—Te di la clave de la cuenta conjunta.

—Y tú sabías que yo estaba usando la tarjeta.

Santiago abrió los ojos, desconcertado.

—Me dijiste que eran gastos de trabajo.

—¡Eran gastos de trabajo!

—¿Un bolso de ochenta mil pesos es trabajo?

Renata soltó una risa corta, sin humor.

—Si vas a administrar casas de lujo, tienes que verte como alguien que puede pagarlas.

Yo pasé las páginas del estado de cuenta. Los cargos no eran solo de Renata. Había depósitos mensuales a una empresa llamada Casa Norte Consultores, S.A. de C.V. La razón social no me decía nada, pero el beneficiario final sí: Renata Salgado.

—¿Qué es Casa Norte? —pregunté.

Ella cruzó los brazos.

—Mi empresa.

—La empresa que iba a necesitar diez mil dólares.

—La misma.

—¿Y por qué ya recibió dinero de mi cuenta?

Renata me sostuvo la mirada.

—Porque usted no entiende cómo funcionan los negocios.

Ahí fue cuando me reí. No porque fuera gracioso, sino porque la frase me recordó a mi marido.

Durante cuarenta y un años, Julián Del Río había dicho algo parecido cada vez que quería convencerme de firmar un documento que no había leído. “No te preocupes, Vale. Yo entiendo cómo funcionan estas cosas”.

Julián llevaba muerto tres años.

Y Renata llevaba exactamente tres años viviendo bajo mi techo.

—Quiero que se vayan hoy —dije.

Santiago levantó la cabeza.

—Mamá…

—No, Santiago. Hoy.

—No tenemos a dónde ir.

—Eso dejó de ser mi problema cuando ustedes decidieron convertirme en su cajero automático.

Renata se acercó a la barra y apoyó las manos sobre la cantera.

—Usted no puede corrernos así nada más.

—La casa es mía.

—¿Está segura?

El aire cambió.

No fue una amenaza abierta. Fue peor. Fue la seguridad de alguien que sabía algo que yo ignoraba.

—¿Qué quiere decir?

Renata miró a Santiago, pero él parecía igual de confundido.

—Que quizá la casa no sea tan suya como cree.

Tomé el folder brillante y lo abrí de nuevo. Entre las gráficas de colores encontré una hoja doblada. Era una copia de un documento notarial.

Reconocí el sello.

No reconocí la firma.

Mi nombre aparecía en la parte inferior, junto al de Julián.

Cesión de derechos sobre el inmueble ubicado en Polanco a favor de un fideicomiso familiar.

Leí el documento dos veces.

Luego una tercera.

—Esto es falso.

—No lo es —respondió Renata.

—Yo nunca firmé esto.

—Su esposo sí.

—Julián no podía ceder una propiedad sin mi autorización.

—La autorización está ahí.

Señaló mi firma.

Era idéntica.

Cada curva de la V. Cada temblor diminuto al final de mi apellido. Hasta la mancha de tinta que yo hacía cuando escribía demasiado rápido.

Pero no era mi firma.

Santiago le arrebató el documento.

—¿Qué es esto?

—Lo que tu madre necesita saber.

—¿Por qué lo tienes tú?

Renata no contestó.

Yo sí sabía dónde estaba el original de mi firma verdadera. En el archivo azul del estudio, junto a las escrituras y el testamento. Caminé hasta allá sin decir nada. Saqué la carpeta, revisé el contenido y sentí que el piso se inclinaba.

Las escrituras originales ya no estaban.

Tampoco el testamento.

Solo quedaba una hoja arrancada y la marca rectangular de donde habían estado guardados.

Santiago se quedó en la puerta del estudio.

—Mamá, yo no sabía nada de eso.

Lo miré. Quise creerle. Quise encontrar en su cara al niño que se quedaba dormido en mi hombro durante las tormentas.

Pero recordé todas las veces que había evitado mis preguntas. Todas las veces que había dicho “Renata sabe de esos temas”. Todos los fines de semana en que los dos salían con ropa nueva y regresaban con bolsas que nunca podían explicar.

—¿Cuándo viste esos papeles? —pregunté.

—Nunca.

Renata bajó la voz.

—Julián dejó instrucciones.

—Mi esposo está muerto.

—Precisamente.

Ella metió la mano en su bolsa y sacó un sobre amarillo.

El sello de la notaría estaba roto.

—Encontré esto entre las cosas de Santiago.

Mi hijo frunció el ceño.

—Eso no es mío.

—Lo recibiste hace dos años.

—No.

Renata me entregó el sobre.

Adentro había una carta escrita a máquina.

“Valeria: si estás leyendo esto, es porque ya no puedo protegerte personalmente. La casa debe mantenerse dentro de la familia. Santiago conoce el acuerdo. Confía en él.”

La firma era de Julián.

El mundo se me quedó sin sonido.

—¿Tú conocías esto? —le pregunté a Santiago.

Él tomó la carta y la leyó con las manos temblorosas.

—No, mamá. Te juro que no.

—¿Nunca hablaste con tu papá sobre la casa?

—Sí, pero… no de esto.

Renata intervino:

—Él te lo ocultó porque sabía que ibas a gastarte todo. Por eso me pidió que yo administrara las cosas.

—¿Quién te pidió?

—Julián.

La miré fijamente.

—Tú conociste a mi esposo antes de casarte con Santiago.

No fue una pregunta.

Durante un segundo, Renata pareció perder el equilibrio.

Santiago volteó hacia ella.

—¿Qué?

Renata apretó la mandíbula.

—Lo conocí una vez.

—¿Una vez?

—En una reunión de negocios.

—¿Qué negocios?

Ella se quedó callada.

Y en ese silencio apareció la primera grieta real de su historia.

Llamé a mi abogada, la licenciada Patricia Mena, sin usar el celular. Su oficina estaba a seis calles de mi casa. Contestó al segundo timbrazo porque, años atrás, le había pedido que nunca dejara mis llamadas sin respuesta.

—Patricia, necesito que venga. Es urgente.

—¿Está usted en peligro?

Miré a Renata.

—Todavía no lo sé.

—Voy para allá.

Renata soltó una carcajada nerviosa.

—Claro. Llame a su abogada. Llame a la policía. Haga un escándalo. Pero cuando revisen el registro de la propiedad, usted va a descubrir que ya no es la dueña.

—Si fuera cierto, ¿por qué sigues aquí?

Su expresión cambió.

—Porque somos familia.

—No. Porque necesitas que yo siga viva y lúcida para firmar algo más.

Santiago palideció.

Renata lo miró con furia.

—Tu mamá está paranoica.

—Mi mamá no está paranoica —dijo él.

Fue la primera vez que lo escuché enfrentarse a ella.