—¿Qué voy a hacer?

Lo miré y sentí, por primera vez en mucho tiempo, una compasión que no confundí con perdón.

—Lo que debiste hacer desde el principio —respondí—. Proteger a los niños, aunque la verdad destruya tu vida.

—¿Y tú?

—Yo voy a proteger mi casa. Y a quienes sí quieran estar aquí sin quitarme la libertad.

Santiago asintió.

Afuera, Mateo jugaba con sus hermanos en el jardín. Reía con la espada de plástico en alto, completamente ajeno al secreto que había convertido su vida en un campo minado.

Lo llamé.

—Mateo, ven tantito.

El niño corrió hacia mí.

—¿Qué pasó, abuela?

Lo abracé.

—Nada, corazón. Sólo quería decirte algo.

—¿Qué?

Lo miré a los ojos.

—Pase lo que pase, tú siempre vas a tener un lugar aquí.

Mateo sonrió.

—¿Aunque no venga los fines de semana?

Sentí un nudo en la garganta.

—Aunque vengas cualquier día.

Y entonces comprendí la verdad más importante de todas:

Mis fines de semana nunca le pertenecieron a Renata. Mi casa nunca fue de Santiago. Y mi amor, aunque ellos intentaron convertirlo en una obligación, siempre había sido mío.

Esa tarde, cuando el sol se escondió detrás de los árboles de Lomas de Chapultepec, cambié una vez más las cerraduras.

No porque tuviera miedo.

Sino porque, por fin, yo era la única persona que decidía quién podía entrar.