Antes de las 8 de la mañana, Verónica Salgado había puesto la única maleta de su suegra junto a la puerta y le había dicho que una mujer sin dinero ya no tenía derecho a seguir viviendo en aquella casa.
—Ya no tienes nada, Teresa. Nosotros tampoco podemos mantenerte para siempre. Busca dónde quedarte.
Teresa Mendoza no miró primero a su nuera. Miró a Julián, su único hijo.
Él tenía 35 años, una camisa de oficina perfectamente planchada y la misma costumbre que había tenido de niño cuando hacía algo malo: bajar los ojos y esperar que el problema desapareciera solo.
—¿Tú también quieres que me vaya? —preguntó Teresa.
Julián tardó demasiado en responder.
—Creo que sería mejor para todos, mamá. Verónica y yo necesitamos nuestro espacio.
Aquellas palabras le dolieron más que la maleta.
18 meses antes, Teresa había ganado 312 millones de pesos en un sorteo nacional. Después de impuestos y asesoría financiera, había quedado con una fortuna suficiente para no volver a preocuparse por el dinero. No permitió entrevistas, rechazó aparecer en televisión y siguió usando el mismo bolso de cuero que tenía desde hacía 7 años.
Julián y Verónica, en cambio, comenzaron a imaginar una vida distinta desde la primera semana.
Verónica habló de camionetas nuevas, vacaciones en Europa y una casa en Valle de Bravo. Julián mencionó inversiones, negocios y colegios privados para los hijos que todavía no tenían.
Teresa no les entregó millones en efectivo, pero pagó las deudas médicas que Julián arrastraba desde una operación complicada y compró una residencia de 5 recámaras en una zona exclusiva de Querétaro.
La casa costó casi 23 millones de pesos.
Tenía jardín, terraza, cocina de mármol, estudio, cochera para 3 autos y un cuarto en planta baja que Teresa eligió para ella.
Julián comenzó a llamarla “nuestra casa”.
Verónica tardó menos de 1 mes en llamarla “mi casa”.
Teresa nunca los corrigió.
Hasta que una tarde Verónica encontró sobre el escritorio un estado de cuenta de Teresa. El saldo visible era de apenas 168,000 pesos.
No preguntó por las inversiones.
No preguntó por los departamentos que Teresa había comprado para rentar.
No preguntó por los fideicomisos.
Simplemente decidió que su suegra había perdido la fortuna.
Julián fue un poco más cuidadoso.
—Mamá, dime la verdad. ¿Todavía tienes dinero guardado?
—Tengo exactamente lo que necesito.
—¿Cuánto?
—Todo está donde debe estar.
Julián interpretó la respuesta como una confesión de ruina.
7 días después, la maleta apareció junto a la puerta.
Verónica la empujó con la punta de su zapatilla.
—No es personal, Teresa. Pero nosotros queremos formar una familia. No podemos empezar nuestra vida cargando con otra adulta.
Sobre una consola cercana había un folleto de una casa en Valle de Bravo valorada en 41 millones de pesos. Alguien había rodeado la fotografía con plumón rojo.
Teresa entendió entonces que no solo querían echarla.
Querían usar aquella casa como escalón para conseguir otra.
Tomó su maleta azul.
—Tienes razón, Verónica.
La joven sonrió.
—Me alegra que lo entiendas.
—Ya es hora de que me vaya.
Julián levantó finalmente la mirada, quizá esperando lágrimas, reproches o una súplica.
Teresa no hizo ninguna de las 3 cosas.
Caminó hacia la puerta.
—Deja la llave —ordenó Verónica.
Teresa sacó el llavero y lo colocó sobre el mueble de la entrada.
—Muy pronto esa llave tampoco les servirá a ustedes.
Verónica frunció el ceño.
Teresa salió.
Al otro lado de la calle esperaba un automóvil gris. Dentro estaba la licenciada Mariana Ríos, abogada de Teresa desde que había cobrado el premio.
La noche anterior, una cámara del pasillo había grabado a Verónica entrando al cuarto de Teresa, sacando su ropa de los cajones y metiéndola en la maleta.
Mariana había visto el video.
Y también había visto algo mucho más grave.
Cuando Teresa se sentó en el auto, respiró lentamente.
Detrás de ellas, dentro de la casa, comenzó a sonar el teléfono de Julián.
La llamada provenía de una notaría.
Mariana encendió el motor y miró a Teresa.
—Ya descubrieron el documento falso.
Teresa giró hacia la ventana.
—Entonces ahora sí empieza todo.
Parte 2