El hombre con el que iba a casarme huyó del altar con otra mujer frente a trescientos invitados. Lo que nadie esperaba era que yo caminara hacia el único Almonte que no parecía sorprendido y le pidiera que se casara conmigo.
—Señor Andrés —dije, mientras el silencio de la Catedral Metropolitana se volvía insoportable—. Ya que su sobrino decidió abandonar sus obligaciones, le propongo algo. Cásese conmigo.
Tres segundos antes, yo seguía siendo la novia abandonada.
Tres segundos después, trescientas personas contenían el aliento.
Doña Beatriz se llevó una mano al pecho.
Mi padre levantó la cabeza.
El sacerdote me miró como si no supiera si acababa de presenciar una tragedia o el principio de otra.
Y Andrés Almonte, sentado en su silla de ruedas frente a mí, hizo lo único que consiguió romper mi control.
Sonrió.
No con alegría.
Con reconocimiento.
Metió una mano dentro del saco y sacó una pequeña caja de terciopelo azul oscuro.
Cuando la abrió, el diamante atrapó la luz de la catedral.
Reconocí la joya de inmediato.
El anillo ancestral de los Almonte.
El que Gabriel nunca me había entregado.
El que Doña Beatriz había reservado para la mujer que algún día ocuparía el lugar de matriarca de su familia.
Andrés extendió la mano hacia mí.
—Sabía que vendrías.
Y fue entonces cuando comprendí que mi humillación no había comenzado aquella mañana.
Había comenzado mucho antes.
Capítulo 1 — Las grietas que decidí no mirar
Horas antes de que Gabriel Almonte huyera de nuestra boda con Catalina Varela, todavía había personas diciéndome que aquel sería el día más feliz de mi vida.
Yo también había querido creerlo.
No porque fuera ingenua.
Porque llevaba demasiado tiempo defendiendo una decisión como para aceptar que podía estar equivocada.
Gabriel tenía veintiocho años y una facilidad casi irritante para hacer que todo pareciera sencillo. Sabía sonreír en el momento exacto, tocar una mano durante una conversación y hacer sentir a la persona frente a él como si fuera la única en el salón.
Durante mucho tiempo, esa habilidad me había parecido encanto.
Después entendería que también podía ser cobardía.
La familia Almonte no era una familia común.
Su apellido pesaba.
Almonte Corp. era el centro alrededor del cual giraban negocios, reputaciones y una jerarquía familiar que nadie necesitaba explicar porque todos la conocían.
Doña Beatriz protegía ese apellido como si fuera una religión.
Gabriel debía representarlo.
Y Andrés lo gobernaba.
Ésa era la paradoja que siempre me había intrigado.
Gabriel era el joven visible, el heredero que atraía miradas.
Andrés era el hombre al que todos terminaban mirando antes de tomar una decisión.
Tres años antes había sufrido un accidente que lo dejó paralizado.
Los rumores nunca faltaron.
Yo nunca pregunté.
Lo único evidente era que una silla de ruedas no había reducido su autoridad.
Cuando Andrés entraba a una habitación, las conversaciones cambiaban de ritmo.
No levantaba la voz.
No necesitaba hacerlo.
Gabriel, en cambio, parecía vivir huyendo de cualquier cosa que exigiera una decisión definitiva.
Yo había confundido esa diferencia con juventud.
Hasta nuestra boda.
Las primeras grietas habían aparecido mucho antes.
Llamadas que Gabriel terminaba cuando yo entraba.
Momentos en los que se quedaba mirando su celular y después sonreía sin darse cuenta.
Ausencias explicadas demasiado rápido.
Cambios de humor que siempre terminaban convertidos en una disculpa encantadora.
Nunca tuve una prueba concreta.
Y me negaba a convertirme en una mujer que revisaba celulares o perseguía explicaciones.
Si Gabriel tenía algo que decirme, pensé, tendría que hacerlo mirándome a los ojos.
Qué equivocada estaba.
La mañana de la boda, mientras terminaban de acomodarme el velo, recordé algo que Doña Beatriz me había dicho semanas antes.
—Un Almonte puede equivocarse, Valentina. Lo que no puede hacer es avergonzar públicamente a la familia.
En aquel momento pensé que hablaba de la presión que Gabriel sentía.
Después comprendí que aquella frase explicaba mucho más a Beatriz que a su hijo.
Mi padre me esperaba orgulloso.
Para él, un compromiso era una palabra dada.
Y una palabra dada tenía peso.
Por eso, cuando las puertas de la Catedral Metropolitana se abrieron y vi a Gabriel esperándome junto al altar, decidí ignorar la tensión de sus hombros.
Ignoré que evitó mis ojos durante unos segundos.
Ignoré el presentimiento que me atravesó el pecho.
Caminé.
Cada paso parecía acercarme a la vida que habíamos prometido construir.
Hasta que una voz rompió la ceremonia.
—¡Gabriel, no puedes hacer esto!
No era mi voz.
Era la de Doña Beatriz.
Giré.
Y vi a Catalina Varela.
Vestida de blanco.
Capítulo 2 — La mujer de blanco
La primera reacción de los invitados fue el desconcierto.
La segunda fue el reconocimiento.
Después llegó ese silencio particular que sólo existe cuando muchas personas comprenden al mismo tiempo que están presenciando algo que repetirán durante años.
Catalina avanzó.
Su vestido blanco no era un vestido de novia, pero estaba lo suficientemente cerca como para convertir su presencia en una provocación.
Su cabello oscuro enmarcaba un rostro pálido.
Parecía frágil.
Casi a punto de romperse.
Pero sus ojos no coincidían con aquella fragilidad.
Yo los observé.
Vi cómo buscaban a Gabriel.
Cómo calculaban cada pausa.
Cómo una lágrima apareció justo antes de que extendiera la mano.
—Gabriel… no puedo vivir sin ti.
El murmullo recorrió las bancas.
Yo miré al hombre que estaba a punto de convertirse en mi esposo.
Esperaba indignación.
Esperaba sorpresa.
Incluso habría aceptado miedo.
Lo que vi fue culpa.
Y algo peor.
Deseo.
No necesitaba conocer cada detalle para comprender lo esencial.
Catalina no estaba confesando un amor desconocido para Gabriel.
Estaba reclamando algo que ya existía entre ellos.
Sentí calor en el rostro.
Luego frío.
Después, nada.
Doña Beatriz avanzó furiosa.
Las joyas de su cuello y sus muñecas tintinearon con el movimiento.
—Catalina Varela, ¿cómo te atreves a profanar la casa de Dios con esta farsa?
Catalina bajó la cabeza.
Se aferró al brazo de Gabriel.
Él no se apartó.
Aquello fue suficiente.