Lucía había pedido conservarlo.
Un técnico retiró el equipo de grabación una vez que se preservaron los registros necesarios. Revisó el mecanismo y dejó el péndulo funcionando.
El reloj ocupó una repisa junto a una planta.
Ya no vigilaba a nadie.
Una mañana, Elena entró con un informe y encontró a Lucía frente al espejo pequeño que tenía en un cajón.
—La reunión empieza en diez minutos.
Lucía sostenía una brocha de maquillaje.
Durante un instante recordó el espejo roto en el piso y la voz de Beatriz diciéndole que sonriera. Recordó también la puerta, el sonido del seguro y su propia voz pidiendo que la abrieran.
Dejó la brocha.
Se miró sin buscar qué debía esconder.
—Voy enseguida.
Elena salió y dejó la puerta abierta.
Lucía guardó el espejo, tomó la carpeta y pasó junto al reloj. El péndulo siguió moviéndose, marcando una mañana común, con trabajo pendiente y decisiones que le pertenecían.
Al llegar a la sala, encontró su lugar preparado.
No sonrió porque alguien se lo ordenara.
Sonrió al reconocerlo.