—Hay más. Revisé los movimientos de la póliza. Los pagos no salieron directamente de sus cuentas. Primero se hicieron desde una cuenta puente y luego se cargaron a su tarjeta como si fueran renovaciones automáticas.
—¿Quién abrió esa cuenta?
Camila me mostró el nombre.
Fundación Renacer para Adultos Vulnerables.
No conocía la fundación.
Camila tecleó y abrió una página web. Aparecía una fotografía de una residencia blanca, rodeada de árboles.
—La residencia de Querétaro —dijo—. La dirige una mujer llamada Verónica Robles.
El apellido me heló.
—¿Quién es?
—La hermana de Renata.
La habitación se volvió silenciosa.
—Entonces esto no era solo una pelea familiar.
—No. Es un esquema. A los adultos mayores los declaran incapaces, los ingresan a la residencia, venden o hipotecan sus propiedades y cobran seguros. Su hijo y su nuera reciben una comisión.
—¿Cuántas personas?
Camila deslizó varios documentos hacia mí.
Había nombres, edades y domicilios.
Siete personas.
Una de ellas era un hombre de setenta y cuatro años cuya casa en San Pedro Garza García había sido vendida seis meses después de que su hija lo declarara incapaz.
Otra era una mujer de ochenta y un años internada en la misma residencia.
—¿Todos tienen el mismo médico? —pregunté.
—El doctor Esteban Luján.
Recordé el nombre.
—Ese hombre trabajó conmigo.
Camila levantó la mirada.
—¿Está segura?
—Sí. Era residente de neurología cuando yo estaba en el Hospital General. Lo expulsaron por alterar expedientes y administrar sedantes sin autorización.
—¿Y cómo terminó certificando a sus víctimas?
—Probablemente alguien lo ayudó a recuperar su licencia.
Camila abrió la tercera carpeta.
—Aquí está el punto delicado. La persona que puso en marcha todo esto no fue Renata.
Sobre la mesa dejó una fotografía.
Era una mujer de cabello corto, traje beige y ojos fríos.
—Verónica Robles —dijo.
Yo la conocía.
No personalmente, pero sí de la televisión.
Verónica había sido directora de una empresa de seguros médicos y aparecía con frecuencia en eventos de beneficencia. Renata siempre hablaba de ella con una mezcla de admiración y resentimiento.
—¿Por qué querría mi casa?
—Porque su propiedad vale mucho. Y porque su historial financiero la convertía en una víctima ideal.
—¿Y Santiago?
Camila apretó los labios.
—Su hijo aparece como beneficiario, pero no como autor principal.
—¿Qué significa eso?
—Significa que quizá Santiago no sabía todo.
No quise creerle.
Había visto su cara cuando cancelé los pagos. Había escuchado su voz llamarme egoísta.
—Él permitió que me humillaran.
—Eso sí lo sabemos.
Camila colocó la grabadora frente a mí.
—Anoche recibí una llamada anónima. La persona dejó un mensaje.
Presionó un botón.
La voz de Santiago llenó el despacho.
—No sé qué hacer. Mi mamá ya cambió las cerraduras y Renata dice que si ella habla, todos vamos a terminar en la cárcel. Verónica tiene los documentos. Dice que mi mamá está enferma y que nadie le va a creer.
La grabación terminó.
Me quedé inmóvil.
—¿Cuándo dejó ese mensaje?
—Ayer.
—¿Por qué me lo enseñas?
—Porque quiero que escuche algo más.
Reprodujo otro archivo.
—Mamá, soy Santiago. No sé si puedas escuchar esto. No firmes nada. No vayas a la residencia. Renata está diciendo que todo es por tu bien, pero Verónica nos metió en esto. Yo pensé que solo era un seguro para pagar la hipoteca. No sabía que querían declararte incapaz.
Cerré los ojos.
Durante toda mi vida había querido que Santiago fuera bueno.
Tal vez esa era mi debilidad: confundir el deseo con la evidencia.
—¿Dónde está? —pregunté.
—No lo sé. Pero dejó una pista.
Camila sacó un papel arrugado.
—Lo encontró un investigador privado en el buzón de su casa. Es una dirección en Monterrey.
Era un departamento en la colonia Del Valle.
—La casa de Renata está en San Pedro —dije—. Ese departamento es de su hermana.
—Exacto.
Tomamos un vuelo esa misma tarde.
No llamé a Santiago. No le advertimos a Renata. Camila contactó a la fiscalía especializada en delitos patrimoniales y entregó copias de las pruebas. Dos agentes nos acompañaron, aunque permanecieron fuera del edificio.
El departamento estaba en el sexto piso.
Llamamos.
Nadie abrió.
Camila habló con el administrador. Después de mostrarle una orden de inspección, conseguimos entrar.
El lugar parecía abandonado. Había cajas de documentos, computadoras, sellos notariales y expedientes de personas mayores. En la cocina encontramos frascos con medicamentos sedantes.
En una habitación interior escuchamos un golpe.
—¿Santiago? —grité.
No hubo respuesta.
Los agentes forzaron la puerta.
Santiago estaba sentado en el suelo, con las manos atadas y el labio partido.
Cuando me vio, se quedó pálido.
—Mamá…
No me acerqué de inmediato.
—¿Dónde está Renata?
—Se fue con Verónica. Dijeron que iban a la notaría.
—¿Qué notaría?
—A vender tu casa.
Camila revisó el celular de Santiago.
—¿Te obligaron a mandar los mensajes a tus hijos?
Él bajó la cabeza.
—Renata me dijo que si no cooperaba, Verónica enviaría a la policía los estados de cuenta. Hay transferencias que hice de tu dinero. Yo… yo sí tomé dinero, mamá. Pensé que podía devolverlo. Luego llegaron las deudas y ya no pude.
—¿Cuánto?
—No sé.
—Dímelo.
—Cincuenta y nueve mil dólares.
El número me dolió más que una bofetada.
—¿Y los otros veinticinco mil?
Santiago cerró los ojos.
—Renata los mandó a Verónica.
Camila encontró una carpeta sobre la mesa.
Dentro estaba el contrato de compraventa de mi casa. El comprador aparecía como una empresa inmobiliaria propiedad de Verónica. El precio era menos de la mitad del valor real.
La firma de mi nombre ya estaba estampada.
—La audiencia es mañana —dijo Camila—. Si presentamos esto hoy, el juez puede suspender el procedimiento.
—No quiero suspenderlo —respondí—. Quiero que crean que no sabemos nada.
Santiago me miró con desesperación.
—¿Qué vas a hacer?
Entonces lo miré directamente.
—Primero, vas a decirme toda la verdad. Sin excusas. Sin “Renata me obligó”. Sin “solo quería ayudar”. Toda.
Él tragó saliva.
—¿Me hablas de usted? —preguntó.
Me sorprendió la pregunta.