La habitación 220 no estaba vacía. Mi papá llevaba tres años esperando que alguien escuchara.

El archivo 220 duraba cero segundos, pero cuando la puerta de la habitación se abrió, la mujer que estaba adentro ya sabía mi nombre.

El chime metálico volvió a sonar en el pasillo de la residencia Las Lomas. Era un sonido breve, casi alegre, demasiado limpio para un lugar donde la gente olvidaba fechas, rostros y, a veces, hasta el motivo por el que había llegado. Después del chime vino el clic de la cerradura electrónica.

Renata Salazar se plantó frente a la puerta de mi papá.

—Señor Ibarra, le pido que me entregue ese dispositivo.

—Y yo le pido que se haga a un lado.

—No está autorizado para entrar a la habitación 220.

—Entonces explíqueme por qué su personal está entrando a la habitación 219 de madrugada para grabar a mi papá.

La directora conservó la sonrisa, pero ya no le alcanzaba para esconder el miedo. Camila, la enfermera, miró hacia el extremo del pasillo. Tenía la cara de alguien que acababa de reconocer a su propio verdugo.

Mi papá seguía junto a la ventana. La lluvia resbalaba por el vidrio y convertía las luces de la ciudad en manchas amarillas. Mauricio Ibarra había sido un hombre enorme, de voz grave y manos capaces de levantar una caja fuerte. A sus setenta y ocho años parecía más pequeño, pero no frágil. Sólo estaba cansado de fingir que no entendía lo que ocurría alrededor.

—Santiago —dijo—, no abras esa puerta.

Volteé hacia él.

—¿Por qué?

Mi papá tardó en responder.

—Porque la señora Elena murió hace dos semanas.

El silencio cayó como una cubeta de agua helada.

Renata cerró los ojos durante un instante. Camila apretó el radio contra su pecho.

—Eso no puede ser —dije.

—La familia no ha venido por el cuerpo —explicó Mauricio—. Renata dijo que estaban arreglando unos papeles.

Miré el archivo en el celular. 220. Cero segundos. Creado a las 5:42 de la mañana.

La puerta seguía cerrada.

—¿Quién está ahí? —pregunté.

Nadie contestó.

Me acerqué. Renata me sujetó del brazo.

—No haga una escena.

Me solté.

—Quite la mano.

Ésa fue la primera vez que le hablé de usted a tú sin pensarlo. Renata lo notó. Su expresión cambió; la directora impecable desapareció y debajo quedó una mujer con los nervios deshechos.

—Santiago, no sabes lo que estás haciendo.

—Entonces ayúdame a entenderlo.

—No puedo.

—¿No puedes o no quieres?

El chime sonó otra vez.

La puerta de la 220 se abrió desde adentro.

Una mujer de cabello corto, vestido azul marino y una cicatriz fina junto al labio apareció en el umbral. No parecía una residente. No llevaba bata, ni suéter, ni esa expresión perdida que yo había visto en los demás. Tenía la espalda recta y una tablet en la mano.

Me observó durante tres segundos.

—Santiago Ibarra —dijo—. Hijo de Mauricio Ibarra. Abogado corporativo. Treinta y nueve años. Divorciado. Sin hijos. Dueño de un departamento en Polanco y de una casa en Valle de Bravo que casi nunca visita.

Sentí que la sangre se me iba a los pies.

Mi papá se levantó con dificultad.

—No la escuches.

La mujer miró a Mauricio.

—Usted prometió que él vendría solo.

—No prometí nada.

—Entonces ya no hay tiempo.

Renata se interpuso entre nosotros.

—Señora Vega, regrese a la habitación.

La mujer sonrió.

—¿Todavía quiere fingir, Renata?

Camila soltó un gemido bajo.

Yo conocía ese apellido. Elena Berenguer Vega, la mujer que había muerto dos semanas antes según mi papá. También conocía la otra parte: en los archivos del grabador, el nombre de Elena aparecía en una conversación sobre una transferencia de nueve millones de pesos.

—¿Quién es usted? —pregunté.

—La persona que grabó las conversaciones.

Renata palideció.

—¡Seguridad! —gritó.

El elevador se abrió al fondo del pasillo. Dos hombres con uniformes oscuros salieron, pero no traían el logotipo de la residencia. Uno de ellos llevaba una cámara pequeña; el otro, una pistola bajo el saco.

Camila retrocedió.

—No son seguridad.

El hombre de la pistola la miró.

—Señorita, vuelva a su puesto.

Yo metí la mano al bolsillo y apreté el grabador.

—¿Qué está pasando?

Mi papá me miró por fin. Ya no tenía el rostro tranquilo de aquella mañana. Tenía el rostro de alguien que había esperado demasiado tiempo para decir la verdad.

—Santiago, escucha a Elena.

—¿Elena está muerta o no?

La mujer de la cicatriz levantó la barbilla.

—La señora Elena Berenguer murió hace dos semanas. Yo soy Clara Berenguer, su hija.

A través de la puerta de la 220 vi un escritorio, una lámpara encendida y cajas de archivo. No era una habitación de residente. Era una oficina clandestina.

—¿Y por qué usa su habitación?

—Porque mi madre no murió por causas naturales.

Renata dio un paso hacia ella.

—Clara, basta.

—No me llames por mi nombre como si todavía fueras mi tía.

El pasillo pareció estrecharse.

Mi papá cerró la cortina. Afuera, la lluvia golpeaba el vidrio con más fuerza.

—Santiago, hace tres años no vine aquí porque necesitara cuidados —dijo—. Vine porque me estaban siguiendo.

—¿Quiénes?

—Personas que trabajan para tu suegro.

La frase me atravesó.

Mi exesposa, Valeria Montemayor, era hija de Esteban Montemayor, dueño de un grupo inmobiliario que había construido media zona de Santa Fe y comprado la otra mitad. Nos habíamos divorciado hacía ocho meses, después de que descubrí movimientos extraños en una de las empresas familiares. Yo había pensado que Valeria estaba involucrada. Ella lo negó hasta el último día.

—No metas a Valeria en esto —dije.

Mi papá soltó una risa amarga.

—Siempre proteges a la gente equivocada.

Clara salió de la 220 y cerró la puerta detrás de ella.

—Tu papá descubrió que la residencia no es una residencia, Santiago. Es un centro de vigilancia. Los residentes más ricos son seleccionados por sus propiedades, sus cuentas y sus conflictos familiares. Se instalan micrófonos, se registran sus conversaciones y luego se utilizan sus secretos para presionarlos.

—Eso no explica las grabaciones de mi papá.