a vomitar.
—¿Por qué?
—Porque Lucía nació con una cardiopatía grave. Los médicos dijeron que necesitaría cirugías, tratamientos, años de atención. Ricardo entró en pánico.
—No.
—Yo estaba en el hospital. Él me llamó.
—No.
—Dijo que tú no soportarías perder otro embarazo, que ya estabas débil, que él no podía…
—¡Cállate!
Mi grito rebotó en el despacho.
—¡No hables de mi esposo como si fuera un monstruo!
Mauricio no se movió.
—Ojalá pudiera decirte que no lo fue ese día.
Me tapé la boca.
—¿Qué hicieron?
—Ricardo firmó papeles para que la niña quedara bajo tutela temporal.
—¿De quién?
Mauricio bajó los ojos.
—Mía.
—Tú…
—Yo no podía tener hijos. Mi esposa había muerto dos años antes.
La habitación giró.
—¿Criaste a mi hija?
—Sí.
—¿Durante treinta y cuatro años?
—Sí.
Lo abofeteé.
El golpe sonó seco.
Mauricio ni siquiera levantó la mano.
—Me robaste a mi hija.
—Sí.
—¡Me dejaste enterrarla!
—No hubo entierro.
—¡Había una urna!
—Estaba vacía.
Me doblé.
Caí de rodillas.
Y por primera vez desde que Ricardo murió, deseé poder traerlo de vuelta.
No para abrazarlo.
Para preguntarle cómo se atrevió.
—
Lucía llegó esa misma tarde.
Mauricio la llamó.
Yo le pedí que no dijera quién era yo.
Quería verla antes de convertirme en algo para ella.
Cuando entró, sentí que el aire abandonaba mi cuerpo.
Tenía treinta y cuatro años.
Cabello oscuro.
Lentes redondos.
Una bufanda verde.
Y cargaba tres libros contra el pecho.
Tres.
Como yo hacía siempre.
—Papá, qué onda, ¿qué pasó?
Papá.
La palabra atravesó mi corazón.
Mauricio señaló hacia mí.
—Lucía… ella es Valeria Montes.
Lucía sonrió.
—Claro.
Me ofreció la mano.
—La bibliotecaria.
La miré.
—¿Me conoces?
—Papá habla mucho de usted.
Mauricio cerró los ojos.
Lucía frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Yo no podía hablar.
Ella miró a Mauricio.
—Papá.
Él respiró.
—Lucía, necesito contarte algo.
—No.
Mi voz salió rota.
—Déjame a mí.
Me levanté.
Me acerqué.
—Yo tuve una hija hace treinta y cuatro años.
Lucía dejó de sonreír.
—Me dijeron que murió.
Sus dedos apretaron los libros.
—Valeria…
—Nació con problemas del corazón.
La cara de Lucía cambió.
—Papá.
Mauricio comenzó a llorar.
Ella retrocedió.
—No.
—Lucía…
—No.
Miró hacia mí.
Luego a él.
—No puede ser.
Yo saqué de mi bolsa la pulsera hospitalaria que Mauricio me había entregado hacía unos minutos.
Bebé Montes.
Lucía la miró.
Una vez.
Dos.
Luego se llevó una mano al pecho.
—¿Tú eres…?
Asentí.
—Soy tu madre.
Los libros cayeron al piso.
—
No hubo abrazo inmediato.