Camila lo abrazó más fuerte, como si alguien acabara de señalar un secreto que vivía dentro de él.

—Camila —dije con cuidado—, mi amor… ¿qué caja morada?

Ella empezó a respirar rápido.

—No —susurró—. No, no, no.

La jueza hizo una señal a la psicóloga.

—No vamos a presionar a la menor.

Pero Camila ya estaba mirando a Santiago.

No con miedo.

Con algo más profundo.

Con decepción.

—Papá sabía —dijo.

La sala entera se congeló.

Santiago se levantó.

—Eso no es cierto.

Camila se tapó los oídos.

—¡Papá sabía!

Fue el primer grito que le escuché desde aquella tarde.

Me dolió como si me arrancaran la piel.

Yo la abracé por los hombros, sin tocarle el gorro.

—Estoy aquí, mi vida. Estoy aquí.

Santiago dio un paso hacia nosotras.

—Camila, escúchame—

La jueza llamó al guardia.

—Señor Alcázar, permanezca en su lugar.

El guardia se colocó junto a él.

Renata estaba blanca. La señora de perlas, la reina de las comidas familiares, la mujer que siempre encontraba la forma de humillar sin ensuciarse las manos, parecía a punto de desmayarse.

—Esa niña está confundida —dijo apenas.

Camila levantó la cara.

Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero esta vez habló con claridad.

—Lidia tenía una caja morada. Abuela la escondió en el cuarto donde no me dejan entrar.

Yo dejé de respirar.

En casa de Renata había un cuarto al fondo del segundo piso. Una habitación cerrada con llave donde guardaban, según ella, “archivos familiares”. Nunca me dejó entrar. Una vez, cuando Camila tenía cinco años, la encontré parada frente a esa puerta, tocando la madera con los dedos.

Le pregunté qué hacía.

Me dijo: “Nada”.

Esa noche tuvo pesadillas.

La jueza solicitó un receso urgente y pidió comunicación con el Ministerio Público. Nos llevaron a una sala contigua. Francine se sentó frente a mí, seria como pocas veces en la vida.

—Valeria —dijo—, esto ya no es sólo lo del cabello.

—¿Qué está pasando?

Mi hermana bajó la voz.

—No lo sé. Pero Santiago y Renata sí.

Camila estaba en un sillón pequeño con miss Daniela. Le dieron agua. No quiso tomarla. Sólo pidió su gorro.

—No me lo quites, mamá —murmuró cuando me acerqué.

—Jamás —le dije—. Nadie te va a quitar nada sin tu permiso.

Ella me miró como si quisiera creerme, pero todavía no supiera cómo.

Veinte minutos después, regresamos a la sala. La jueza había autorizado medidas más estrictas. Se giraría oficio para una visita de verificación al domicilio de Renata. Yo pensé que eso tomaría días.

Me equivoqué.

A las cuatro de la tarde, mientras Camila y yo estábamos en casa de Francine, dos agentes y una trabajadora social llegaron a la residencia de Renata en Lomas con una orden de inspección relacionada con posible ocultamiento de evidencia y riesgo para menor. Yo no fui. No me dejaron. Pero Francine recibió llamadas de colegas, de conocidos, de gente que sabía más de lo que debía.

A las siete, mi celular vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

Decía:

“Yo soy Lidia. No deje que Camila vuelva a esa casa.”

Sentí que el corazón se me salía.

Mostré el mensaje a Francine.

—Contesta —dijo.

Mis dedos apenas atinaban.

“¿Dónde estás?”

La respuesta llegó casi de inmediato.

“Cerca. Me enteré por una amiga del colegio. Creí que la niña ya no se acordaba.”

Mandé:

“¿Qué pasó?”

Tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.

“Renata me corrió porque la encontré haciéndole pruebas a Camila.”

El aire cambió de temperatura.

“¿Qué pruebas?”

La respuesta tardó más.

“Fotos. Medidas. Preguntas sobre lunares. Comparaba a Camila con otra niña.”

No entendí nada.

Francine me arrebató el celular, leyó, y su cara perdió color.

—Pídele que venga.

Lidia llegó a las nueve y cuarto a casa de mi hermana.

Yo no la veía desde hacía cinco años.

Estaba más delgada, con el cabello recogido y ojeras profundas. Cuando vio a Camila dormida en el sillón, se cubrió la boca con una mano. Lloró en silencio.

—Mi niña —susurró.

Algo en mí quiso abrazarla. Algo más, desconfiar de todos.

—Lidia —dije—, necesito la verdad.

Ella asintió.

Nos sentamos en la cocina. Francine puso café, pero nadie lo tocó.

Lidia sacó de su bolsa una memoria USB.

—Me fui porque me amenazaron. Pero no me fui sin nada.

—¿Quién te amenazó?

—La señora Renata. Y el señor Santiago también.

Mi pecho se cerró.

—No.

Lidia me miró con compasión.

Esa compasión me dio rabia.

—La señora Renata me pidió muchas veces que le tomara fotos a Camila. Decía que era para mandárselas a usted o al señor Santiago. Fotos normales: peinados, vestidos, cosas así. Luego empezó a pedir cosas raras. Que si podía verle la nuca. Que si tenía una manchita detrás de la rodilla. Que cuánto medía. Que si se parecía más a usted o a él.

—Era una bebé —dije.

—Sí.

Francine se inclinó hacia adelante.

—¿Comparaba a Camila con quién?

Lidia tragó saliva.

—Con una niña que murió.

El zumbido del refrigerador sonó enorme.

—¿Qué niña? —pregunté.

Lidia miró hacia el pasillo, donde Camila dormía.

—Con la primera hija de Santiago.

Sentí que alguien me daba un golpe en el estómago.

—Santiago no tuvo otra hija.

Lidia bajó la mirada.

—Eso le dijeron a usted.

Me levanté de la silla.

—No. No, no, no. Eso no es posible. Yo conozco a Santiago desde la universidad. Fuimos novios años. Nos casamos. Yo habría sabido.

Francine no habló.

Lidia siguió, despacio, como si cada palabra pudiera explotar.

—Antes de usted, el señor Santiago tuvo una relación con una muchacha de Monterrey. Mariana. Se embarazó. La familia no la aceptó. La señora Renata decía que era una interesada. La niña nació y se llamó Lucía.

—No —susurré.

—Lucía murió a los ocho años.

Ocho.

La misma edad de Camila.

Me apoyé en la barra.

—¿Cómo murió?

Lidia apretó la memoria USB.