Era Margaret.
— ¿La encontraste? —preguntó ella en cuanto Daniel contestó.
—No está aquí.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Entonces averígualo.
Daniel cerró los ojos.
—Mamá, deja de darme órdenes. Necesito que me digas qué está pasando.
—Te lo he dicho. Claire está intentando destruirnos.
—¿Por qué aparece el nombre de mi padre en los documentos de su madre?
Silencio.
—¿Dónde has visto eso? —preguntó Margaret.
—En la carpeta. Y hay más. Encontré una referencia a un fideicomiso que nadie me había mencionado.
Margaret respiró bruscamente.
—No revisa documentos esos.
—¿Por qué?
—Porque no sabes interpretarlos.
—Entonces contrataremos a alguien que sí sepa hacerlo.
—Daniel, escúchame. Si Claire te llama, no le des ninguna información sobre la empresa. No le hables de tu padre ni de los contratos antiguos.
Daniel se levantó de golpe.
— ¿Qué demonios me estás ocultando?
—¡Estoy intentando protegerte!
—¿De qué?
Margaret bajó la voz.
—De una verdad que podría acabar con todo lo que conoces.
Daniel sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Claire es hija de mi padre?
Al otro lado de la línea no hubo respuesta.
Daniel se quedó inmóvil.
—Mamá —repitió—. Contéstame.
Margaret dejó escapar un sollozo breve, casi inaudible.
Después colgó.
Daniel permaneció con el teléfono en la mano.
Durante unos segundos, no pudo moverse.
Luego llamó a Margaret de nuevo.
Ella no contestó.
La llamó una segunda vez.
Nada.
Entonces recordó una caja que su padre había guardado en el sótano de la antigua casa familiar. Robert la había llamado «papeles de Lucía», y Daniel recordaba que Margaret le había prohibido tocarla después del funeral.
Tal vez aquella caja seguía allí.
Tal vez contenía la respuesta.
Margaret estaba en su dormitorio cuando recibió la llamada de un hombre al que no había escuchado en ocho años.
—Señora Whitmore —dijo él—. Necesito verla.
Ella se sentó lentamente.
—¿Quién habla?
—Samuel Ortega.
Margaret presionó el teléfono.
—No tengo nada que hablar con usted.
—Entonces comprenderá por qué voy a enviar una notificación formal. Claire ha solicitado los documentos de su madre.
Margaret sintió que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Ya los recibió?
—Recibió las copias que le correspondían.
—Usted no tenía derecho a entregárselos.
—Tenía instrucciones notariales válidas. La condición se cumplió.
Margaret se puso de pie.
—Escúcheme bien. No sabe lo que está haciendo.
—Creo que esa frase describe mejor lo que ocurrió hace ocho años.
—¡No se atreva a juzgarme!
—No la estoy juzgando, señora Whitmore. Le estoy informando de que la documentación será revisada por abogados independientes. Si tiene algo que declarar, este es el momento de hacerlo.
Margaret apretó los dientes.
—Robert estaba confundido cuando firmó esos papeles.
—Entonces tendrá la oportunidad de demostrarlo.
—¡Estaba enfermo!
—La firma fue certificada y las instrucciones se ratificaron en presencia de testigos.
Margaret guardó silencio.
Ortega continuó:
—Hay otra cuestión que debería conocer. Claire ha solicitado una verificación de padres.
Margaret sintió que las rodillas le fallaban.
-No.
—No puedo impedirlo.
—No puede permitir que haga eso.
—No me corresponde decidirlo.
—¡Usted prometió que esos documentos permanecerían sellados!
—Prometí respetar las instrucciones de Lucía. Y eso es exactamente lo que estoy haciendo.
La llamada terminó.
Margaret dejó caer el teléfono sobre la cama.
Miró su reflejo en el espejo.
Por primera vez, vio el rostro de una mujer que llevaba ocho años huyendo de una verdad que nunca había dejado de existir.
Abró el cajón de la mesita de noche y sacó una llave pequeña.
La había guardado desde la muerte de Robert.
La llave abriría una caja fuerte oculta detrás de una pintura en el despacho.
Dentro había documentos que no aparecían en los registros oficiales, una carta sin enviar y una copia de un análisis genético realizado años atrás.
Margaret tomó el análisis.
En la parte superior apareció el nombre de Robert Whitmore.
Debajo, el de Claire Bennett.
Y al final, una conclusión que había leído tantas veces que podía recitarla de memoria.
La probabilidad de parentesco biológico era superior al noventa y nueve por ciento.
Margaret cerró los ojos.
Había guardado aquel documento para asegurarse de que Claire jamás pudiera utilizarlo contra ella.
Pero ahora la verdad ya no estaba encerrada en una caja fuerte.
Estaba en manos de una mujer a la que había abofeteado delante de toda la ciudad.