Der Schall hallte wie ein Pistolenschuss durch die unter Druck stehende Kabine.

Victorias offene Handfläche traf Elena mitten auf die rechte Wange.

Die Wucht des Aufpralls riss Elenas Kopf nach links. In der Kabine herrschte gespenstische Stille. Das Champagnerglas in der Hand des Mannes in Reihe drei erstarrte halb an seinem Mund. Die Frau mit dem Handy stieß einen lauten Schrei aus, ihr Bildschirm zitterte, als sie die rote Schwellung auf Elena Carters dunklem, königlichem Wangenknochen festhielt.

Elena schrie nicht auf. Sie hob nicht panisch die Hände. Sie duckte sich nicht weg.

Langsam und bedächtig wandte Elena den Kopf wieder Victoria zu. Ihre haselnussbraunen Augen waren nicht länger nur ruhig. Sie waren kalt. Eisig wie die Stratosphäre 10.600 Meter über den Wolken. Eine eisige Stille ging von ihr aus.

Victoria erstarrte einen Augenblick lang, ihre Hand brannte vom Aufprall. Ein kurzer Schock huschte über ihr Gesicht – selbst sie wusste, dass ein Schlag gegen einen Fahrgast eine unverzeihliche Grenze überschritten hatte –, doch die Panik schlug schnell in defensive, wilde Aggression um.

„Sie haben mich angegriffen!“, schrie Victoria, umfasste ihr Handgelenk und wich rückwärts in Richtung der vorderen Bordküche zurück. „Ihr habt es doch alle gesehen! Sie hat mich gepackt! Sie hat ein Besatzungsmitglied angegriffen!“

Elena stand auf.

Sie war 1,78 Meter groß und besaß eine natürliche Anmut, die den Mittelgang augenblicklich verkleinerte. Sie griff in ihren Blazer, zog ein kleines, makelloses Leinentaschentuch heraus und berührte sanft den Mundwinkel, wo sich ein winziger Blutstropfen gebildet hatte.

“I touched the handle of my own bag,” Elena stated, her tone flat, terrifyingly clear. “You have physically assaulted a passenger aboard this flight. Victoria Vance, you will stay right where you are.”

—¡Seguridad! ¡Alerta roja en primera clase! —gritó Victoria por el intercomunicador de la cocina, volviéndolo a colocar de golpe en su base magnética. Se giró hacia la puerta de la cabina de mando y golpeó con furia la barrera blindada reforzada. —¡Marcus! ¡Abre la puerta! ¡Marcus, tenemos una pasajera violenta! ¡Me ha pegado! ¡Abre la maldita puerta!

Desde las filas de atrás, los susurros se convirtieron en un rugido de ansiedad.

“¿Acaba de golpearla?”

“¡Hermano, le dio una bofetada en la cara!”

“¡La azafata la golpeó primero, yo lo vi!”

“Lo grabé todo en vídeo. Todo. Desde el momento en que pidió agua.”

Victoria se giró bruscamente, con los ojos desorbitados, señalando con un dedo bien cuidado a toda la cabina de Primera Clase. «¡Cállense! ¡Todos ustedes, siéntense y cállense! ¡Cualquiera que toque su teléfono será detenido como cómplice de una amenaza terrorista federal! ¿Me oyen? ¡Guarden esos teléfonos!»

Nadie guardó su teléfono. De hecho, tres pasajeros más levantaron el suyo.

Un leve tintineo resonó en la cabina delantera. El cerrojo blindado de la puerta de la cabina se abrió con un fuerte golpe mecánico.

Victoria activó al instante su modo teatral. Cayó de rodillas cerca de la entrada de la cabina, agarrándose el pecho, con lágrimas fingidas en los ojos y el labio inferior temblando como si acabara de sobrevivir a un secuestro a mano armada.

—¡Marcus! —gritó, mirando hacia la puerta de la cabina que se abría—. ¡Ayúdame! ¡Se volvió loca! ¡Me atacó porque le pedí su billete! ¡Casi me rompe el brazo!

La puerta de la cabina se abrió de par en par.

El capitán Marcus Reynolds entró en la cocina. Era un aviador veterano de unos cincuenta y tantos años, con el pelo canoso, cuatro franjas doradas que brillaban en las charreteras de su impecable camisa blanca y el pecho adornado con cintas de vuelo militares de su época en la Marina. Detrás de él, el primer oficial se asomó, con los ojos muy abiertos por la alarma ante el alboroto.

Marcus miró a Victoria, que estaba postrada en el suelo señalando histéricamente hacia el asiento 2A.

—¡Está ahí mismo, Marcus! —sollozó Victoria, señalando directamente a Elena—. ¡Arréstenla! ¡Llamen a los agentes de tierra! ¡Saquen a esa bestia de mi avión!

El capitán Marcus Reynolds desvió la mirada de Victoria hacia la mujer que estaba de pie en el pasillo de Primera Clase.

Sus ojos se posaron en el rostro de Elena Carter.

Vio el blazer oscuro. Vio la postura tranquila e inquebrantable. Y entonces sus ojos se fijaron en la brillante e hinchada huella de mano roja que marcaba la mejilla derecha de Elena.