Mariela dejó el rastreador sobre una bolsa de evidencia.
—Usted era el localizador.
Mi celular vibró sobre la mesa.
Todos voltearon al mismo tiempo.
En la pantalla apareció el nombre de mi hijo.
Santiago.
Mariela me miró.
—Conteste en altavoz.
Deslicé el dedo con la mano sudada.
—¿Santi?
Su respiración entró primero, agitada, rota.
—Mamá, ¿dónde estás?
—Con seguridad. ¿Qué pasa?
—No salgas por la puerta principal. ¿Me oíste? No salgas.
Mariela se acercó.
—Santiago, habla la oficial Ríos. ¿Dónde está usted?
—En el aeropuerto, afuera de llegadas. Vine porque… porque vi algo raro.
—Explíquese.
—El maletero. El de Monterrey. Está aquí.
Se me cerró la garganta.
—¿Qué?
—Mamá, está aquí. Lo vi junto a una camioneta blanca sin placas. Y hay una mujer con traje beige. Creo que es la misma que estaba en la entrada cuando te dejé.
Mariela hizo una seña rápida a dos agentes. Salieron casi corriendo.
—Santiago —dijo ella—, no se acerque. ¿Puede mandar foto?
—Ya la mandé.
Mi celular recibió una imagen borrosa. En ella se veía una mujer de traje beige junto a una camioneta blanca. Lentes oscuros. La cabeza girada hacia la cámara, como si supiera que la estaban fotografiando.
Algo me golpeó en el estómago.
No era su cara. No se veía clara.
Era su mano.
La mujer llevaba un anillo enorme de jade en el dedo índice.
Mi madre tenía uno igual.
No parecido. Igual.
Había pertenecido a mi abuela. Renata siempre lo quiso, pero mi mamá me lo había dejado a mí antes de morir. Yo lo perdí hacía seis meses, durante una visita al hospital. Pensé que se había caído de mi bolsa.
—Mariela… —susurré—. Ese anillo.
—¿Qué anillo?
Le enseñé la imagen con los dedos temblando.
—Era de mi familia.
La oficial no perdió tiempo. Ordenó bloquear salidas internas, revisar cámaras externas y traer a Santiago por un acceso seguro. Yo me quedé sentada frente a mi maleta abierta, mirando los dólares como si fueran animales muertos.
Diez minutos después, Santiago entró a la sala con la cara encendida y los ojos llenos de miedo. Mi hijo nunca había sido bueno para fingir. De niño, cuando rompía algo, se le notaba antes de abrir la boca. Ahora traía ese mismo gesto: culpa y terror mezclados.
Me levanté.
—¿Qué hiciste?
La pregunta salió antes de que pudiera suavizarla.
Él se detuvo como si le hubiera pegado.
—¿Qué?
—Dime la verdad. ¿Tú sabías algo?
—No, mamá. No manches, ¿cómo crees?
—Trabajas en logística.
—¡Eso no significa que ande metiendo dinero en maletas!
—Entonces ¿por qué estabas discutiendo por teléfono cuando me dejaste?
Santiago miró a Mariela, luego a mí.
—Porque Renata me llamó.
El nombre de mi hermana cayó en la sala como un vaso rompiéndose.
—¿Tu tía?
—Me pidió que no te dejara venir sola. Dijo que el comprador estaba presionando demasiado. Que algo no le cuadraba.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque tú siempre dices que Renata exagera. Porque pensé que era otro pleito de ustedes dos. Porque… —se pasó las manos por el cabello— porque no quería asustarte.
Mariela intervino.
—¿La señora Renata sabía el hotel, la notaría y el horario de llegada?
—Sí —contesté—. Ella organizó casi todo.
—¿Dónde está ahora?
—En el Hospital San Gabriel, en Polanco.
Un agente entró y habló al oído de Mariela. La cara de la oficial cambió apenas, pero fue suficiente.
—La camioneta blanca salió hace seis minutos. No pudimos interceptarla. Pero la mujer dejó algo en una jardinera.
—¿Qué? —preguntó Santiago.
El agente puso una bolsa transparente sobre la mesa. Dentro había un sobre blanco, sin remitente.
Mariela lo abrió con guantes.
Adentro había una fotografía impresa.
Era yo, de niña, frente a la casa de Lomas. Tendría ocho años. Traía trenzas, un vestido amarillo y el anillo de jade de mi abuela colgado en una cadena, porque me quedaba enorme.
Atrás, escrito con plumón negro, había una frase:
“TU MAMÁ NO MURIÓ POR EL CÁNCER.”
El mundo se me fue.
No fue un desmayo bonito, de novela. Fue una caída torpe, desesperada. Santiago alcanzó a agarrarme del brazo, pero aun así terminé sentada de golpe, con la silla raspando el piso.
—Eso es mentira —dije.
Pero mi voz no sonaba segura.
Mi madre, Camila Duarte, murió cuatro años atrás. Cáncer de páncreas. Rápido. Brutal. En seis meses pasó de organizar cenas con flores frescas y copas de cristal a no poder sostener una cuchara. Yo estuve ahí. Renata estuvo ahí. Firmamos papeles, vendimos joyas, discutimos con doctores. La vimos apagarse.
¿O eso creímos?
Mariela tomó la foto.
—Esto ya no es solo un tema de equipaje.
Me ofrecieron protección policial, pero no podían detenerme sin cargos, y tampoco querían usarme de cebo sin explicármelo. La decisión fue mía. Tal vez fue una locura. Tal vez era exactamente lo que los desconocidos querían. Pero cuando una foto de tu infancia aparece junto a una amenaza sobre la muerte de tu madre, la lógica se vuelve una habitación sin puertas.
—Necesito ver a mi hermana —dije.
Mariela dudó.
—La pueden estar esperando.
—Entonces venga conmigo.
Santiago se opuso, por supuesto.
—Mamá, no. Vámonos a un lugar seguro.
—Tu tía sabe algo.
—O alguien quiere que pensemos eso.
Lo miré. Mi hijo había crecido, pero en ese momento vi al niño que se metía a mi cama durante las tormentas. Quise abrazarlo y pedirle perdón por sospechar de él, pero no había tiempo. La vida se había convertido en una cuenta regresiva y nadie nos dijo cuánto quedaba.
Salimos del aeropuerto por un acceso de servicio en una camioneta oficial sin logotipos. Mariela iba adelante, otro agente manejaba, Santiago y yo en la parte trasera. La maleta quedó bajo custodia, igual que el dinero y el rastreador. A través de la ventana vi la ciudad extenderse en capas: tráfico, puestos, edificios, jacarandas, vendedores de agua, policías, anuncios espectaculares. Todo parecía normal, y eso era lo más aterrador.