Eleanor comenzó a deslizarse por la habitación, con la mirada fija en Valerie. El vestido plateado se movía como metal líquido. Valerie sintió la familiar descarga de adrenalina, la misma que sentía cuando una patrulla pasaba demasiado cerca de su escondite. Enderezó los hombros, preparándose para la inevitable emboscada.

Capítulo 3: El depredador en seda plateada

 

El método de Eleanor era magistral, un acecho depredador disfrazado de paseo elegante. Se detenía cada pocos metros para besar una mejilla, reírse de un chiste y rozar suavemente el brazo de un senador o un director ejecutivo. Pero su trayectoria nunca vaciló. Era como un misil teledirigido fijado en el grueso y oscuro chal de Valerie.

—Valerie, querida —ronroneó Eleanor mientras por fin se acercaba. Su voz era lo suficientemente fuerte como para hacer girar la cabeza de los invitados cercanos—. Estás merodeando en un rincón como un murciélago asustado. Esto es una gala, no un funeral.

—Eleanor —respondió Valerie con voz firme y modulada, sin revelar absolutamente nada—. Tu vestido ya llama la atención de las dos. Pensé en dejarte a ti el centro de atención.

Un destello de fastidio cruzó el rostro perfectamente contorneado de Eleanor, pero rápidamente fue reemplazado por una expresión de falsa preocupación. «Nos alegra mucho que hayas podido bajar de… dondequiera que te hayas estado escondiendo. Papá empezaba a pensar que te avergonzabas de nosotros».

—He estado trabajando —dijo Valerie simplemente.

—Trabajar —repitió Eleanor, con un tono de condescendencia. Se acercó, invadiendo el espacio personal de Valerie. El aroma del perfume de jazmín de Eleanor era abrumador—. Claro. Ese «trabajo» que te obliga a desaparecer durante meses, perderte la Navidad y presentarte en el evento más importante de la temporada vestida como si estuvieras preparada para una tormenta de invierno.

La mirada de Eleanor se posó rápidamente en el grueso chal de terciopelo. En una sala donde las mujeres lucían hombros descubiertos, escotes pronunciados y collares de diamantes, el voluminoso chal de Valerie era una anomalía flagrante. Era una afrenta al código de vestimenta tácito de exhibición extrema y costosa.

—Tengo frío —mintió Valerie, aunque una fina capa de sudor comenzaba a formarse en su frente por el mero esfuerzo de mantenerse erguida a pesar del dolor.

—¿Frío? —Eleanor rió con una risa seca y cortante—. ¿Aquí dentro? Con tanta gente, esto es prácticamente una sauna. —Extendió la mano, y sus dedos bien cuidados rozaron el borde del terciopelo—. En serio, Val, te ves ridícula. Quítate esta cosa tan pesada. Deja que la gente vea el vestido.

—Déjalo en paz, El —advirtió Valerie, bajando el tono una octava. Era la voz que usaba con los marineros insubordinados, una voz que solía imponer obediencia inmediata.

Pero Eleanor no era marinera. Era una heredera mimada a la que nunca le habían dicho que no. El tono de advertencia solo avivó su maliciosa curiosidad. Percibió una vulnerabilidad, un secreto oculto bajo la pesada tela, y en la familia Sterling, los secretos eran moneda de cambio. Eleanor pretendía arruinar a su hermana allí mismo, en medio del salón de baile.

Capítulo 4: Se avecinan nubes de tormenta

El sutil cambio en la voz de Valerie no pasó desapercibido para los invitados. En la alta sociedad, un escándalo es el máximo entretenimiento, siempre y cuando le ocurra a otra persona. El murmullo de las conversaciones a su alrededor comenzó a desvanecerse. Las miradas se desviaron discretamente. Bajaron las copas. Se estaba formando un público.

Arthur Sterling, de pie junto a la barra principal con un grupo de inversores, notó el cambio en el ambiente. Giró la cabeza y sus ojos penetrantes y calculadores se posaron en sus dos hijas. Frunció el ceño, murmuró una excusa a sus socios y comenzó a acercarse a ellas. Se movía con la lentitud y la premeditación de un hombre que dominaba el lugar, pero apretaba la mandíbula con fuerza.

Valerie lo vio acercarse y sintió un nudo en el estómago. Estaba rodeada. Detrás de ella, la escultura de hielo; delante, una hermana venenosa; y pisándole los talones, un padre cuya única preocupación era la imagen pública.

—¿Hay algún problema aquí? —preguntó Arthur al llegar, con voz grave y amenazante. Miró a Valerie con una mezcla de decepción e irritación—. Valerie, ¿por qué estás acurrucada en un rincón? Relájate. Tenemos invitados de la empresa.

—Le estaba diciendo, padre —dijo Eleanor con voz cargada de dulzura artificial—, que va demasiado abrigada. Es una gala de primavera y lleva un manto de invierno.

Arthur miró el chal. Entrecerró los ojos. Era un hombre que exigía la perfección, y el chal, a su parecer, era un fracaso estético. «Quítatelo, Valerie. Arruina la silueta del vestido. Pareces estar escondiendo algo».

Estoy escondiendo una pesadilla,Valerie pensó.

—Prefiero dejármelo puesto —dijo Valerie, manteniendo la compostura. Su entrenamiento militar se activó, reprimiendo el pánico creciente y relegándolo a un rincón oscuro de su mente. Permaneció firme, con la postura rígidamente recta a pesar del doloroso tirón en el tejido cicatrizado de su espalda.

—No te pongas difícil —siseó Arthur, inclinándose para que solo ella y Eleanor pudieran oírlo—. La mitad de la sala cree que has estado en un sanatorio. Tienes que verte radiante. No como una enferma temblorosa. Quítate el chal, ahora mismo.

—No —dijo Valerie. La palabra era suave, pero absoluta.

El rostro de Arthur se enrojeció de ira. La desobediencia en público era el pecado capital. Abrió la boca para reprenderla, pero Eleanor, percibiendo la frustración de su padre y envalentonada por su apoyo, decidió tomar cartas en el asunto.

“¡Ay, por Dios, Val, deja de ser tan dramática!”, exclamó Eleanor, alzando la voz para asegurarse de que la creciente multitud la oyera.

La trampa estaba lista. El depredador se preparaba para atacar. Valerie vio venir el movimiento, pero su cuerpo, aún recuperándose de un trauma profundo, fue una fracción de segundo demasiado lento para detenerlo.

 

Capítulo 5: La emboscada y la lágrima

Todo parecía suceder a cámara lenta, de una forma agonizante.