Entonces la enfermera que había pasado antes se acercó con cautela.
—Señora Alcázar —me dijo a mí—, el doctor Benítez está en su oficina. Me pidió avisarle si usted llegaba.
Mi mamá palideció.
Kevin frunció el ceño.
—¿El doctor Benítez? —pregunté.
Yo conocía ese nombre. Era el especialista de fertilidad que Kevin y yo habíamos consultado años atrás. El mismo que, según Kevin, se había mudado a Guadalajara después de cerrar la clínica.
La enfermera no miró a nadie más.
—Dijo que era urgente.
Mi mamá intentó intervenir.
—Mariana no necesita hablar con él ahora.
La enfermera, muy joven pero con una firmeza preciosa, respondió:
—Con todo respeto, señora, el doctor pidió verla a ella.
Y ahí tomé la decisión.
Salí del elevador, pasé junto a mi mamá, Kevin y Sierra sin tocarlos, y seguí a la enfermera por un pasillo lateral.
Kevin me llamó.
—Mariana, no seas dramática.
No volteé.
Mi mamá gritó, olvidando por primera vez su famosa clase:
—¡Mariana, regresa!
No regresé.
La oficina del doctor Benítez estaba al final del corredor, detrás de una sala privada con cuadros de paisajes de Oaxaca y sillones grises. Él era un hombre de sesenta y tantos, cabello blanco, lentes delgados, manos temblorosas. Cuando me vio, se levantó con dificultad.
—Señora Alcázar.
—¿Qué pasa?
Cerró la puerta detrás de mí. La enfermera se quedó afuera.
El doctor señaló una silla, pero yo no me senté.
—Hace una hora recibí una llamada de la señora Leticia Rivas —dijo—. Su madre. Me pidió desaparecer un archivo viejo del sistema.
Sentí que el piso se inclinaba.
—¿Qué archivo?
El doctor tragó saliva.
—El suyo.
Saqué mi teléfono y le mostré la foto.
—¿Esto?
El hombre cerró los ojos.
—Dios mío.
—Doctor, más le vale hablar claro.
Se quitó los lentes y los limpió con un pañuelo, aunque no estaban sucios.
—Hace cuatro años, durante su segundo ciclo de fertilización, usted y el señor Kevin Márquez firmaron autorización para fecundar varios óvulos. Se lograron tres embriones viables.
—Eso lo sé —dije—. Me dijeron que ninguno prosperó.
El doctor levantó la mirada.
—Eso fue falso.
No respiré.
—¿Qué?
—Uno no fue implantado. Dos quedaron criopreservados. Posteriormente se inició una solicitud de transferencia embrionaria.
—Yo nunca firmé eso.
—Lo sé.
Mis manos se aflojaron.
El celular casi se me cae.
—¿Qué está diciendo?
El doctor abrió un cajón y sacó una carpeta. Era una copia. En la portada estaba mi nombre. ALC-27.
—Hace tres años se presentó una autorización con su firma. En ese momento yo ya no dirigía directamente todos los procesos; había vendido parte de la clínica. La documentación parecía completa. El embrión fue transferido a una gestante.
—¿A Sierra?
El silencio fue respuesta.
Sentí náusea. Me agarré del respaldo de la silla.
—No. No, no, no. Eso no…
—Señora Alcázar, recientemente detecté irregularidades porque una exadministradora fue investigada por falsificación de consentimientos. Revisé expedientes antiguos. Su firma en esa autorización no coincide con su firma original.
Mi mamá.
Kevin.
Sierra.
Los tres.
El doctor continuó, cada palabra más pesada que la anterior.
—El embrión usado tenía material genético suyo y del señor Márquez.
Me quedé inmóvil.
A través de la ventana se veía un pedazo de cielo blanco sobre la ciudad. Afuera seguía la vida: elevadores, pasos, murmullos, bebés llorando.
Pero dentro de mí algo estalló con una fuerza silenciosa.
—¿Está diciendo que ese bebé…?
El doctor no terminó por mí.
—Es biológicamente su hijo, Mariana.
Me tapé la boca.
No salió ningún sonido.
El niño que acababa de nacer. El bebé al que yo llamaba sobrino. El hijo que Kevin presumía como prueba de su infidelidad. El bebé que Sierra sostenía como trofeo.
Era mío.
No como metáfora. No como cariño. No como posibilidad.
Mío.
Mi sangre.
Mi hijo.
Me senté porque las piernas dejaron de responder.
—¿Por qué? —pregunté, aunque no sabía a quién se lo preguntaba—. ¿Por qué harían algo así?
El doctor bajó la voz.
—No puedo conocer sus motivos. Pero hay algo más.
Solté una risa sin alma.
—Claro. Siempre hay algo más.
Abrió otra hoja.
—La solicitud de transferencia vino acompañada de un convenio privado. No registrado legalmente, pero firmado entre su esposo, su hermana y su madre.
—¿Qué convenio?
Me pasó una copia.
Leí con visión borrosa. Al principio no entendí. Luego las palabras se acomodaron como cuchillos.
Sierra actuaría como “gestante familiar voluntaria”. Kevin sería registrado como padre. La identidad genética materna quedaría “reservada” hasta nuevo acuerdo. Leticia Rivas fungiría como testigo y mediadora patrimonial.
Patrimonial.
Ahí estaba el corazón del monstruo.
—Mi herencia —susurré.
Mi papá había muerto cinco años antes. Me dejó acciones, propiedades y un fideicomiso familiar que, por condiciones absurdas de mi abuelo, se consolidaría cuando yo tuviera un hijo biológico o al cumplir cuarenta años. Yo casi no pensaba en eso. No necesitaba el dinero, ya trabajaba, ya tenía mi vida. Pero mi mamá siempre pensó en eso. Siempre.
El doctor asintió despacio.
—No sé detalles financieros, pero el expediente incluye cartas notariales solicitadas por su madre.
Me ardieron los ojos.
No lloré por Kevin. Ni por Sierra. Ni por mi mamá.
Lloré por la versión de mí que pasó años creyendo que su cuerpo había fallado mientras su familia se robaba el único embrión que pudo haberse convertido en su hijo.
—Necesito pruebas —dije.
El doctor empujó la carpeta hacia mí.
—Por eso la llamé. También llamé a un abogado del hospital. Lo que hicieron puede ser delito. Falsificación, fraude, violaciones bioéticas, quizá sustracción de material genético.
—¿Quizá?
—No soy fiscal, señora. Pero sí sé que usted nunca autorizó esto.
Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano.
—¿El bebé está sano?
La pregunta salió de un lugar profundo, inmediato.
El doctor suavizó la mirada.
—Sí. Nació sano. Pesó tres kilos doscientos.
Algo en mí se rompió y se encendió al mismo tiempo.
—Quiero verlo.
—Mariana…
—Quiero ver a mi hijo.