Mi piel se erizó.
—¿Por qué? ¿A dónde va?
—No es a dónde, Valeria. Es con quién.
—Renata, dime ya.
Silencio.
—Está tratando de llegar con alguien.
—¿Con quién?
Su voz bajó tanto que casi no la escuché.
—Con tu abuela.
Me reí. Fue una risa seca, fea, sin humor.
—Mi abuela murió antes de que yo naciera.
Renata respiró como si acabara de romper una promesa.
—Eso fue lo que mamá nos obligó a decir.
En ese instante, Rosales levantó la mirada desde otra pantalla.
—Señorita Montes, la pasajera del sombrero está en la puerta de embarque.
Yo no supe si corrí o si el mundo me empujó.
Rosales caminó rápido conmigo por un pasillo interno, hablando por radio. “Retengan abordaje, puerta A7. Posible suplantación de identidad.” Yo llevaba el teléfono pegado al oído.
—Renata —dije—, no cuelgues.
—Valeria, escúchame. No confíes en mamá.
—¿Qué?
—No vayas a Monterrey.
—¡La comida familiar es allá!
—Exacto.
Nos detuvimos detrás de un cristal que daba a la sala de espera de la puerta A7.
La vi.
Beth estaba de pie junto a una silla de ruedas. Llevaba el sombrero beige, los lentes oscuros, la gabardina. Una bolsa de piel colgaba de su hombro. Parecía tranquila, demasiado tranquila para una mujer que acababa de robar mi identidad.
Y en la silla de ruedas estaba una anciana de cabello blanco, delgada, con una mascada blanca alrededor del cuello.
Algo en su perfil me sacudió.
No era familiar como una cara que recuerdas. Era familiar como una herida que no sabías tener.
La anciana levantó la cabeza.
Me vio a través del cristal.
Y sonrió.
Yo había visto esa sonrisa en una foto escondida dentro de un libro de recetas de mi madre.
Tenía once años cuando encontré ese libro. Buscaba cómo hacer flan para sorprender a mi papá en su cumpleaños. Entre las páginas amarillentas cayó una fotografía vieja: una mujer joven con vestido azul, parada frente a una fuente de cantera. En brazos cargaba a un bebé. Detrás de ella, alguien había escrito: “Consuelo y Elena, 1968.”
Cuando se la enseñé a mi mamá, me arrancó la foto de la mano.
—¿Dónde encontraste esto?
—En tu libro.
Su cara cambió. Se volvió pálida, dura.
—No vuelvas a tocar mis cosas.
—¿Es mi abuela?
Mi madre tardó demasiado en responder.
—Tu abuela murió antes de que nacieras. Esa foto no importa.
Esa noche la escuché discutir con mi papá. Él dijo: “Elena, no puedes borrar a una persona.” Ella contestó: “Yo puedo borrar lo que se me dé la gana si es para proteger a mis hijas.”
Al día siguiente, mi papá se fue a trabajar temprano y nunca volvió igual. Se volvió más callado. Más delgado. Como si también lo hubieran borrado poquito.
Ahora, frente a la puerta A7, la anciana de la silla de ruedas tenía la misma sonrisa de la foto.
—No puede ser —murmuré.
Beth se quitó los lentes. Me encontró con la mirada. Sus ojos no tenían culpa. Tenían prisa.
Rosales habló por radio.
—Impida el abordaje de la pasajera con sombrero beige.
Un empleado de la aerolínea se acercó a Beth. Ella respondió algo, serena. La anciana tomó su mano.
Yo seguía con Renata en el teléfono.
—¿Quién es? —pregunté.
Renata lloró más fuerte.
—Consuelo.
El nombre cayó en mí con una violencia absurda.
—¿Mi abuela?
—Sí.
—¿Por qué nos dijeron que estaba muerta?
—Porque para mamá era más fácil que decir la verdad.
—¿Cuál verdad?
—Que Consuelo no desapareció. La encerraron.
No entendí.
—¿Quién la encerró?
Renata no contestó.
La respuesta se me formó sola, horrible, imposible.
—¿Mamá?
—Mamá y el abuelo.
Sentí que me faltaba aire.
Mi abuelo Arturo había sido el patriarca perfecto de la familia: abogado, elegante, benefactor de museos, hombre de misa dominical y trajes a la medida. Todos hablaban de él como si hubiera inventado la decencia. Murió cuando yo tenía nueve años. Recuerdo a mi madre en el funeral, recta como una estatua, sin derramar una lágrima.
—¿Por qué? —susurré.
Renata bajó la voz.
—Porque Consuelo iba a denunciarlo.
—¿Denunciar qué?
Rosales me tocó el brazo.
—Necesitamos su declaración. Y tenemos que confirmar si usted autorizó a esa persona a viajar con sus documentos.
—No autoricé nada.
Beth, al otro lado del cristal, empezó a discutir con dos agentes. La anciana seguía sentada, inmóvil, mirando hacia mí. De pronto sacó algo de debajo de la manta que cubría sus piernas.
Una libreta negra.
La levantó apenas.
Como si me la estuviera mostrando.
Renata dijo:
—Vale, hay documentos. Consuelo los guardó. Beth fue por ella porque mamá la va a mover otra vez.
—¿Mover de dónde?
—De una clínica privada en Mérida. Nadie podía verla. Nadie sabía que seguía viva. Yo me enteré hace tres meses.
Me apoyé contra la pared.
—¿Y por qué no me dijiste?
—Porque mamá dijo que si tú sabías, iba a destruirte.
—¿Destruirme cómo?
El silencio regresó. Afuera, los pasajeros empezaban a levantarse, confundidos por el retraso. Una niña lloraba. Un hombre reclamaba en el mostrador. El mundo seguía funcionando, necio, mientras el mío se deshacía.
—Renata —dije—, contesta.
—Porque tú no eres hija de quien crees.
La frase no entró al principio. Rebotó.
—¿Qué dijiste?
—Perdóname.
—No. No, no, no. Eso no. No me hagas eso.
—Vale…
—Mi papá era mi papá.
—Él te quiso como nadie.
—¡Era mi papá!
Mi grito hizo que Rosales volteara. Varias personas del pasillo también.
Renata lloraba en silencio. Eso fue peor.
Mi papá, Andrés Montes, había muerto de un infarto hacía cinco años. Yo lo adoraba. Era el único en la familia que me hablaba como si yo fuera una persona y no una pieza del ajedrez de mi madre. Me enseñó a manejar en Reforma los domingos. Me llevaba por esquites cuando mamá decía que “eso no era comida de señoritas”. Me decía: “Vale, no dejes que nadie te haga chiquita.”
Si él no era mi padre, entonces alguien me había robado incluso mis recuerdos.
—¿Quién? —pregunté.