Incluso en los Narrows se hablaba del lugar.

La panadería de la gente rica.

La de las vitrinas que parecían joyerías.

La de los panes que aparecían en las mesas de banquetes mientras, varias calles más abajo, había familias que hervían agua para engañar al estómago.

Clara no pensó en nada de eso.

Solo vio comida.

Empujó la puerta.

Y ahora todos la estaban mirando.

Una mujer junto a la vitrina tomó discretamente su bolso y lo pegó contra su cuerpo.

Un hombre se hizo a un lado.

Clara avanzó hacia el mostrador.

—Por favor.

El empleado que había observado las huellas levantó una mano.

—No puedes estar aquí.

Clara miró los panes detrás de él.

—Mi hermano tiene hambre.

—Tienes que salir.

—Solo un pedazo.

—Niña.

El tono hizo que Clara retrocediera.

Leo volvió a jadear.

Ella lo sostuvo mejor.

—No estoy pidiendo dinero.

—Te dije que salgas.

Clara sintió que todas las miradas caían sobre ella.

Sus pies ardían ahora que estaban dentro del calor.

Le dolían tanto que apenas podía apoyarlos.

—Puede ser uno viejo —dijo—. Uno que ya no vendan.

El empleado apretó la mandíbula.

—Aquí no regalamos mercancía.

Clara bajó los ojos.

Sobre una bandeja cercana había pequeñas migas doradas.

Por un segundo pensó en recogerlas.

Entonces escuchó una voz desde el fondo.

—¿Qué está pasando?

La voz no era fuerte.

No necesitaba serlo.

El empleado se enderezó de inmediato.

Clara volteó.

Una figura había aparecido junto al acceso que comunicaba el área de venta con la parte posterior de la panadería.

No parecía sorprendida por la suciedad de Clara.

Miraba a Leo.

Eso fue lo primero que Clara notó.

No sus pies.

No su ropa.

No las manchas sobre el piso.

Al niño.

—Encontró la puerta abierta —explicó el empleado—. Ya la estaba sacando.

Clara sintió rabia.

—Yo abrí la puerta.

La figura la miró.

—¿Cómo te llamas?

Clara dudó.

En los Narrows uno aprendía pronto que dar el nombre podía ser peligroso.

—Clara.

—¿Y él?

-León.

El pequeño no reaccionó.

La expresión de la persona frente a ellos se tensó.

—¿Cuándo comió por última vez?

Clara no respondió.

Porque no sabía.

La pregunta pareció cambiar el aire.

—¿Cuándo, Clara?

—No sé.

—¿Hoy?

Ella negó.

—¿Ayer?

Otra vez negó.

El empleado intervino.

—No sabemos si lo que dice es verdad.

Clara lo miró con incredulidad.

Luego bajó cuidadosamente a Leo hasta que los pies del niño tocaron el suelo.

Él no pudo sostenerse.

Sus rodillas cedieron.

Clara alcanzó a sujetarlo antes de que golpeara el piso.

—¿Eso parece mentira?

Nadie habló.

Clara volvió a levantarlo.

Su cara ardía.

No sabía si era por el calor o por la humillación.

—No vine a robar.

Su voz tembló.

—Solo quería pan.

La persona que había salido del fondo se acercó al mostrador.

Tomó una hogaza.

El empleado reaccionó.

—Esa es de la producción de esta mañana.

—Lo sé.

—Pero…

La hogaza quedó frente a Clara.

Ella la miró sin tocarla.

Después miró a quien se la ofrecía.

—¿Cuánto cuesta?

-Nada.

Clara no se movió.

—No tengo dinero.

—Ya lo sé.

—Entonces no puedo pagarla.

—No tienes que hacerlo.

Clara había pasado suficientes noches en los Narrows para desconfiar de las cosas gratuitas.

Siempre tenían un precio escondido.

—¿Qué quiere?

La pregunta pareció desconcertar a todos menos a ella.

-Nada.

—Nadie da nada por nada.

La respuesta tardó un momento.

—Entonces págame de otra manera.

Clara apretó a Leo.

—¿Cómo?

—Haz que coma.

La niña miró la hogaza.

Después la tomó.

Sus dedos temblaban tanto que apenas pudo romper la corteza.

Leo olió el pan y abrió los ojos.

—Despacio —dijo Clara.

Le dio un pedazo pequeño.

El niño intentó metérselo entero en la boca.

—Despacio, Leo.

Él masticó.

Y Clara finalmente lloró.

No hizo ruido.

Solo empezaron a caerle lágrimas sobre las mejillas mientras sostenía aquel pedazo de pan entre los dedos.

No lloraba porque hubiera conseguido comida.

Lloraba porque, durante tres días, había tenido que ser adulta.

Y durante unos segundos ya no pudo seguir siéndolo.

Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.

Desde el fondo de Maison de L’Aurore llegó otra persona.

Al ver a Clara, se quedó inmóvil.

Su mirada cayó sobre la niña.

Después sobre Leo.

Y finalmente sobre el rostro de Clara otra vez.

La reacción fue mínima.

Pero Clara la vio.

Reconocimiento.

No sabía de qué.

Solo sabía que aquella persona la estaba mirando como si acabara de aparecer un fantasma.

Capítulo 3. Una pregunta que nadie quería contestar

Clara se secó las lágrimas con la manga.

—¿Qué?

La persona recién llegada no respondió.

Siguió mirándola.

—¿Nos conocemos? —preguntó Clara.

-No.

La respuesta salió demasiado rápido.

El empleado del mostrador parecía incómodo.

—Deberíamos llamar a alguien.

Clara retrocedió de inmediato.

-No.

Leo seguía mordisqueando el pan.

—Clara —dijo la primera persona que la había ayudado—, tu hermano necesita más que comida.

—Está bien.

—No está bien.

—Sí está.

—Apenas puede respirar.

Clara apretó los labios.

Sabía que era verdad.

Precisamente por eso tenía miedo.

En los Narrows, pedir ayuda a instituciones que pertenecían al mundo de arriba podía significar perder lo poco que todavía tenías.

Y Clara solo tenía a Leo.

—Yo lo cuido.

—Tienes doce años.

La niña levantó la barbilla.

—Lo he cuidado tres días.

La frase cayó con un peso terrible.

—¿Tres días?

Clara comprendió demasiado tarde lo que acababa de revelar.

La segunda persona habló por primera vez.

—¿Dónde está su madre?

Clara miró el suelo.

Nadie insistió.

No hacía falta.

El empleado que antes quería expulsarla desvió la mirada.

Por primera vez pareció avergonzado.

Pero Clara no quería su vergüenza.

Quería irse.

Ya tenía pan.

Eso era suficiente.

—Gracias.

Giró hacia la puerta.

—Clara.

Se detuvo.

—¿De dónde vienes?

—De abajo.

—¿De qué parte?

Ella señaló vagamente hacia los Narrows.

La segunda persona dio un paso adelante.

—¿Tu madre vivía ahí contigo?

Clara se volvió.

—¿Por qué quiere saber?

No hubo respuesta inmediata.

Y esa demora fue suficiente.

Clara sintió el peligro antes de entenderlo.