—Te amo, Jacob. Eso no significa que pueda fingir que no pasó nada.
Él asintió.
—Lo entiendo.
No estaba segura de que realmente lo entendiera, pero al menos ya no intentaba obligarme a consolarlo.
Guardamos los documentos.
Antes de irse, Jacob se detuvo junto a la puerta.
—Hay algo que no te he contado.
Lo miré.
—¿Qué?
Sacó el teléfono y me mostró una fotografía que Amanda le había enviado la noche anterior, poco después de que él abandonara la recepción.
Era una imagen de un documento legal.
El encabezado decía: «Propuesta de acuerdo familiar y patrimonial».
Debajo aparecían nuestros nombres.
El de Jacob.
El mío.
Y el de Richard Bennett.
Pero había una cuarta firma, al pie de la página.
La de Harold Emerson.
Jacob acercó la imagen.
—Mamá, esto parece estar firmado por papá.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
Miré la firma.
Era parecida a la de mi esposo, pero no podía asegurar si era auténtica a partir de una fotografía.
Y entonces vi la fecha.
El documento estaba fechado tres meses después de la muerte de Harold.
Chapter 5: La firma de un muerto y la mentira que mi hijo no pudo soportar
No hay nada más aterrador que ver el nombre de una persona muerta al pie de un documento que nunca debió existir.
Me quedé mirando la pantalla de Jacob mientras él ampliaba la imagen con los dedos.
La firma parecía real a primera vista. La H inicial, el trazo largo de la E y la pequeña inclinación al final se parecían a la letra de Harold.
Pero la fecha era imposible.
Mi esposo había muerto el cuatro de febrero.
El documento estaba fechado el diecisiete de mayo.
—¿De dónde sacó Amanda esto? —pregunté.
Jacob tragó saliva.
—Me lo envió anoche. Dijo que era una prueba de que su papá no había hecho nada malo.
—¿Y tú qué le respondiste?
—Le pregunté por qué había una firma de mi papá en un documento posterior a su muerte. No contestó.
Tomé el teléfono para examinar la imagen.
El documento mencionaba una supuesta autorización para negociar la propiedad familiar y utilizarla como respaldo de un acuerdo financiero. No decía que yo hubiera transferido la casa, pero sí sugería que Harold había aceptado que Richard pudiera negociar en nombre de nuestra familia.
Era una afirmación grave.
Y no tenía sentido.
Harold jamás habría firmado algo semejante sin hablar conmigo.
—Necesitamos el documento original —dije.
—¿Crees que la firma es falsa?
—Creo que no debemos acusar a nadie sin verificarla.
Jacob se pasó una mano por el cabello.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila?
Lo miré.
—No estoy tranquila. Estoy intentando no cometer el mismo error que cometí durante años: creer que el amor me obliga a resolverlo todo inmediatamente.
Él bajó la cabeza.
Aquella frase pareció tocar algo dentro de él.
—Voy a pedirle a Amanda que me entregue el original.
—Pídeselo por escrito.
Jacob me miró con sorpresa.
—¿Por qué?
—Porque, si alguien ha creado un documento falso, necesitamos conservar todo lo que permita saber de dónde salió. No quiero que una conversación se convierta después en otra historia imposible de comprobar.
Mi hijo asintió y escribió un mensaje.
Amanda respondió casi de inmediato.
«No voy a discutir contigo mientras tu mamá siga manipulándote. Si quieres saber la verdad, ven a casa de mis padres a las seis».
Jacob leyó el mensaje dos veces.
—Dice que estás manipulándome.
—Es más fácil culparme que explicar la firma.
—¿Quieres que vaya?
Pensé en la carta de Patricia, en los correos impresos y en las preguntas sobre mi testamento.
—Sí. Pero no vayas a pelear. Ve a pedir el documento original y a escuchar lo que tengan que decir.
Jacob guardó el teléfono.
Antes de salir, se volvió hacia mí.
—¿Puedo darte un abrazo?
La pregunta me sorprendió.
Durante años, mi hijo me había abrazado cuando necesitaba dinero, consuelo o ayuda. Ahora parecía comprender que incluso el afecto debía ofrecerse sin dar por sentado que yo estaba obligada a recibirlo.
Me acerqué y lo abracé.
Lo hice porque lo amaba.
No porque todo estuviera perdonado.
—Cuídate, hijo —susurré.
—Tú también, mamá.
Cuando se marchó, cerré la puerta y me quedé unos segundos en el recibidor.
Después llamé a la abogada que había preparado los documentos de la herencia de Harold.
Se llamaba Eleanor Price y llevaba casi veinte años ayudándonos con asuntos legales y patrimoniales.
Le expliqué lo ocurrido sin exagerar ningún detalle.
Escuchó en silencio.
Cuando terminé, me hizo una pregunta.
—Judith, ¿alguna vez Harold firmó un poder para que Richard Bennett actuara en su nombre?
—No que yo sepa.
—¿Y usted firmó alguna autorización para negociar su propiedad?
—Nunca.
Eleanor suspiró.
—Entonces no firme nada ni entregue los originales a nadie. Voy a revisar los registros y le diré qué debemos hacer.
—¿Cree que la firma es falsa?
—Creo que la fecha exige una explicación. No sería responsable decir más sin examinar el documento original.
Agradecí su prudencia.
Después preparé una comida sencilla, aunque apenas tenía hambre. Corté verduras, calenté sopa y puse la mesa para una sola persona.
La casa estaba demasiado silenciosa.
En otro tiempo, Harold habría estado sentado frente a mí, leyendo el periódico y preguntando por qué había dejado de comer.
Yo le habría contado lo de Jacob.
Él habría escuchado con esa paciencia suya que a veces me desesperaba.
Y probablemente habría dicho que las personas muestran quiénes son cuando creen que tienen algo que ganar.
A las seis menos diez, Jacob me llamó.
—Estoy en casa de los Bennett.
—¿Te dieron el documento?
—Todavía no.
—¿Qué está pasando?
Su voz se escuchaba baja, como si estuviera hablando lejos de otras personas.
—Richard dice que todo fue un malentendido. Que el documento era un borrador y que alguien puso la fecha equivocada.
Cerré los ojos.
—¿Y la firma?
—Dice que papá había autorizado el acuerdo antes de morir.
—¿Tiene alguna prueba?