—¿Quiénes son ustedes?

La persona que le había dado el pan respondió con calma.

—Gente que puede ayudarte.

—Eso no es un nombre.

La segunda persona casi sonrió, pero no había humor en el gesto.

—Eres lista.

-No.

Clara acomodó a Leo.

—Solo tengo hambre.

Y salió.

El aire helado le golpeó la cara.

Detrás de ella escuchó la campanilla.

Alguien había salido también.

Clara empezó a caminar más rápido.

—¡Clara!

No se detuvo.

—¡Espera!

Corrió.

Sus pies protestaron al tocar otra vez la nieve.

Leo soltó un gemido.

—Perdón.

Clara dobló por una calle.

No sabía adónde iba.

Solo sabía que no quería regresar a los Narrows con alguien siguiéndola.

Entonces Leo dejó caer el pan.

-León.

El niño no respondió.

-León.

Su cabeza se venció contra el hombro de Clara.

Ella se detuvo.

-León.

Nada.

La niña gritó su nombre.

Y toda la fuerza que había utilizado para sobrevivir durante tres días desapareció.

Se arrodilló sobre la nieve.

-¡León!

La persona que la había seguido llegó hasta ellos.

—Hazte a un lado.

-¡No!

—Clara, mírame.

Ella abrazó al niño.

—¡No me lo quite!

—No voy a quitártelo.

—¡Es mío!

La frase salió como un grito animal.

—Es mi hermano.

—Lo sé.

—Le prometí a mi mamá.

El mundo se quedó inmóvil.

Clara respiraba tan rápido que le dolía el pecho.

—Le prometí que lo cuidaría.

—Y lo hiciste.

-No.

Miró la cara pálida del niño.

—No, no, no…

—Escúchame. Si quieres seguir cuidándolo, tienes que dejar que alguien te ayude ahora.

Clara miró hacia Maison de L’Aurore.

Luego hacia Leo.

Aquella fue quizá la decisión más difícil que había tomado desde la muerte de su madre.

Porque cuidar a alguien no siempre significaba sujetarlo con más fuerza.

A veces significaba aceptar que tus brazos ya no bastaban.

Clara aflojó el abrazo.

—Sálvelo.

No fue una súplica.

Fue una orden desesperada.

—Por favor.

La ayuda llegó.

Y mientras Leo era atendido, Clara permaneció junto a él.

No soltó su mano.

No durmió.

No aceptó alejarse.

Horas después, cuando finalmente le dijeron que el niño había logrado estabilizarse, Clara apoyó la cabeza contra la pared.

Entonces recordó aquella mirada dentro de la panadería.

El reconocimiento.

La pregunta sobre su madre.

Y supo que todavía no había terminado.