A veces, cuando cuento mi historia, la gente me pregunta en qué momento supe que iba a sobrevivir.
No fue cuando detuvieron a Santiago.
No fue cuando gané la custodia.
No fue cuando descubrí la verdad del fideicomiso.
Fue antes.
Mucho antes.
Fue aquella mañana de lluvia, cuando entré al juzgado con ocho meses de embarazo, mi esposo del brazo de otra mujer y un sobre manila pegado a las costillas.
Fue cuando Renata me miró la panza y quiso hacerme sentir menos.
Fue cuando Santiago me dijo “seamos adultos” como si traicionarme hubiera sido una decisión madura.
Fue cuando puse la mano sobre mi hijo y le susurré:
“Mamá se encarga.”
Y cumplí.