## Parte 1: El maquillaje roto

La caja de maquillaje cayó a los pies de Lucía con tanta fuerza que el espejo se hizo pedazos. Una esquirla quedó junto a su pie descalzo, pero ella no se agachó a recogerla.

—Tápate eso y sonríe —ordenó Beatriz Alcántara, señalándole el rostro—. Mateo regresa hoy. No vas a recibir a mi hijo pareciendo una mujer golpeada.

Lucía tenía la ceja izquierda abierta, el labio hinchado y una marca oscura en el brazo. Bajo la manga de su blusa había otras que todavía le dolían cuando intentaba levantar la mano.

A su lado, Renata acomodó el grueso brazalete dorado que una hora antes había golpeado contra su frente.

—Y cámbiate esa blusa. Parece que lo haces a propósito.

Lucía miró la puerta de la sala. Después, el antiguo reloj de madera sobre la repisa. Seguía funcionando.

El péndulo se movía detrás del cristal.

Durante seis días, aquel sonido había sido la única cosa en la casa que no obedecía a Beatriz.

Todo había empezado cuando Mateo viajó a Bogotá para cerrar un acuerdo de distribución para Laboratorios Alcántara. Su madre llegó esa misma mañana con una maleta y una olla de caldo, diciendo que no quería dejar sola a su nuera.

Renata apareció por la tarde.

La primera noche cenaron juntas. Beatriz preguntó por el viaje de Mateo, por los clientes colombianos, por las reuniones del consejo. Lucía contestó con prudencia. Desde que había encontrado diferencias en las cuentas del programa de clínicas comunitarias, cualquier conversación con su suegra parecía contener una pregunta escondida.

Al día siguiente desapareció su celular.

—Debe de estar entre tus papeles —dijo Renata.

Luego desaparecieron las llaves del automóvil. Cuando Lucía intentó salir a buscarlas en la cochera, descubrió que el código del portón había cambiado.

Beatriz le explicó que habían tenido problemas con el mecanismo.

Lucía llamó desde el teléfono de la cocina. La línea no funcionaba.

Entonces dejó de creer en las coincidencias.

La carpeta apareció esa tarde sobre la mesa del comedor: una cesión de acciones a favor de Renata, acompañada de una carta de renuncia a sus funciones dentro de la empresa.

—Es una reorganización familiar —dijo Beatriz—. No hagas algo desagradable de un trámite.

Lucía no tocó la pluma.

Sus acciones no habían sido un regalo de boda. Mateo se las había cedido después de que ella rescatara la plataforma de distribución de la compañía, cuando las sucursales duplicaban pedidos, perdían inventario y pagaban facturas que nadie podía relacionar con una entrega.

Había pasado meses reconstruyendo el sistema. Dormía con la computadora sobre las piernas y despertaba pensando en rutas, lotes y fechas de caducidad. Había aprendido a distinguir un error de captura de una alteración deliberada.

Cuando el proyecto empezó a funcionar, Mateo firmó la cesión ante los asesores de la empresa.

—Esto también lo levantaste tú —le había dicho.

Lucía había guardado una copia en una carpeta azul.

Beatriz nunca se lo perdonó.

—Renata nació Alcántara —insistió ahora—. Tú llegaste después.

—Y trabajé después de que ustedes se fueran a dormir.

Renata le dio el primer golpe antes de que pudiera apartarse.

No fue una explosión que terminara enseguida. Durante los días siguientes hubo empujones, amenazas y momentos de calma que Beatriz utilizaba para ofrecerle café y volver a colocar la carpeta frente a ella.

Lucía aprendió a calcular distancias. La puerta trasera tenía una llave nueva. Las ventanas que daban a la calle estaban cerradas con seguros. Si intentaba acercarse al portón, Renata se interponía.

Una vez gritó al escuchar al jardinero.

Beatriz salió primero y le dijo que su nuera tenía migraña, que cualquier ruido le hacía daño. Después canceló el servicio de la semana.

Lucía había pensado muchas veces en correr cuando alguna de ellas abriera la puerta. Pero casi siempre una permanecía a su lado. La mañana anterior lo intentó; Renata la sujetó de la blusa y la arrojó contra el borde del aparador.

Desde entonces le dolía respirar hondo.

Lo único que ellas no controlaban era el reloj.

Meses antes habían desaparecido documentos del despacho familiar. Lucía había instalado un respaldo de seguridad independiente: un pequeño sensor bajo la esfera, conectado a una cámara discreta, con almacenamiento fuera de la casa y una batería auxiliar.

El sistema había sido configurado para conservar los registros incluso si alguien desconectaba las cámaras visibles.

Lucía no podía acceder al servidor sin su computadora y su teléfono. Tampoco sabía si la conexión seguía activa. Pero una diminuta luz, oculta detrás del péndulo, le había confirmado cada noche que el equipo continuaba grabando.

Eso no la protegía de otro golpe.

Solo significaba que, si conseguía salir, no tendría que empezar desde una palabra contra dos.

—Firma —ordenó Renata.

Lucía se limpió con el dorso de la mano la sangre seca junto al labio.

-No.

Renata sonrió de una manera que le produjo más miedo que sus gritos.

—Ya firmaste.

Sacó una hoja de la carpeta.

La firma se parecía a la suya. La inclinación era correcta; también el trazo de la primera letra. Pero la última curva tenía un movimiento que Lucía nunca hacía.

Beatriz acercó una silla y se sentó.

—Mañana constará que cediste voluntariamente tus derechos y que después sufriste una crisis emocional. Mateo creerá que te fuiste porque necesitabas tratamiento.

Lucía sintió frío en la espalda.

Ahora entendía por qué le habían preguntado por la psicóloga a la que había acudido después de perder a su padre. Por qué Renata había revisado el cajón donde guardaba documentos personales.

Estaban construyendo una explicación para borrarla.

—Él no va a creer eso.

Beatriz inclinó la cabeza.

—Yo conozco a mi hijo.

Lucía también lo conocía. Conocía al hombre que le llevaba comida al despacho cuando trabajaba hasta tarde y al que podía pasar una hora explicándole cómo mejorar un contrato. También conocía al esposo que, meses antes, había escuchado su denuncia sobre movimientos extraños y había terminado abrazando a su madre.

Beatriz lloró aquel día. Renata se declaró humillada.