Renata avanzó hacia él.
—Después de todo lo que he hecho por ti…
—¿Qué has hecho por mí?
—Te di una vida.
—Me diste deudas.
—Te saqué del hoyo.
—Me metiste en él.
Yo no había visto a mi hijo así desde que tenía diecisiete años y descubrió que su padre le había ocultado la expulsión de la escuela. Santiago no estaba defendiendo la casa. Estaba descubriendo que quizá nunca había conocido a su esposa.
Patricia llegó veinte minutos después acompañada de un hombre alto, canoso y de traje oscuro.
—Él es el licenciado Arturo Cárdenas, notario —dijo—. Le pedí que viniera porque hay algo que no me gusta en los documentos que me describió.
Arturo revisó la copia que Renata había dejado sobre la barra. Frunció el ceño.
—Este formato ya no se usa desde hace ocho años.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Que el documento es falso o fue elaborado con una plantilla antigua. Además, la firma de su esposo no coincide con los registros notariales que tenemos.
Renata retrocedió.
—No puede decir eso solo viendo una copia.
—No lo estoy diciendo solo por eso.
Sacó su tablet y abrió una base de datos.
—El fideicomiso que menciona aquí sí existe. Pero no está a nombre de la señora Salgado ni de su hijo.
Patricia se volvió hacia mí.
—¿Usted sabía algo de un fideicomiso?
—No.
Arturo deslizó el dedo por la pantalla.
—Está registrado a nombre de una asociación civil.
Leí el nombre.
Fundación Julián Del Río para Mujeres en Duelo.
No pude respirar.
Julián y yo habíamos hablado muchas veces de crear algo para mujeres que perdían su casa después de enviudar. Nunca lo hicimos. O eso creía yo.
—Eso no tiene sentido —dije—. Julián nunca me mencionó una fundación.
—La fundó seis meses antes de morir —respondió Arturo—. La propiedad fue aportada al fideicomiso, pero usted aparece como beneficiaria vitalicia y presidenta honoraria. Nadie puede venderla mientras usted viva.
—¿Por qué nunca me enteré?
Arturo me miró con cautela.
—Porque el fideicomiso tiene una cláusula de confidencialidad hasta que se cumplan ciertas condiciones.
—¿Qué condiciones?
El notario abrió otro archivo.
—Que la beneficiaria sea víctima de un intento comprobable de despojo, fraude o abuso patrimonial por parte de un familiar.
El silencio fue absoluto.
Julián había previsto esto.
Patricia me observaba con una mezcla de compasión y alarma.
—Valeria, ¿su esposo dejó instrucciones privadas?
—No.
—Entonces alguien más tuvo acceso a la información del fideicomiso.
Todos miramos a Renata.
Ella soltó el aire por la nariz.
—No pueden culparme de todo solo porque soy la única que tiene iniciativa.
—¿Cómo supiste de la fundación? —preguntó Arturo.
—No lo sabía.
—Entonces, ¿por qué falsificó un documento sobre ella?
Renata miró a Santiago.
—Porque él me dijo que existía.
Santiago se quedó inmóvil.
—Yo nunca…
—¡Tú me lo dijiste! —gritó ella—. La noche en que tomaste las cosas de tu papá.
—Yo no tomé nada.
—Claro que sí.
Patricia levantó la voz.
—Suficiente. Nadie va a salir de aquí hasta que entendamos qué ocurrió.
Renata soltó una carcajada.
—¿De verdad cree que puede detenerme?
—No necesito detenerla. Ya llamé a la Fiscalía.
La sonrisa se le borró.
Patricia puso su celular sobre la mesa.
—Y también solicité una auditoría de todas las transferencias.
Santiago se llevó ambas manos a la cara.
—Renata, dime que no hiciste esto.
Ella se quedó mirando la pantalla destruida de su celular.
—No entiendes.
—Explícame.
—Tu mamá iba a dejarte sin nada.
—¡La casa es de ella!
—¡No, no lo es!
La frase salió con tanta desesperación que hasta ella pareció sorprenderse.
Arturo la observó.
—Usted sabía que la propiedad estaba protegida.
—No.
—Entonces sabía que podía estarlo.
Renata se mordió el labio.
Por primera vez, dejó de parecer una mujer ambiciosa y se convirtió en alguien acorralado.
Patricia recibió un mensaje y lo leyó. Después levantó la vista.
—Ya localizaron la computadora desde donde se modificaron los documentos del fideicomiso.
Mi corazón golpeó con fuerza.
—¿Dónde?
—En esta casa.
La mirada de todos cayó sobre Santiago.
Él negó con la cabeza.
—No fui yo.
—La dirección IP corresponde a la computadora del estudio —dijo Patricia—. La que usted utiliza, señora Del Río.
—¿Yo?
Renata sonrió apenas.
—¿Ya ve? Tal vez usted misma hizo todo esto y lo olvidó.
Patricia no le respondió. Se acercó a la computadora y revisó el historial.
—Los documentos fueron creados desde una memoria externa.
—Yo no uso memorias externas.
—¿Quién tiene acceso al estudio?
Santiago miró a Renata.
Ella dio un paso atrás.
—No me miren así.
—Renata —dijo Santiago—, ¿qué hiciste?
Ella comenzó a llorar. Pero las lágrimas no tenían tristeza. Tenían rabia.
—Tu mamá no es quien tú crees.
La frase me atravesó.
—¿Qué significa eso?
—Pregúntele a su hijo por qué Julián dejó la fundación a nombre de otra mujer.
Santiago frunció el ceño.
—¿Qué mujer?
Renata me miró directamente.
—A nombre de Mariana Del Río.
El nombre me golpeó como una puerta cerrándose.
Mariana.
Mi hermana menor.
Muerta a los veintidós años.
La única persona a la que Julián había amado antes que a mí.
—Mariana murió hace treinta y cinco años —dije.
—No murió.
Nadie respiró.
—¿Qué acabas de decir?
Renata sacó otro documento de su bolsa. Esta vez no era una copia notarial. Era una fotografía vieja, doblada en cuatro.
En ella aparecían tres personas frente a un hospital: un Julián muy joven, una mujer que reconocí de inmediato y un bebé envuelto en una cobija azul.
Mi hermana Mariana. Mi esposo. Un niño recién nacido.
El niño era Santiago.
Se me doblaron las rodillas.
Santiago miró la fotografía y después a mí.
—¿Qué es esto?
Renata habló despacio, como si estuviera disfrutando cada palabra.
—Mariana no murió. Se fue a Monterrey con Julián cuando estaba embarazada. Él la convenció de entregar al bebé porque decía que tú no podías tener hijos.
Santiago me miró.
Yo no podía apartar los ojos de la fotografía.