La niña se acomodó entre ellos.

-Sí.

La fotografía salió un poco movida. Nathan estaba riéndose y Lily tenía una migaja pegada en la barbilla.

Grace no pidió repetirla.

Más tarde, cuando los invitados se fueron, abrió la puerta para despedirse de Nathan. Lily apareció a su lado y le extendió la mano.

Esta vez no temblaba.

—Papá, el sábado vamos por mi bicicleta.

Nathan se agachó.

—A las nueve.

La niña lo abrazó y regresó corriendo hacia el pastel.

Grace permaneció en la puerta.

Nathan la miró.

—¿Está bien a las nueve?

Ella sonrió apenas.

—A las nueve.

Cuando cerró, dejó las llaves en el gancho junto al abrigo de Lily.

No porque alguien pudiera quitárselas.

Porque aquella era su casa, y por fin podía decidir cuándo abrir la puerta.