Chapter 1 – The light is too clean

La suite nupcial de la finca Rizzano estaba inundada de luz.
Era una luz limpia, casi insolente, que entraba por los ventanales de suelo a techo y lo dejaba todo al descubierto.
El blanco del mármol, el plata de los grifos y el verde esmeralda de los cortinajes parecían recién pintados.
Rosalía Vega llevaba veinte minutos mirando esa luz y pensando que era demasiado buena para un día que podía acabar mal.
En el centro de la habitación, sentada en un taburete giratorio junto al tocador, estaba Bianca Moretti.
Tenía treinta años, la piel clara, el pelo rubio recogido en ondas perfectas y un vestido de encaje que pesaba más que una armadura.
En el cuello le brillaba un collar de diamantes.
En el dedo,

un anillo tan grande que parecía un insulto para cualquiera que tuviera que trabajar para vivir.
—Este encaje de la manga está rígido como el cartón —se quejó Bianca, sin mirar a nadie.
—Si tengo que subir al altar con la sensación de ir envuelta en una caja, aquí van a rodar cabezas.
—Puedo avisar a la modista para que lo suavice ahora mismo, señorita Moretti —respondió Rosalía.
Estaba de pie junto a la puerta, con el uniforme negro de cuello blanco, el pelo oscuro recogido en un moño y las manos cruzadas delante del delantal.
Tenía veintiocho años y había aprendido a hablar bajito en las casas de los ricos.
—No hace falta.
—Tráeme mis cortadoras eléctricas del bolso de viaje.
Rosalía parpadeó una sola vez.
—¿Sus cortadoras, señorita?
—El peluquero me ha dejado la nuca desigual y no pienso casarme con la nuca desigual.


—En esta casa nadie hace nada bien, así que lo haré yo misma.
—Sí, señorita.
Rosalía cruzó la habitación hacia el bolso de cuero que descansaba sobre el diván.
Mientras abría la cremallera notó un detalle que le heló la sangre bajo la piel.
Entre los frascos, los pañuelos y un neceser de maquillaje, las cortadoras estaban colocadas en el fondo, envueltas en una toalla pequeña.
Eran nuevas.
Todavía conservaban la etiqueta de la tienda colgando del cable.
Nadie lleva a su propia boda una máquina de rapar sin estrenar a menos que piense usarla.
Rosalía sostuvo la toalla un segundo de más.
Después la dobló con cuidado, sacó las cortadoras plateadas y se las llevó a la novia sin cambiar la expresión de la cara.
Aprender a esconder lo que sabía era lo único que le había servido de verdad en los últimos tres años.


Al otro lado del tocador, el gran espejo de marco dorado devolvía la imagen de las dos mujeres.
Rosalía lo miró de reojo, como había hecho toda la mañana.
En la esquina inferior izquierda del marco, casi invisible entre las molduras, parpadeaba una luz roja diminuta.
Se apagaba y se encendía, apenas un latido.
Nadie más en la habitación parecía haberla visto.
Eso era justo lo que se esperaba.
La puerta de roble se entreabrió con un chirrido suave.
Una figura pequeña asomó por el hueco, empujándola con ambas manos.
Livia Rizzano tenía seis años, la piel clara y unos ojos castaños demasiado serios para su edad.
Llevaba un vestido de damita de honor, de tul color marfil con flores bordadas, y unas sandalias beige que le quedaban un poco grandes.


Sobre la sien izquierda, una diadema ancha de raso intentaba esconder algo.
Rosalía sabía exactamente qué.
Una zona pálida y redonda, sin un solo cabello, del tamaño de una moneda de dos euros.
Hacía tres meses que el pelo de Livia se caía a mechones.
Los médicos hablaban de estrés, de duelo tardío, de una alopecia que a veces aparece sin motivo.
Rosalía había dejado de creer en las explicaciones sencillas la noche en que encontró una trenza completa sobre la almohada.
—¿Bianca? —preguntó la niña con una voz muy suave.
—¿Te gusta mi vestido?
—Papá dice que parezco una princesa.
Bianca giró despacio sobre el taburete.
Sus ojos se estrecharon con un desprecio que ya ni siquiera se molestaba en disimular.
Para ella, Livia nunca había sido una niña.
Era un recordatorio vivo de otra mujer, de otra casa, de un pasado que se negaba a desaparecer del todo.
—Pareces un tapete de ganchillo con patas —murmuró entre dientes.
—Señorita Moretti, por favor —susurró Rosalía, dando un paso adelante.
—Es solo una niña.
—Hoy también es un día grande para ella.
—Hoy es mi día —siseó Bianca.
Le arrancó las cortadoras de las manos con tanta fuerza que la cuchilla arañó el dorso de los dedos de Rosalía.
Pulsó el interruptor.
El zumbido llenó la habitación luminosa, agudo y metálico, como un enjambre atrapado.
Bianca no miraba ya su propio reflejo.