La falda de encaje se abrió a su alrededor como una flor blanca aplastada.
Trató de incorporarse, agitando los brazos, resbalando una y otra vez.
La arrogancia había desaparecido de su cara.
En su lugar quedaba el asombro desnudo, la humillación de quien nunca había sido derribada.
Rosalía se levantó de un salto, cogió a Livia en brazos y la llevó hasta la puerta, lejos del centro del cuarto.
—Mírame, mi vida, no mires —le susurraba, tapándole los ojos con la mano.
Tendida en el suelo, jadeando, Bianca levantó un dedo acusador hacia la niña.
—¡Si vuelves a tocar mis cosas, se acabó la boda! —chilló.
Alessandro no dijo nada.
Se quedó mirándola con una frialdad que daba más miedo que cualquier grito.
Después se acercó despacio, se agachó junto a ella y le tomó la mano izquierda.
Con un movimiento limpio, seguro, sin hacerle daño, le sacó el anillo del dedo.
Lo sostuvo un segundo a la luz.
Y lo tiró al suelo, justo delante de su cara.
El diamante rebotó una vez sobre el mármol con un tintineo claro y quedó quieto junto al encaje del vestido.
Solo entonces Alessandro se incorporó.
La miró desde arriba con unos ojos que ya no tenían nada de novio.
—¿La boda? —dijo, despacio, sin levantar la voz.
—¿Qué boda?
Bianca se quedó inmóvil.
Con la boca entreabierta, con los ojos muy abiertos, con el rostro blanco como el vestido.
Y por primera vez en todo el día, nadie supo si lo que sentía era miedo o algo mucho peor.

Capítulo 3 – Doscientos invitados

El silencio que siguió duró lo que tarda una gota en caer de un grifo mal cerrado.
Después, Bianca empezó a reírse.
Era una risa nerviosa, entrecortada, de las que se usan para no echarse a gritar.
—Estás de broma —dijo, apoyándose en los codos sobre la alfombra.
—Tienes que estar de broma, Alessandro.
—Hay doscientos invitados en el jardín.
—Hay un cuarteto de cuerda, hay un sacerdote, hay una revista esperando las fotos.
—Y tú has roto un espejo que vale más que el coche de tu padre.
—Sí —respondió él.
—Lo sé.
Se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacó un pañuelo blanco.
Con él limpió, con una delicadeza extraña, el polvo de cristal que se le había quedado en los dedos.


—Mira el espejo, Bianca.
Ella siguió la dirección de su mirada.
El gran cristal del tocador, hecho trizas desde el centro, mostraba en la esquina inferior izquierda un hueco irregular.
Entre los fragmentos caídos asomaba algo pequeño, redondo, oscuro, con un brillo diminuto en el centro.
Era una lente.
A su lado, una luz roja apagada.
Bianca dejó de reír.
—¿Qué es eso?
—Lo que parece —contestó Alessandro.
—Lleva instalado desde el lunes.
—Todo lo que has dicho y todo lo que has hecho en esta habitación durante tres días ha quedado grabado.
—Incluido lo de hace diez minutos.
La novia tardó en entender.
Cuando lo hizo, el color se le fue de la cara de una manera que Rosalía no había visto nunca en nadie.
—Eso no es legal —murmuró.


—Eso es… no puedes… es mi intimidad.
—Es mi casa —dijo Alessandro, sin alzar la voz.
—Y la mujer que te ayudó a prepararlo todo está aquí mismo.
No la miró.
No hizo falta.
Bianca giró la cabeza lentamente hacia Rosalía, que seguía junto a la puerta con Livia en brazos, y por fin la vio de verdad.
No vio a la criada de cuello blanco que llevaba semanas recogiendo sus pañuelos.
Vio a una mujer de pie, serena, con la barbilla alta y unos ojos oscuros que no pedían permiso a nadie.
—Tú —susurró Bianca.
—Tú siempre estabas por ahí.
—Siempre limpiando lo mismo.
—Le pareció que no merecía la pena el esfuerzo de acordarse de mi cara —dijo Rosalía en voz baja—.
—A la gente como usted nunca se lo parece.


En el pasillo, unos pasos pesados se acercaron con un ritmo que no tenía nada de festivo.
Dos hombres de traje gris aparecieron en el umbral.
No eran invitados.
Ninguno llevaba flor en la solapa ni copa en la mano.
El más veterano, de unos cincuenta años, bigote cano y mirada cansada, asintió una sola vez hacia Alessandro.
—Inspector Ramos —dijo Alessandro—.
—Llega usted justo a tiempo.
—No siempre se puede decir eso —respondió el inspector, y miró a Bianca como se mira un expediente que ya se ha leído entero.
—Señorita Moretti, necesito que se levante con calma y que no toque nada más.
—¿Esto qué es? —gritó ella, intentando ponerse en pie y enredándose otra vez en el vestido.
—¿Una detención? ¿En el día de mi boda?
—No hay boda, señorita —dijo el inspector—.
—Nunca la hubo.
El jardín, al fondo, seguía lleno de música.
Desde la ventana se oía el cuarteto de cuerda afinando una melodía alegre y las risas de los invitados, que esperaban con la copa en alto a que se abrieran las puertas.
Nadie allí abajo sabía todavía que la novia estaba en el suelo y el novio había cambiado de bando.
Alessandro se acercó a Rosalía y a la niña.
Se arrodilló delante de su hija con tanta suavidad que parecía otro hombre.
Livia lloraba en silencio, con la mejilla pegada al cuello de Rosalía, y le temblaba la mitad pelada de la cabeza.
—Mírame, cariño —le pidió él.
—Lo siento.
—Lo siento muchísimo.
—Llegué tarde.
—El pelo me va a crecer —murmuró la niña, con un hipo—.
—Rosalía me lo ha dicho.
—Rosalía tiene razón.
—Ha dicho que me va a crecer más fuerte.
—Y que la señora ya no va a hacerme más cosas.
Alessandro levantó la vista.
Sus ojos se cruzaron con los de Rosalía durante un instante.
Hubo algo en ese cruce que no era de patrón ni de empleada.
Era un pacto antiguo, una deuda compartida, un dolor con dos mitades.
—Llévala a la habitación del fondo —le pidió—.
—Que Inés la revise.
—Y tú, Rosalía… quédate con ella hasta que yo vuelva.
—Dime una cosa, Alessandro —interrumpió Bianca desde el suelo, con la voz convertida en un hilo de rabia—.
—¿Qué es lo que crees que sabes?
—Porque si piensas que unas cortadoras y una niña con mal carácter…
—Hace tres meses que le falta pelo a mi hija, Bianca.