—Entonces no tendrá problema en esperar a que un juez determine quién es el propietario.

Uno de los agentes entró y comenzó a tomar fotografías. El otro se quedó junto a la puerta, observando a todos.

Santiago dejó la computadora sobre el sillón.

—Esto es ridículo. Sólo estábamos ayudando a Valeria a recoger.

—¿Ayudar? —pregunté—. ¿Por eso ya separaron mis joyas, los documentos y la computadora?

—Eran cosas de Mauricio.

—Eran cosas de nuestra casa.

Lucía abrió la carpeta azul.

—En primer lugar, existe un fideicomiso constituido hace seis años. La casa no forma parte de la masa hereditaria de Mauricio. Está registrada a nombre de una sociedad patrimonial llamada Marea Alta, S.A.P.I., cuyos beneficiarios son Valeria Del Río y una fundación.

Santiago palideció.

—Eso no puede ser.

—Puede ser y es —respondió Lucía—. En segundo lugar, los bienes personales de Mauricio están protegidos por un inventario notarial. Cualquier retiro no autorizado puede considerarse sustracción.

Renata soltó una carcajada seca.

—¿Y usted espera que creamos que Mauricio puso una casa a nombre de una empresa sin decirnos nada?

—No me importa lo que usted crea.

El tono de Lucía fue tan firme que incluso Renata guardó silencio.

Yo miré la carpeta.

—¿Por qué nunca me habló de esto?

Lucía bajó la vista hacia mí.

—Porque me pidió que no lo hiciera hasta después de su muerte.

Sentí que el piso se inclinaba.

—¿Mauricio sabía que iba a morir?

—Sabía que tenía una enfermedad avanzada.

—Me dijo que el tratamiento estaba funcionando.

—El tratamiento estaba funcionando —contestó—. Lo que no funcionó fue su corazón.

Cerré los ojos.

Durante los últimos meses, Mauricio había empezado a cansarse al subir las escaleras. Yo le insistí en que dejara de trabajar, en que nos fuéramos una temporada a Monterrey, en que compráramos una casa más pequeña con alberca. Él siempre sonreía y me decía que no quería convertirme en su enfermera.

Yo había confundido su miedo con cansancio. Su despedida con mal humor.

Renata me observaba con una extraña mezcla de desprecio y cálculo.

—Mi hijo estaba enfermo —dijo—. Y usted lo convenció de esconder su dinero.

—No me diga usted —respondí, mirándola directamente—. Usted llegó a mi casa el mismo día que lo enterramos y empezó a repartir sus cosas como si estuviera escogiendo regalos de Navidad.

Los agentes intercambiaron una mirada.

Renata dio un paso hacia mí.

—No me hable así.

—¿Cómo quiere que le hable?

—Con respeto.

—El respeto se gana.

Fue la primera vez que le hablé de tú.

Renata lo notó. Todos lo notaron.

Su rostro se tensó, pero no retrocedió.

—Te vas a arrepentir.

Lucía cerró la carpeta de golpe.

—Señora, si amenaza a mi clienta dentro de su domicilio, tendré que solicitar que la retiren.

—¿Su clienta? —Renata se volvió hacia ella—. Esta mujer no sabe nada. Mauricio no confiaba en ella.

La frase me golpeó más que cualquier insulto.

—¿Qué quiere decir?

Renata sonrió.

—Pregúntale a Lucía por qué Mauricio tenía una caja fuerte que tú nunca viste.

Lucía la miró con atención.

—¿Cómo sabe de la caja fuerte?

Renata no contestó.

Santiago sí.

—Porque Mauricio hablaba con la familia.

—Mauricio no hablaba con ustedes desde hacía meses —dije.

—No sabes todo lo que hacía.

—Tampoco ustedes.

El agente que estaba junto a la puerta levantó la mano.

—Aquí nadie va a revisar nada más. Les voy a pedir que dejen los objetos donde están y salgan de la propiedad.

Renata se negó.

—Mi hijo me nombró administradora de sus bienes.

—¿Tiene un documento?

—No necesito mostrarle nada a usted.

—Entonces tendrá que retirarse.

La mujer que había dado órdenes a ocho personas, la mujer que había dispuesto de nuestra recámara como si fuera una bodega, perdió por fin el control.

—¡Mauricio era mi hijo! ¡Yo lo cuidé cuando nadie lo conocía! ¡Yo pagué sus estudios!

—Y él pagó su casa en San Pedro, la remodelación de su cocina y el carro de Santiago —dije—. No venga a hablarme de sacrificios.

Santiago dio un paso hacia mí.

—Cállate.

El agente se interpuso.

—Ni un paso más.

Lucía me tomó suavemente del brazo.

—Valeria, necesito hablar contigo a solas.

Entramos al estudio. Antes de cerrar la puerta, vi a Renata mirar la computadora de Mauricio con una intensidad desesperada.

—¿Qué está pasando? —pregunté.

Lucía puso la carpeta sobre el escritorio.

—Mauricio dejó instrucciones precisas. Primero debíamos desalojar a cualquier persona que intentara entrar sin autorización. Después, entregarte esto.

Sacó un sobre grueso.

Mi nombre estaba escrito con la letra de Mauricio.

Valeria.

No “mi amor”. No “V”. Sólo mi nombre.

Abrí el sobre con manos temblorosas. Dentro había una memoria USB y una carta.

> Si estás leyendo esto, mamá ya intentó quedarse con la casa.

No pude continuar.

—¿Por qué estaba tan seguro?

—Porque no era la primera vez que lo intentaba.

Lucía señaló un expediente.

—Renata presentó una demanda contra Mauricio hace ocho meses. Alegó que los terrenos de Mercer Preservation habían sido adquiridos con dinero familiar.

—¿Y él no me dijo nada?

—La demanda se desechó. Pero durante el proceso descubrimos algo.

Lucía empujó hacia mí una fotografía vieja.

Era Mauricio a los diecisiete años, parado junto a un hombre de cabello canoso. Reconocí al hombre: Arturo Del Río, el padre de Mauricio, fallecido cuando él tenía veintidós.

—¿Qué tiene que ver esto?

—Mira el reverso.

Le di la vuelta.

Había una fecha y una frase escrita a mano:

“El incendio de Apodaca no fue un accidente.”

Sentí un escalofrío.

—¿Qué incendio?

—El que destruyó la bodega de una empresa llamada Del Río Logística. Arturo perdió casi todo ahí. Su seguro pagó una fortuna. Tres meses después murió de un infarto.

—Eso lo sé. Mauricio me contó que su padre se había quedado en la ruina.

—Eso fue lo que Renata le contó a él.

Lucía insertó la memoria USB en la computadora del escritorio, no en la que Santiago había tomado. La pantalla tardó unos segundos en encenderse.