El bebé, Mateo, volvió con Mariana. El juez ordenó que recibiera atención psicológica y apoyo económico mientras avanzaba el proceso. La Fundación Gustavo Villaseñor se hizo cargo de los gastos legales y de la renta de un departamento seguro para ella y su hijo.
Santiago pidió una prueba genética.
No para saber quién era su padre.
Para saber quién era él.
El resultado confirmó lo que Gustavo había escrito: no existía parentesco biológico entre nosotros.
Aun así, cuando Santiago regresó con el sobre del laboratorio, lo puso sobre la mesa sin abrirlo.
—No quiero verlo —dijo.
—¿Por qué?
—Porque ya sé quién soy.
Lo miré.
—¿Ah, sí?
—Soy el hombre que tú criaste.
Me tomó la mano.
No lo abracé de inmediato. Todavía había demasiadas heridas entre nosotros. Pero dejé que mis dedos se cerraran alrededor de los suyos.
—Vas a necesitar tiempo —le dije.
—Lo sé.
—Y terapia.
—También.
—Y vas a ayudar a Mariana mientras ella reconstruye su vida.
—Sí.
—Y nunca volverás a firmar nada sin leerlo.
—Eso también.
Por primera vez en años, sonreímos al mismo tiempo.
Pasaron seis meses.
La casa dejó de ser una trinchera. La fundación restauró el taller de Gustavo y convirtió una de las habitaciones en un espacio de apoyo para mujeres mayores. Santiago se mudó a un departamento cerca del centro. Consiguió trabajo en una empresa de diseño industrial y comenzó a visitar a Mariana y Mateo cada domingo.
No se convirtió en el padre del niño. No intentó ocupar un lugar que no le correspondía. Pero se volvió su padrino legal y uno de sus protectores más constantes.
Yo seguí viviendo en la villa.
Conservé los aretes de perlas en una caja fuerte. No porque les tuviera cariño, sino porque cada vez que los veía recordaba la noche en que Talía creyó que podía apropiarse de mi historia con solo ponérselos.
Una tarde, Santiago llegó con una caja de madera.
—La encontré en el archivo del notario —dijo.
—¿Qué es?
—Algo más de papá.
Abrí la caja.
Dentro había una fotografía que nunca había visto.
Gustavo aparecía joven, junto a una mujer de cabello oscuro y un niño pequeño. El niño no era Santiago. Tampoco era un bebé. Tendría unos cinco años.
En la parte de atrás, Gustavo había escrito:
> “Para Rosario, cuando por fin sea seguro decirle todo.”
Santiago se acercó.
—¿Quién es ese niño?
Debajo de la fotografía había un acta de nacimiento.
El nombre del padre: Gustavo Villaseñor.
El nombre de la madre: Leticia Salgado.
La fecha: 1976.
Cinco años antes de que Santiago naciera.
Y el nombre del niño era Esteban Salgado.
Santiago me miró.
—¿Tenía otro hijo?
—Eso parece.
—¿Y qué fue de él?
Había un número telefónico escrito en la esquina del acta.
Lo marqué.
Una mujer contestó después del tercer tono.
—¿Bueno?
—¿Hablo con Esteban Salgado?
Hubo silencio.
—¿Quién pregunta?
—Mi nombre es Rosario Villaseñor. Fui esposa de Gustavo Villaseñor.
La mujer respiró con dificultad.
—¿Gustavo está muerto?
—Sí.
—Entonces ya no tiene sentido seguir escondiéndolo.
—¿Es usted Esteban?
—No. Soy su esposa.
Sentí que Santiago se acercaba más.
—¿Dónde está él?
La mujer guardó silencio durante tanto tiempo que pensé que había colgado.
—En Monterrey.
—¿En qué parte?
—En la cárcel.
Santiago y yo nos miramos.
—¿Por qué?
La voz de la mujer se quebró.
—Por intentar matar a Talía.
El teléfono casi se me cayó de la mano.
—¿Cuándo?
—Hace seis años. La siguió desde Houston hasta aquí. Decía que ella había destruido a nuestra familia.
—¿Cómo sabía quién era Talía?
—Porque Talía es su hija.
Sentí que el piso desaparecía.
—No entiendo.
—Esteban es el hijo mayor de Gustavo y Leticia. Talía es su hija. Y Santiago… —La mujer soltó una risa amarga—. Santiago es el hijo que Leticia entregó al hospital en 1981.
Santiago dio un paso hacia atrás.
—Entonces Talía es mi hija y mi sobrina —susurró.
La mujer continuó:
—Esteban descubrió que Talía buscaba quedarse con la casa. Quiso detenerla. Ella lo denunció por intento de homicidio y nunca dijo que era su padre.
—¿Por qué no nos lo dijo Gustavo?
—Porque estaba enfermo y porque Talía lo amenazó con revelar que había comprado ilegalmente al bebé que ustedes criaron.
La habitación se llenó de un silencio insoportable.
—¿Dónde está Esteban? —pregunté.
—En el penal de Apodaca. Sale en dos semanas.
Colgué.
Santiago estaba pálido.
—¿Qué vamos a hacer?
Miré la casa, las paredes, los azulejos que Gustavo había colocado uno por uno. Pensé en la bolsa negra. En la noche en que Talía me ordenó recoger todo lo que fuera mío.
Había creído que se refería a mis cosas.
Pero Gustavo había querido decir otra cosa.
Que recogiera todas las verdades.
Todas las pruebas. Todos los nombres. Todas las vidas que habían sido ocultadas para sostener una mentira.
Tomé la llave oxidada del taller y la puse sobre la