Mi padre se movió en la primera fila.
No tuve que mirarlo para saber qué estaba sintiendo.
La vergüenza que Gabriel debía haber cargado estaba cayendo sobre nosotros.
Sobre mi familia.
Sobre mí.
—Mamá, por favor —murmuró Gabriel.
Nunca olvidaré aquellas dos palabras.
No porque fueran crueles.
Porque fueron patéticas.
Un hombre de veintiocho años, colocado frente a las consecuencias de sus propias decisiones, seguía pidiendo que alguien más resolviera el desastre.
Doña Beatriz se acercó.
—Gabriel, elige.
Catalina levantó los ojos.
Yo no dije nada.
No iba a competir.
No iba a suplicarle a un hombre que recordara por qué había llegado al altar conmigo.
Gabriel me miró finalmente.
Sus ojos estaban vidriosos.
—Lo siento, Valentina…
Ni siquiera terminó.
Se volvió hacia Catalina.
Y huyó.
Eso hizo.
Huyó de la Catedral Metropolitana mientras Catalina se apoyaba en él como si estuviera a punto de desmayarse.
Las puertas se cerraron detrás de ambos.
Nadie habló.
Miré el altar vacío.
Después a los invitados.
Había lástima en algunos rostros.
Curiosidad en otros.
En unos cuantos, algo parecido al placer secreto de quien acaba de recibir el escándalo perfecto para alimentar semanas de conversaciones.
Entonces miré a mi familia.
Mi padre se había dejado caer en su asiento.
Tenía la cabeza entre las manos.
Y algo dentro de mí cambió.
Hasta ese instante, la traición había sido íntima.
Gabriel me había engañado a mí.
Pero al huir de esa forma había convertido su cobardía en una humillación pública para todos los que habían confiado en nuestra palabra.
Podía salir llorando.
Podía esconderme.
Podía regalarle a Gabriel el final que su cobardía esperaba.
No lo hice.
Levanté la barbilla.
Recogí ligeramente mi vestido.
Y comencé a caminar.
Pasé junto a Doña Beatriz.
—Valentina…
No me detuve.
Pasé junto a mi padre.
Tampoco me detuve.
No porque no me importara su dolor.
Precisamente porque me importaba.
Necesitaba hacer algo antes de permitirme sentir.
Entonces llegué frente a Andrés Almonte.
Durante todo el desastre, él había permanecido inmóvil.
Observando.
Nuestros ojos se encontraron.
Y comprendí qué me había inquietado desde que Catalina apareció.
Andrés no parecía sorprendido.
Capítulo 3 — La propuesta que nadie entendió
—Señor Andrés.
Él levantó apenas el mentón.
—Valentina.
No había compasión en su voz.
Se lo agradecí.
La compasión habría terminado de humillarme.
Respiró.
Detrás de mí había trescientas personas esperando que me quebrara.
Frente a mí estaba el hombre que seguía controlando a la familia cuyo heredero acababa de abandonarme.
Y por primera vez aquella mañana, la decisión estaba en mis manos.
—Ya que su sobrino decidió abandonar sus obligaciones, le propongo algo.
Escuché a Doña Beatriz decir mi nombre.
Continuado.
—Cásese conmigo.
El jadeo colectivo recorrió la nave.
Mi corazón golpeó una vez con tanta fuerza que pensé que todos podrían escucharlo.
Andrés no respondió de inmediato.
Me estudió.
Aquellos ojos oscuros no buscaban lágrimas.
Buscaban intención.
—¿Sabes lo que estás diciendo? —preguntó.
—Perfectamente.
—Valentina —intervino Doña Beatriz—. Estás alterada.
Giré hacia ella.
-No.
Fue la primera palabra que pronuncié con verdadera calma desde que Gabriel había salido.
—Alterada estaba cuando vi a su hijo marcharse. Ahora estoy tomando una decisión.
Su expresión cambió.
No porque hubiera aceptado mi propuesta.
Porque comprendió que ya no estaba hablando con una novia abandonada.
Volví hacia Andrés.
Él seguía observándome.
Entonces ocurrió.
Metió la mano dentro del saco.
Sacó una caja de terciopelo azul oscuro.
La abrió.
El diamante brilló.
Por primera vez perdí el control de mi expresión.
Conocía ese anillo.
Doña Beatriz también.
—Andrés… —dijo ella.
Esta vez había algo distinto en su voz.
No furia.
Miedo.
El anillo ancestral de los Almonte descansaba sobre la palma de Andrés.
La joya que Gabriel nunca me había entregado.
La que, según Beatriz, debía permanecer guardada hasta que no existiera ninguna duda sobre quién sería la futura matriarca.
Andrés la había llevado a mi boda.
Antes de que Catalina apareciera.
Antes de que Gabriel huyera.
Antes de que yo caminara hacia él.
Extendió la mano.
—Sabía que vendrías.
No tomé el anillo.
Todavía no.
—¿Qué significa eso?
Su sonrisa desapareció.
—Significa que conozco a mi sobrino.
—Eso no explica por qué trajo el anillo.
-No.
—Entonces explíquelo.
Doña Beatriz dio otro paso.
—No aquí.
La miré.
Su rostro había perdido el color.
Y ésa fue la segunda señal.
Primero Andrés no se había sorprendido al ver a Catalina.
Ahora Beatriz no parecía sorprendida de que él tuviera el anillo.
Mi propuesta había nacido del orgullo herido.
Pero la respuesta de Andrés acababa de convertirla en otra cosa.
Una pregunta.
¿Cuánto sabían los Almonte antes de que yo llegara al altar?
Miré nuevamente el anillo.
Luego a Andrés.
—No voy a ponérmelo todavía.
Él cerró la caja.
-BIEN.
Aquella respuesta me sorprendió.
-¿BIEN?
—Si lo hubieras aceptado sin preguntar, habría rechazado tu propuesta.
Doña Beatriz apretó los labios.
—Esto es absurdo.
—No —dije—. Lo absurdo fue dejar que Gabriel llegara hasta el altar conmigo si alguien sabía lo que estaba ocurriendo.
Silencio.
Nadie contestó.
Y aquel silencio respondió más de lo que habría querido.
Me volví hacia los invitados.
No iba a mejorar un segundo espectáculo.
Ya había tenido suficiente.
Después miré a mi padre.
Me acerqué a él y le extendí la mano.
—Papá.
Levantó el rostro.
Sus ojos estaban húmedos.
—Vámonos.
—¿Y tu propuesta?
Miré por encima del hombro.
Andrés seguía allí, con la caja azul cerrada entre los dedos.
—Sigue en pie.
No era una decisión romántica.
Ni siquiera sabía todavía qué era.
Pero sabía algo.
Gabriel había tomado una decisión creyendo que yo tendría que vivir con sus consecuencias.
Se equivocaba.
Antes de salir de la catedral, miré una última vez a Andrés.
Él levantó ligeramente la caja azul.
No como una promesa.
Como una advertencia.
A partir de ese momento dejé de preguntarme por qué Gabriel me había abandonado.
Empecé a preguntarme quién había permitido que llegáramos hasta allí.