Se quedó sin color.

—¿Qué es esto?

—Transferencias a una cuenta en Panamá —dijo el licenciado Becerra—. Pagos a una agencia inmobiliaria de la Ciudad de México. Anticipos por la venta de esta propiedad.

Talía levantó la barbilla.

—Yo no hice nada ilegal.

—La cuenta está a nombre de su hermana —respondió Becerra—, pero los correos salen de su computadora.

—Eso no prueba que yo…

—También tenemos los mensajes donde usted le pide a un médico que declare a la señora Rosario incapaz.

Santiago miró el documento.

—Me dijiste que era dinero para la clínica del bebé.

Talía no respondió.

—Me dijiste que nuestro hijo necesitaba una operación.

Silencio.

El bebé comenzó a llorar en la recámara contigua.

Talía se llevó ambas manos al rostro.

—No entiendes.

—Explícame.

—No podíamos perderlo todo.

—¿Qué significa eso?

Talía levantó la vista.

Y lo que dijo después fue tan inesperado que durante unos segundos nadie reaccionó.

—El bebé no es tuyo.

El llanto continuó detrás de la pared.

Santiago dio un paso atrás.

—¿Qué dijiste?

—No es tuyo.

—¿De quién es?

Talía tragó saliva.

—De nadie.

Lucía frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Es un bebé de gestación subrogada —dijo Talía—. El contrato está a nombre de una mujer en Houston. La agencia nos lo entregó porque la madre biológica desapareció.

—¿Y por qué me dijiste que era mío? —preguntó Santiago.

Talía lloró por primera vez, aunque sus lágrimas parecían más de desesperación que de tristeza.

—Porque si sabías la verdad, no ibas a firmar.

—¿Firmar qué?

—El reconocimiento de paternidad. El seguro. El fideicomiso.

Santiago se quedó mirando la puerta del cuarto del bebé.

—¿Qué hiciste?

—El niño necesita una familia.

—No me contestaste.

—Tu nombre está en todos los documentos. Legalmente eres el padre. Si vendíamos la casa, podíamos pagar la clínica, la agencia y salir del país.

El licenciado Becerra tomó aire.

—Señora Talía, también tenemos constancia de que el menor fue obtenido mediante documentación falsa. La agencia no existe legalmente en México.

—¡No lo compré!

—Lo pagó.

—¡Yo quería ser madre!

—Eso no le permite falsificar contratos ni involucrar a un hombre que no conocía la verdad.

Santiago parecía no escuchar. Caminó hasta la habitación del bebé. Talía fue detrás de él.

Yo no me moví.

Durante cinco años había visto a mi hijo desaparecer poco a poco dentro de aquella relación. Había intentado hablarle, advertirle, rogarle. Él siempre terminaba defendiendo a Talía.

Ahora, por fin, estaba solo frente a lo que había elegido.

Se escuchó el llanto apagarse.

Luego Santiago regresó con el bebé en brazos.

Era pequeño, rosado, con una mata de cabello oscuro. Tenía los puños cerrados y la cara arrugada por el sueño.

Santiago lo contempló como si lo viera por primera vez.

—¿No es mío? —repitió.

Talía negó con la cabeza.

—Pero puede serlo. Tú puedes quererlo.

—No me hables de querer.

—Santiago…

—Me mentiste sobre el bebé, sobre la casa, sobre las deudas y sobre mi madre.

—Yo hice todo por nosotros.

—No. Lo hiciste por ti.

Talía se acercó.

—Dame al niño.

—No.

—Es mi hijo.

—Acabas de decir que no es de nadie.

La cara de Talía se desmoronó.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Por primera vez, sí sé.

En ese momento entró una mujer joven, acompañada por una agente. Llevaba el cabello recogido y una carpeta contra el pecho. Se detuvo al ver al bebé.

Talía se quedó helada.

—No.

La mujer tenía los ojos hinchados de tanto llorar.

—Ese es mi hijo —dijo.

El bebé hizo un pequeño ruido.

Santiago apretó los brazos.

—¿Quién es usted?

La mujer miró a Talía.

—Me llamo Mariana Salcedo. Soy la madre biológica de Mateo.

El mundo pareció detenerse.

Talía dio un paso atrás.

—Tú firmaste que renunciabas a él.

—Firmé bajo amenazas.

—Eso es mentira.

—Me dijiste que, si no entregaba al niño, ibas a denunciar a mi hermano. Sabías que él estaba detenido. Dijiste que tenías contactos para mandarlo a prisión veinte años.

Santiago miró a Talía con horror.

—¿Qué hizo?

Mariana abrió la carpeta.

—Aquí están los mensajes. Aquí está el contrato verdadero. Y aquí está la prueba de que Talía falsificó mi firma en la renuncia.

El bebé se movió.

Santiago bajó la mirada hacia él.

—¿Mateo?

—Mateo Emiliano Salcedo —dijo Mariana—. Tiene seis semanas. Lo tuve en una clínica de Monterrey. Talía estuvo ahí. Me dijo que ella y su esposo serían mejores padres porque yo no tenía dinero.

—¿Y por qué no denunciaste?

Mariana apretó los labios.

—Porque amenazó con hacerle daño a mi hermano. Y porque me dijo que el niño iba a vivir en una casa enorme, con una familia que lo amaría.

Miró a Santiago.

—Yo no sabía que usted no sabía.

Santiago cerró los ojos.

Después de unos segundos, extendió al bebé hacia Mariana.

—Tómelo.

Mariana lo recibió con manos temblorosas. Lo apretó contra su pecho y comenzó a llorar.

Talía se quedó observándolos.

—Santiago…

Él la miró.

—No me digas así.

Ella parpadeó.

—¿Cómo quieres que te diga?

Santiago tardó en contestar.

—Por mi nombre. Como todos los demás.

Fue una frase sencilla, pero en ella murió el matrimonio.

Los agentes ministeriales retiraron a Talía de la casa. No gritó. No intentó arañar a nadie. Solo me miró cuando pasó junto a mí.

—Usted ganó —dijo.

—No era una competencia.

—Siempre lo fue para usted.

—No, Talía. Tú convertiste todo en una competencia porque no soportabas vivir en un lugar donde alguien hubiera llegado antes que tú.

Ella sonrió con amargura.

—Gustavo nunca me quiso.

Ahí estaba la pieza que faltaba.

—¿Qué dijiste?

Talía apretó la mandíbula.

—¿Crees que todo esto empezó cuando me casé con Santiago? ¿Crees que quería tus aretes, tus muebles y tus malditas losetas? Yo solo quería lo que Gustavo me debía.

Santiago se volvió hacia ella.

—¿Qué te debía mi papá?

Talía no respondió.

Yo sentí un frío antiguo en la espalda.

—¿Quién eres?

Talía me sostuvo la mirada.

—Pregúntale a Gustavo.

—Gustavo está muerto.