—Entonces no les vamos a dejar espacio para hacerlo —respondió Sofía—. Hoy mismo habrá una valoración médica independiente. Y no volverá sola a esa casa.

Gael abrió los ojos en ese instante. Eran oscuros, enormes, serios para un bebé de dos meses. Me miró como si pudiera reconocer la tormenta en mi cara.

—No te van a tocar —le prometí, besándole la frente—. A ti no.

*

A las doce del día, Santiago me llamó.

Lo dejé sonar tres veces antes de contestar. Sofía activó la grabación y dejó el celular sobre la mesa.

—¿Dónde estás? —preguntó él.

Su voz era suave. Demasiado suave.

—En un lugar seguro.

—No seas ridícula. Mis papás están preocupados por Gael.

—Tu mamá no tiene derecho a exigirme nada sobre mi hijo.

Hubo una pausa.

—No hables así de mi madre.

—¿Cómo quieres que hable de ella, Santiago? ¿Como de la mujer que abrió una empresa fantasma para mover dinero usando mi identidad?

El silencio del otro lado fue absoluto.

Ni una respiración.

Luego su voz cambió. La dulzura desapareció.

—No sabes de qué estás hablando.

—Sé de Salazar Patrimonial del Norte. Sé de los depósitos. Sé de la cuenta a mi nombre. Sé que pediste el divorcio después de dejar la última transferencia hecha.

—¿Revisaste mis cosas?

Me reí una sola vez, sin alegría.

—¿Eso es lo que te preocupa? ¿Que haya revisado tus cosas?

—Estás cometiendo un error muy grave.

—No. El error fue creer que porque me levantaba a las cuatro y media para cocinarle huevos a tu mamá, no podía leer un estado de cuenta.

Escuché un golpe seco. Tal vez había cerrado una puerta. Tal vez había aventado algo.

—Regresa a la casa —ordenó—. Podemos arreglarlo como adultos.

—¿Como adultos? ¿O como la esposa agotada que quieres hacer pasar por ladrona?

—No me provoques.

—No te estoy provocando. Te estoy avisando que mi abogada ya tiene copias de todo.

Por primera vez, Santiago respiró hondo.

—¿Qué quieres?

La pregunta me dolió más de lo que esperaba.

Porque no preguntó cómo estaba Gael. No preguntó si necesitábamos algo. No preguntó si yo tenía miedo.

Preguntó qué quería.

Como si nuestro matrimonio hubiera sido otro contrato mal firmado.

—Quiero que no vuelvas a acercarte a mi hijo sin un acuerdo legal. Quiero que dejes de usar mi nombre. Y quiero que me digas la verdad.

—¿Qué verdad?

—¿Quién más sabe?

Él tardó demasiado.

—Mi mamá.

—Eso ya lo sé.

—Mariana.

Cerré los ojos.

Mi cuñada, la que me había mandado mensajes a la una de la mañana pidiéndome jugo verde. La que se quejaba si doblaba mal las servilletas. La que me había regalado una bata de maternidad con una tarjeta que decía: “Ahora tu única empresa es Gael”.

—¿Tu papá? —pregunté.

—No.

—¿La mujer con la que sales?

Santiago soltó una risa seca.

—No hay ninguna mujer.

Eso sí me sorprendió.

—Entonces, ¿por qué el divorcio?

No contestó.

Sofía levantó la mirada desde el otro lado de la mesa. Yo apreté el teléfono.

—¿Por qué, Santiago?

La voz se le quebró apenas. Tan poco que quizá otra persona no lo habría notado.

—Porque mi mamá dijo que era la única manera de proteger a Gael.

El aire se me quedó atorado.

—¿Protegerlo de qué?

—De ti.

Colgué antes de que él pudiera escucharme respirar.

*

El diagnóstico médico llegó esa tarde: yo estaba cansada, por supuesto. Tenía dos meses sin dormir más de tres horas seguidas. Pero no tenía depresión posparto, no estaba sedada y no había indicios de incapacidad para cuidar a mi hijo.

A las seis, Sofía presentó una denuncia por fraude, suplantación de identidad, administración fraudulenta y tentativa de sustracción de menor. También solicitó que se congelaran las cuentas relacionadas con Salazar Patrimonial.

A las siete y media, llegó la primera respuesta.

Las cuentas estaban vacías.

Julián maldijo por lo bajo.

—Movieron el dinero esta mañana. Lo pulverizaron en doce transferencias internacionales.

—¿A dónde? —pregunté.

—Panamá, Texas, una cuenta en Miami… pero hay un destino que no entiendo.

Me mostró la pantalla de su computadora.

Fideicomiso Vértice 17.

El nombre me golpeó de una manera extraña.

Vértice 17.

No era una empresa de Renata. Era el nombre de un proyecto inmobiliario que Santiago había mencionado una vez, años atrás, cuando todavía me llevaba café a la cama y me preguntaba cómo había estado mi día.

—Mi papá quiere comprar unos terrenos —me dijo entonces—. Nada importante.

Pero sí era importante.

Vértice 17 era el desarrollo más ambicioso de Grupo Ibarra: torres de departamentos de lujo, un club privado, una plaza comercial, todo sobre terrenos que la empresa había adquirido en la periferia de Monterrey.

O eso decían.

—Elena —murmuré—, ¿quién era dueño de esos terrenos antes de los Ibarra?

Mi mentora dejó de mirar la pantalla.

Por primera vez desde que llegué, su rostro perdió el control.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque recuerdo ese proyecto. Hubo una auditoría detenida hace años. ¿Quién era dueño?

Elena caminó hasta la ventana. Afuera, las bugambilias se movían con el viento seco de San Pedro.

—Tu padre.

El mundo no se inclinó. No hubo música, ni estruendo, ni una revelación limpia.

Solo sentí que Gael pesaba menos en mis brazos, como si el cuerpo se me hubiera apagado de golpe.

—Mi papá murió cuando yo tenía diecisiete años.

—Lo sé.

—Él tenía un pequeño despacho de arquitectura. No era dueño de terrenos.

Elena se volvió hacia mí. Tenía los ojos brillosos.

—Eso es lo que te hicieron creer.

Sofía no dijo nada. Julián bajó la mirada.

Elena abrió un cajón antiguo de un mueble junto al comedor y sacó un sobre amarillo, gastado en las esquinas. Mi nombre estaba escrito al frente con la letra de mi papá.

Lo reconocí de inmediato.

Las piernas dejaron de sostenerme. Me senté sin apartar a Gael de mi pecho.

—¿Por qué tienes eso?