—Mauricio fue quien te encontró. Él sabía que tú eras Elena Vargas, pero necesitaba acercarse a ti sin levantar sospechas. Consiguió trabajo en Mercer Preservation, siguió los movimientos de Renata y descubrió que la familia Soto te había adoptado. Después se aseguró de conocerte.
Sentí que las piernas me fallaban.
Lucía se puso de pie.
—No todo lo que hizo fue una mentira, Valeria.
—¿Cómo lo sabes?
La voz de Esteban tembló desde la pantalla.
—Porque yo le pregunté si te estaba usando. Me dijo que al principio se acercó a ti para protegerte. Pero se enamoró antes de poder alejarse.
Volví a mirar el video detenido. El rostro de Mauricio, su sonrisa, aquella manera de inclinar la cabeza cuando me escuchaba.
Toda nuestra historia acababa de cubrirse de sombras.
—¿Me amaba? —pregunté.
Esteban sonrió con tristeza.
—Más de lo que se amaba a sí mismo.
La pantalla parpadeó.
Apareció una última grabación de Mauricio.
Esta vez no estaba sentado frente a una pared blanca. Estaba en nuestro jardín, junto a la alberca vacía. El sol le iluminaba el cabello y una brisa le movía la camisa.
—Si estás viendo esto —dijo—, ya conociste a tu padre. Y seguramente estás pensando que todo lo nuestro fue una operación.
Se acercó a la cámara.
—No lo fue. La primera vez que te vi, estabas en una cafetería de la avenida Masaryk, peleando con una computadora que no quería encender. Te enojaste tanto que le hablaste como si fuera una persona. Me reí. Tú me aventaste una servilleta.
Sonreí entre lágrimas.
Lo recordaba.
—Ese día entendí que iba a perderme contigo. Y me perdí.
Mauricio respiró hondo.
—Perdóname por haberte ocultado la verdad. No por protegerme. Por protegerte. Si te hubiera contado todo, habrías cargado con una guerra que no te correspondía.
La imagen cambió otra vez.
Ahora mostraba un documento legal.
—Hay algo que todavía no sabes. La fundación no recibirá sólo mi dinero. Recibirá la casa, los terrenos y todos los archivos de Del Río Logística. La fundación se llamará Marisol Vargas.
Me quedé paralizada.
—Quiero que uses esa casa para ayudar a mujeres que hayan sido expulsadas de sus hogares como intentaron expulsarte a ti. Que nadie vuelva a sentir que una familia puede borrar su vida en una tarde.
Su voz se quebró.
—Y si algún día puedes perdonarme, no lo hagas por obligación. Hazlo porque recuerdes que, aun cuando todo empezó con una mentira, lo que sentí por ti fue lo único verdadero.
La pantalla se apagó.
Yo permanecí frente a ella, incapaz de moverme.
Lucía me dejó llorar en silencio. Afuera, los agentes se llevaban las últimas cajas de evidencia. El sol comenzaba a esconderse detrás de los edificios de Santa Fe y la casa se llenaba de una luz dorada, casi irreal.
—¿Qué voy a hacer ahora? —pregunté.
—Lo que quieras.
Miré la fotografía de Mauricio.
—No sé quién soy.
—Eres Valeria —dijo Lucía—. Y también eres Elena. Puedes ser ambas.
Me acerqué a la urna.
Durante meses había pensado que las cenizas de Mauricio eran lo último que me quedaba de él. Ahora comprendía que me había dejado una casa, un propósito, un padre y una verdad capaz de derribar a toda una familia.
Pero todavía había una cosa que no entendía.
—Lucía.
—¿Sí?
—¿Cómo activó Mauricio la videollamada con mi padre si está muerto?
Lucía tardó demasiado en contestar.
Sacó el celular y revisó la pantalla.
—No lo sé.
En ese instante llegó un mensaje.
El remitente no tenía nombre. Sólo un número desconocido.
Abrí el archivo adjunto.
C’était une photo prise le même après-midi, de l’autre côté de la rue.
Nous pouvions voir notre maison, la voiture de patrouille garée devant, et moi debout devant la fenêtre.
Sous l’image figurait une phrase :
« Ne laissez pas Renata vous raconter comment Mauricio est mort. »
J’ai senti l’air glacial.
« Qu’est-ce qui ne va pas ? » demanda Lucia.
Je lui ai tendu le téléphone.
Son visage changea.
—Ceci n’a pas été envoyé par votre père.
—Alors qui ?
Le téléphone portable vibra à nouveau.
Cette fois, une vidéo est arrivée.
Je l’ai ouvert.
L’image montrait une pièce sombre. Une lampe éclairait une table. Sur la table se trouvaient une tasse, un dossier et la main d’un homme.
Il portait à la main l’anneau d’obsidienne que Mauricio ne quittait jamais.
La caméra s’est lentement élevée.
Le visage émergea des ténèbres.
Mauricio était vivant.
Il avait une cicatrice récente à l’arcade sourcilière et la peau beaucoup plus pâle, mais c’était bien lui.
Le même visage.
Les mêmes yeux.
Le même sourire.
« Bonjour, Vale, dit-elle. Je sais que vous venez d’enterrer un homme qui portait mon nom. »
Je suis resté immobile.
Lucia recula.
Mauricio prit le dossier sur la table.
—Je ne pouvais pas simuler ma mort sans dire au revoir. Et je ne pouvais pas rester en vie sans te faire croire que j’étais parti.
« Pourquoi ? » ai-je murmuré, même s’il ne pouvait pas m’entendre.
« Parce que Renata n’a pas tué mon père », poursuivit-il. « Et elle n’a pas tué Marisol non plus. »
La caméra a effectué un zoom sur son visage.
— C’est mon père qui a ordonné ces meurtres. Renata n’a fait que les dissimuler.
J’ai senti mon cœur s’arrêter.
—Et il y a pire, Vale.
Mauricio baissa les yeux sur le dossier.
—L’homme que vous avez vu à la clinique n’est pas Esteban Vargas. C’est un leurre. Votre vrai père est mort il y a trente ans.
Ma gorge s’est serrée.
—Alors, qui est-ce ?
Mauricio leva les yeux.
—L’homme qui t’a adopté.
La vidéo s’est terminée.
Pendant plusieurs secondes, je n’ai rien entendu.
Puis, une voiture a démarré et s’est éloignée à toute vitesse depuis la rue.
Lucia courut vers la fenêtre.
—Vous le voyez ?
J’ai hoché la tête.
—C’était lui.
Sur la table, à côté de l’urne, la boîte métallique commença à émettre un petit éclair rouge.
Une deuxième caméra.