La primera reacción fue de rabia.
La segunda, de tristeza.
No porque Patricia mereciera mi compasión, sino porque había elegido guardar silencio mientras su esposo convertía el futuro de mi hijo en una herramienta para resolver un problema económico.
Doblé la carta y la guardé junto a los documentos de Harold.
A las diez en punto, Jacob llamó a la puerta.
Venía solo.
Tenía ojeras, la camisa arrugada y el rostro de alguien que no había dormido en toda la noche.
Cuando entró, miró alrededor como si esperara encontrar la casa distinta.
—¿Café? —pregunté.
—Sí, por favor.
Preparé café de olla y coloqué dos tazas sobre la mesa de la cocina.
Durante años había preparado el desayuno de mi hijo cada vez que me visitaba. Aquella mañana puse frente a él un plato con pan tostado, pero no le pregunté si quería huevos ni si necesitaba algo más.
No porque hubiera dejado de amarlo.
Sino porque necesitaba aprender a estar con él sin asumir automáticamente la responsabilidad de cuidarlo de todo.
Jacob tomó un sorbo de café.
—Amanda no vino conmigo.
—Lo imaginé.
—Está en casa de sus padres. Dice que necesita tiempo.
—¿Y tú?
Él miró la taza.
—Yo necesito saber quién es mi esposa.
Abrí la carpeta azul y extendí los documentos.
Jacob leyó en silencio. A medida que avanzaba, apretaba los dedos contra el borde de la mesa.
—¿Papá nunca te contó lo del préstamo?
—No.
—¿Ni una sola vez?
—Jamás.
Se quedó mirando la firma de Harold.
—Él siempre me decía que debía ser cuidadoso con el dinero. Que no firmara nada que no entendiera. Nunca pensé que tuviera que protegernos de la familia de Amanda.
—Tu padre intentó ayudar a Richard. Eso no significa que supiera lo que Richard haría después.
Jacob sacó unos papeles de su mochila.
—Encontré esto en el escritorio de Amanda.
Eran copias de correos electrónicos impresos.
En uno, Richard preguntaba si yo había actualizado mi testamento después de la muerte de Harold.
En otro, Amanda respondía que todavía no lo sabía, pero que Jacob podría preguntarme durante una conversación familiar.
Sentí un nudo en el estómago.
Había también un mensaje de Richard que me hizo dejar la taza sobre la mesa.
«Lo importante es que ella sienta que la decisión es suya. Si cree que está ayudando a Jacob, terminará aceptando».
Jacob se cubrió la boca.
—Yo nunca le pedí que hiciera eso.
—Lo sé.
—Jamás le dije que quería tu casa.
—Lo sé, hijo.
—¡No sabía que hablaban de ti de esa manera!
Su voz se quebró.
Por fin, las lágrimas que había contenido durante la boda comenzaron a rodar por sus mejillas.
Me dolió verlo llorar.
Pero no me levanté para abrazarlo de inmediato.
Esperé.
Jacob se secó la cara con la manga.
—Me siento un idiota.
—No eres un idiota. Eres un hombre que confió en su esposa.
—Y que dejó que humillaran a su madre.
No aparté la mirada.
—Sí.
Aquella palabra le dolió más que cualquier reproche.
—¿No vas a decirme que no fue mi culpa?
—No voy a decirte algo que no es verdad solo para hacerte sentir mejor.
Jacob asintió lentamente.
Después me mostró otro correo, fechado dos semanas antes de la boda.
Richard había escrito que la recepción sería una oportunidad excelente para presentar a ambas familias ante ciertos conocidos de negocios. Amanda respondió que todo estaría listo.
Debajo había una frase que me dejó helada.
«Una vez que Judith confirme que quiere ayudar a los recién casados con una propiedad, podremos cerrar el asunto pendiente».
Jacob se puso de pie.
—Tengo que hablar con Amanda.
—Primero termina de leer.
Le señalé el último archivo.
Era una fotografía de un documento con mi nombre, mi dirección y una descripción de nuestra casa. En la parte inferior aparecía un espacio reservado para mi firma.
No había firma alguna.
Pero junto al documento se veía una nota escrita por Richard:
«Preparar para después de la boda».
Jacob se llevó ambas manos a la cabeza.
—Esto no era una idea. Lo estaban preparando.
—Eso parece.
—Mamá, voy a cancelar todo. Voy a pedir la anulación, voy a…
—Detente.
Me miró, desconcertado.
—¿Qué?
—No tomes una decisión sobre tu matrimonio solo porque estás furioso conmigo, con Amanda o con su padre. Primero averigua la verdad. Después decide qué vida quieres construir.
—¿Y si ella sabía todo?
—Entonces tendrás que decidir qué significa eso para ti.
Jacob se sentó de nuevo.
Por unos segundos, pareció el hombre que habría podido ser si hubiera aprendido a defender sus convicciones antes de llegar a una crisis.
—¿Me vas a perdonar algún día? —preguntó.
Miré sus manos.
Eran las mismas manos que, de niño, utilizaba para sujetar mi cuchara de madera cuando jugábamos a cocinar.