Miraba el pelo de Livia, esa melena castaña que, a pesar de todo, todavía caía en rizos largos hasta la mitad de la espalda.
Algo se movió detrás de sus ojos, algo frío y calculado.
No era un capricho.
Rosalía lo supo en ese preciso instante, con una certeza que le subió por la espalda como una corriente helada.
Aquello estaba pensado desde hacía días.
—Ven aquí, Livia —dijo Bianca, con una dulzura falsa que erizaba la piel.
—Deja que arregle ese pelo tan ridículo que tienes.
En el espejo, la lucecita roja parpadeó una vez más.
Y Rosalía, con el corazón desbocado, entendió que el reloj de aquel día acababa de empezar a correr.

Capítulo 2 – Media cabeza

El zumbido creció mientras Bianca se levantaba del taburete.
La seda pesada de su vestido arrastró sobre el mármol con un susurro de serpiente.


La luz de cine iluminó la sonrisa que se le abría en la cara, una sonrisa de dientes perfectos y ojos vacíos.
—Por favor, señorita Moretti —suplicó Rosalía, y la voz le tembló aunque se puso delante de la niña.
—El señor Rizzano pidió expresamente que no se tocara el pelo de Livia.
—El peluquero ha tardado una hora en esos rizos.
—No me importa lo que haya hecho el peluquero, y menos aún me importa lo que opine una criada —escupió Bianca.
—Apártate o haré que Alessandro te despida antes de que empiece la ceremonia.
—No puedo permitirlo —dijo Rosalía.
Le temblaba todo el cuerpo, pero no se movió.
Cubría a Livia con su propio delantal, como si la tela pudiera detener una cuchilla.
—¡Maldita insolente! —gritó Bianca.
Empujó a Rosalía con el hombro,

con una violencia seca.
La criada tropezó, sus zapatos planos resbalaron sobre el mármol pulido y estuvo a punto de caer.
Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, Bianca estiró el brazo y agarró a Livia por el antebrazo.
La arrastró hacia sí.
—¡Suéltame! —gritó la niña.
—¡Me haces daño!
—¡Quieta!
Y entonces ocurrió.
Sin la más mínima duda, sin un segundo de vacilación, Bianca hundió las cortadoras en el costado derecho de la cabeza de Livia.
El zumbido mordió los rizos perfectos.
Un mechón largo, grueso, de un castaño cálido, cayó al suelo describiendo un arco lento en el aire luminoso.
Aterrizó sobre el mármol blanco como una herida abierta.
Livia chilló.
Fue un grito de pánico puro, el de un animal pequeño cuando el mundo se le rompe de golpe.


Se retorció, tiró del brazo con todas sus fuerzas y consiguió soltarse.
Retrocedió dando traspiés hasta chocar contra las piernas de Rosalía.
Ya tenía la mitad de la cabeza al descubierto.
La piel de debajo era pálida y fina, y se le veían, con una claridad cruel, las marcas rojas del aparato.
Rosalía la envolvió con los brazos, se dejó caer de rodillas en la alfombra crema y apretó la cara de la niña contra su pecho.
—Eres un monstruo —dijo, con lágrimas que no pudo contener.
—Eres un monstruo.
Bianca se quedó de pie sobre ellas, con la máquina aún zumbando en la mano.
Miró el mechón caído.
Después echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada larga y hueca.
—Tranquila, mujer —dijo, agitando la cortadora con desdén.


—Les corto el pelo a mis perros con frecuencia.
—Les vuelve a crecer.
—¡Mi pelo! —sollozaba Livia, hundiendo la cara en el hombro de Rosalía.
—¡Se ha llevado mi pelo!
Fue entonces cuando Rosalía miró de nuevo hacia el espejo.
Y vio algo que le cortó la respiración.
La luz roja se había apagado.
Había dejado de parpadear.
En su lugar, en el reflejo del cristal, la puerta del fondo del pasillo se había abierto de par en par.
Una figura alta, ancha de hombros, vestida de negro, ocupaba todo el marco.
Alessandro Rizzano tenía treinta y seis años, el pelo oscuro peinado hacia atrás, una barba recortada y unos tatuajes que le asomaban por el cuello de la camisa abierta.
Llevaba un traje cruzado impecable, elegido para el día más feliz de su vida.
Su rostro, en cambio, no tenía nada de feliz.
Vio a su hija.
Vio la mitad de su cabeza pelada.
Vio la máquina en la mano de la novia.
Durante un instante, solo uno, el mundo pareció quedarse sin aire.
—¡Papá! —gritó Livia, con la voz rota.
—¡Papá, papá!
Alessandro cruzó la habitación en tres zancadas.
Bianca apenas tuvo tiempo de girarse.
Le arrebató la cortadora de la mano con un tirón tan brusco que a ella se le escapó un quejido.
No la miró a los ojos.
Armó el brazo y lanzó la máquina con toda su rabia contra el espejo del tocador.
El impacto fue brutal.
El cristal estalló en un estruendo seco y largo, y desde el punto del golpe una telaraña de grietas se abrió por toda la superficie.
Una lluvia de reflejos rotos tembló en el aire.
Bianca dio un paso atrás, con la sonrisa por fin borrada.
—Alessandro, escúchame, ha sido un juego, la niña se movía…
No terminó la frase.
Alessandro pateó la silla tapizada del tocador con una fuerza que hizo crujir la madera.
La silla salió disparada sobre la alfombra, deslizándose como un trineo, directa hacia las piernas de la novia.
Se detuvo a un palmo de ella.
Pero el movimiento bastó.
Bianca retrocedió con un grito corto, el tacón se le enredó en el bajo enorme de su vestido y cayó de espaldas sobre la alfombra.